Meses atrás la vida de Luca había cambiado de dirección. Cuando le avisaron del repentino fallecimiento de Ibea, había quedado desconcertado. No era solo que hubiera perdido a la mujer que más deseaba en la vida, sino que había muerto una lavithia admirable y digna de respeto. Su corazón se encontraba herido desde entonces.
Había terminado una misión importante para los reacios en Fithuria y como si no fuera uno de los hombres más buscados se encontraba en un hotel en algún lugar del este del mismo país. El hotel pertenecía a Charles Pickens, un lavithio que tenía deudas pendientes con Basile, por lo que no se atrevería a delatarlo al CS.
Su rostro y cabello de los que se había sentido orgulloso por años habían sido estropeados desde el escape de Joshua y en verdad lamentaba verse tan deplorable. De un vaso de cristal tomaba un líquido marrón que raspaba su garganta y le hacía hacer caras al sentir su sabor amargo. Odiaba recordar, pero veía la escena una y otra vez en su cabeza:
Sus compañeros se sentaron pronto en la mesa de los seis lados. El concilio del Concejo había comenzado. En aquel momento, Luca, era parte de los seis miembros del Concejo Superior, la máxima autoridad de los lavithios, constituida, por seis de los lavithios más sabios y poderosos. Lorenzo era el líder mayor, los otros cuatro eran Olimpia, Socorro, Néstor y la recién fallecida Ibea.
—Cómo saben nuestra hermana Ibea ha muerto —expresó Lorenzo lo más imparcial que pudo, no dejaba de ver el espacio vacío donde su esposa debería estar sentada.
Durante los últimos 17 años, Lorenzo Back e Ibea Kittel fueron el matrimonio más poderoso y conocido por todos los lavithios. Back había quedado viudo de su primera esposa cuando su primogénito y único hijo: Micael, tenía dos años. Seis meses después Lorenzo e Ibea estaban celebrando su casamiento. Y aunque muchos pensaban que el luto del hombre había sido poco, nadie se atrevió a decir nada, pues era un miembro del Concejo el que participaba en aquella unión.
—Lamentablemente para nuestro Concejo —pronunció Lorenzo—, nuestra hermana Ibea no ha dejado a su sucesor, por lo que solo puede suceder una cosa…
«Nosotros escogeremos al nuevo miembro, o, mejor dicho, Lorenzo escogerá al nuevo miembro», pensó Luca.
La tradición tenía años y nunca se había cambiado. Un miembro del Concejo Superior podía abandonar su puesto cuando él lo considerara apto. Para esto debía buscar a su sucesor, el próximo que tomaría su lugar dentro del grupo. La salida era inapelable y no se podía revocar la decisión. En pocas ocasiones, extraordinarias se pudiera decir, en las que un miembro moría o salía sin dejar a su sucesor, el Concejo debía llegar a un acuerdo mutuo para elegir al lavithio que tuviera el perfil más adecuado.
Los miembros del Concejo más viejos, tales como Olimpia y Socorro, contaban que cuando eran jóvenes, un exmiembro llamado Jorge había decidido dejar su puesto sin dejar a ningún sucesor. En su momento había sido un alboroto. Nadie había sido tan caprichoso como él, pues jamás quiso darle su lugar a otro, por lo que se recurrió a un voto interno para darle su espacio a un lavithio adecuado para el puesto.
—Me gustaría dar un nombre —exclamó Olimpia con la voz más refinada de todas—. Gonah Qutú.
Olimpia Lovelace y Gonah Qutú, siendo de las familias más poderosas de los lavithios, habían sido amigas desde niñas. Ambas eran inseparables e igual de rígidas. Una educación estricta les había formado el carácter y aunque casi ningún lavithio las toleraba, eran pocos los que se atrevían a contradecir a las mujeres.
Qutú, había dedicado su vida, al igual que sus padres, a mantener el secreto de la existencia de los de su especie a los humanos, y nunca había fracasado. Cuando un no lavithio, tenía pistas de los sí lavithios, era ella quien ordenaba cómo solucionar el problema. Sin embargo, los murmullos se hacían escuchar, se decía, que Gonah tenía años queriendo ser parte del Concejo Superior, sin embargo, su suerte jamás le había jugado bien, pues tras décadas, su objetivo no había sido logrado.
—No, esa mujer solo traería problemas al grupo —alegó Luca.
—¿Problemas? —se ofendió Olimpia—. Es una respetable dama, igual que yo, hermano —replicó viendo a Luca.
—Exacto, no necesitamos a otra tú dentro del Concejo —dijo Luca.
Olimpia y Luca habían tenido problemas desde el primer momento en que se conocieron. Ella era una mujer engreída en palabras de Luca, y él era un hombre sin fundamentos ni valores, según la dama. Su pleito era permanente, pero estaban condenados a trabajar juntos hasta que uno saliera del CS. Y eso pasaría pronto.
—Evitemos las peleas, hermanos, esta situación es grave —dijo Socorro.
—Así es, hermana Socorro —agradeció Lorenzo mientras fingía revisar unos documentos—. Si me lo permiten, me gustaría dar otra opción: Dolid Romero.
Luca abrió sus pequeños ojos como platos y por primera vez parecieron ser gigantes. Todos estaban anonadados.
—Debes estar bromeando —escupió a la defensiva Olimpia, su voz parecía tener el don de quebrar un cristal, hipotéticamente, pues todos se encogieron al escuchar su grito.
—Ya no forma parte de los reacios, hace años que volvió a nosotros, se ha redimido —argumentó Back viendo a todos los miembros del Concejo. Sus ojos se vieron cansados, realmente no era viejo, pero una vida frente al poder le había robado su juventud.