Itzel lo sabía desde muy pequeña, ella tenía poderes mágicos como el de los superhéroes que veía en la televisión. Nunca se había atrevido a hacer aquello frente a nadie, pero le gustaba la sensación cuando utilizaba aquellas habilidades. Realmente no sabía que tanto podía hacer. Lo primero que descubrió es que cuando le daba miedo la oscuridad de su cuarto, podía hacer luces moradas con las manos para iluminar el espacio. Con el tiempo supo que aquellas luces podían ser sólidas, si así lo deseaba, y eso la llevó a saber hacer objetos, más que nada. Cuando se cansaba de estar de pie hacía una silla a su medida, cuando no alcanzaba algo construía un banquito, cuando estaba aburrida hacía una pelota completamente funcional, pero siempre lo hizo en secreto, por alguna razón sabía que algo estaba mal en ella. Además, la única vez que le dijo a una amiguita suya de la primaria se burló de ella por semanas. Pero quería comprobarle que lo que decía era real, por lo que en alguna ocasión la invitó a su casa. Mientras su padre cocinaba un pay de queso para ambas, ella decidió crear un columpio en el patio trasero, su amiguita quedó sorprendida y fascinada y como cualquier niña lo hubiera hecho subió al columpio de energía morada. Su amiga duró como cinco minutos columpiándose, cuando Itzel pensó que ya debía ser su turno.
—Baja, Paola, para subirme yo.
—No, tú creaste este columpio para mí, haz el tuyo.
Aquellas palabras molestaron mucho a Itzel, por lo que en un arranque de coraje hizo desaparecer el columpio a la par. Su amiga que aún seguía en el aire cayó estrepitosamente y se fracturó un brazo. Su padre salió inmediatamente de casa tras escuchar el alboroto. Paola le juraba a Octavio lo que había hecho Itzel, pero simplemente no podía creerlo, tampoco los padres de Paola le creyeron y pensaron que había sido un accidente de niños, pero Jansen padre se preocupó por su hija y habló a la única persona en la que confiaba aquel tipo de casos, Rita Ebi.
En aquellos años odiaba a su tía Rita, se le hacía una mujer muy estricta y amargada, siempre buscando la perfección y los buenos modales, y en aquellos días la odió incluso más. Recordaba a su padre hablando por teléfono y contando lo que había pasado, tenía presente a su tía llegando al día siguiente y había memorizado el regaño que le había dado.
—¡Estás loca, Itzel! —gritó su tía—. Lo que estás haciendo es monstruoso. Que jamás nadie en el mundo te vea haciéndolo o pensaran que eres un estilo de demonio. Oh —se lamentó—, pobre de mi hermana, si supiera que heredaste esta maldición.
Itzel lloró por semanas, solo era una niña de 6 años. Su tía más calmada le explicó que aquello era una maldición, que era peligroso que la gente lo supiera, pues podían juzgarla como un fenómeno y ni pensar lo que las autoridades le harían, tal vez se la llevarían lejos, fuera del alcance de su padre. Itzel era una niña obediente y realmente lamentaba lo que le había hecho a Paola, por lo que se juró jamás volver a hacer uso de aquellos poderes, además, no quería que la separaran jamás de su padre, era su persona favorita en el mundo.
Cuando Rita explicó lo que pasaba con Itzel, Octavio no tuvo más remedio que cambiarla de escuela e incluso mudarse para que Paola jamás dijera nada. Incluso rogó que con el tiempo Paola pensara que había sido parte de su imaginación.
Itzel se crio como una niña normal y se aseguró que su padre jamás sufriera por aquella maldición. Aun con la muerte de su padre jamás volvió a usar sus poderes, menos viviendo bajo el mismo techo que Rita. Durante años pensó que su tía y ella eran las únicas capaces de aquello, pues jamás había conocido a alguien más que pudiera hacerlo, hasta que descubrió que Joshua y Fabián podían hacer lo mismo.
Su mente dio un giro de 180 grados. El día que Joshua le mostró aquellas luces moradas supo que era lo mismo que ella hacía de niña. En aquel momento no se sorprendió de las habilidades, sino de que hubiera alguien más que pudiera hacerlo, luego ver a Fabián con los mismos poderes la dejó en un estado de shock. Fue inevitable que quisiera saber más, por eso siempre que podía preguntaba las dudas que le surgían, por eso, siempre iba a los entrenamientos de Joshua y Fabián, porque aunque ella había jurado no utilizar aquello nunca más, ver a sus amigos la reconfortaba.
Estaba sorprendida al descubrir que había toda una sociedad oculta de los humanos que eran igual de especial que ella, en donde aquello no era visto como una maldición sino como una bendición.
A Itzel le daba lástima no poder decirles a sus amigos la verdad, pero su tía la había sermoneado tanto tiempo que era difícil quitarse de la cabeza todos aquellos regaños y recomendaciones que había escuchado durante años. Además, en su plática con Rita después de su pelea, su tía le había hecho prometer una vez más que no diría nada, menos a Joshua, pues eso podía interferir en las investigaciones para saber qué había sido de Leti.
La joven pensó que jamás utilizaría sus poderes, pero en aquel momento, viendo a Joshua herido y a Fabián a punto de ser atacado, pensó que debía ayudar. Ella no era un simple humano como sus amigos pensaban, era una lavithia al igual que ellos y aunque con aquello rompiera el estigma que había tenido toda su vida, estaba dispuesta a perder su anonimato con tal de ayudar a Joshua y Fabián, así que lo hizo: utilizó su poder tras once años de su vida.
***
Aun sujetando el lado derecho de su rostro por el dolor, Joshua abrió los ojos lo más que pudo por lo que acababa de ver. No podía creer nada de lo que estaba pasando, en primer lugar, Itzel había sacado energía de sus manos lo que solo podía significar que era una lavithia, además Luca se encontraba desplomado en el suelo, sin vida.