Le dicen El Demonio

Capítulo 19: Mayo, primer sábado

Para nadie era un secreto, que Mer y yo jamás nos entendimos.

Mer tenía algo que contrastaba conmigo a primera vista, algo evidente para cualquiera que nos conociera. Era una esencia imposible de fragmentar en cualidades específicas. Solía pensar que se trataba de la confianza que proyectaba, de la rectitud con la que se manejaba en la vida o incluso la belleza que le acompañaba, tanto si te dirigía una sonrisa dulce, como una mirada implacable. Pero aun cuando enumeraba esas diferencias, entendía que aquello que nos alejaba era algo más que la suma de las mismas.

Cuando Mer entraba en la obra, yo sabía que mi rol se reducía a las bambalinas. Que no importaba cuánto esfuerzo hiciera o qué tan buena fuera actuando un papel, jamás compartiríamos el escenario. Esa posición habría sido imposible de sobrellevar, si Vicente no hubiera compartido el mismo destino. Ella bajo las luces y nosotros en la oscuridad. Vicente añorando compartir escenario y yo tratando de convencerlo de huir.

Menos que extras en la obra que protagonizaba, sintiéndonos poca cosa a su lado. Mirando hacia atrás, me doy cuenta que esa sensación que teníamos de ser lacra, sólo tenía base en nuestras pobres y juveniles cabezas.

Por eso, cuando él vino hacia mí con la idea de jugarse una oportunidad con ella, pensé que fallaría estrepitosamente y volvería a bambalinas. Pero cuando llegara yo habría salido de una forma digna de ese teatro.

No pensé que resultaría, ni conté con el deseo de Mer de alejarme para siempre de la vida de su mejor amigo.

Bajo el juicio implacable de ella, yo era la culpable de todo lo malo que emanaba de Vicente. Según su opinión, yo era un agujero negro nefasto, que absorbía y transformaba todo a mí alrededor. 

¡Cuánto poder en una pobre tramoyista! —pensé cuando lo dijo y no le di la relevancia que debía.

Hubo un par de ideas, sin embargo, que resonaron un tiempo entre mis pensamientos. Dos cosas que sentí resumían muy bien a esa Dana llena de drama, de la que escapaba a pasos agigantados en los días, de mi último año en la Universidad; me divertía enredarme en las historias de la gente y sacarles secretos.

[02/05 00:19]

desconocido: Dana, contesta

[02/05 00:19]

desconocido: Soy Mer, sabes por qué te llamo

Y por supuesto que lo sabía.

Las razones me revolvían el estómago. No quería hablar de ese asunto. Aún hoy, lejos ya de los sentimientos que me embargaron en esa época, no quiero hablar del asunto.

—Mi marido viene en camino —me susurró Sole—. Por si quieres irte. Podemos pasar a dejarte.

Me gustaban los secretos.

Nuestras discrepancias con Mer se sustentaban en eso; Ella no guardaba nada. Y si acaso lo hacía, sería por anodino y no por divertido. Mer no era precisamente el alma de la fiesta. Ella no era el mago y definitivamente no escondía la carta. Y cuando estábamos frente a frente no había ni juego, ni show. Sólo dura realidad.

No hay nada más divertido que descubrir el secreto tras un truco de magia bien elaborado. Jugar ese juego una y otra vez. Lucas decía que saber el truco requería habilidades de observación, capacidad de análisis, lectura constante acerca del asunto. En fin, una investigación exhaustiva. Pero Lucas se equivocaba.

Detrás de un truco de magia hay algo tan simple como la voluntad humana. No necesitas teorizar acerca del truco, tienes que convencer al mago de que te lo cuente. Y eso, para mí, era más divertido.

En esos días, el truco, el show y el secreto no venían de la mano de Mer. 

[02/05 00:19]

desconocido: Dana, contesta

[02/05 00:19]

desconocido: Soy Mer, sabes por qué te llamo

[02/05 00:30]

+(xx)x 51 345 567: Vienes?

Y yo sabía exactamente dónde buscar, para alejarme de lo que en ese minuto no quería resolver.

—Gracias, Sole, pero me comprometí a ir a otro lugar —respondí, antes de beber un último shot de vodka.

Maggie detuvo su conversación con Matías y me dirigió una mirada preocupada.

—¿A esta hora? —Y se tomó dos segundos como para reflexionar—. ¿No será con...?

En su voz había un dejo de inquietud y supuse hacia a donde estaba encausada.

—No, claro que no. Ese asunto está zanjado —respondí, tratando de quitar con mi tono, cualquier espacio a la duda.

—Si quieres te paso a dejar —ofreció Sole.

Pero yo no quería, bajo ninguna circunstancia, que supieran ningún detalle, que más adelante permitiera una asociación. Puede sonar paranoico, pero cuando se trataba de levantar una mentira, era bastante metódica.




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