Lecciones De Amor Para Mi Jefe

02

Este lugar es enorme; me están entregando el uniforme y el gafete; estaré acá de dos a seis de lunes a viernes, casi me asusto de tantos pisos, pero me informan que ambas estaremos en el piso de gerencia general, donde están todos los estirados con trajes más caros que mi renta de todo el año.

—El señor Montenegro es muy peculiar, por lo tanto, a ambas les pido que, si por algún motivo él se encuentra con ustedes, traten de no hablarle, contestar con monosílabos o asentimientos, mantengan una distancia de por lo menos un metro y, sobre todo, traten de no mirarlo a los ojos y hablarle de señor Montenegro.

No sé si entré a una empresa o a un campo de concentración militar. No le voy a decir que me parece un abuso que nos traten como presas políticas o cosas como esas, pero trabajo es trabajo; si me tengo que volver muda, entonces lo seré.

—Esta es tu paga de la semana; me han informado que su trabajo es excelente, que mira en especial los detalles, cosas que muchos no verían.

Como que en el reporte que nos dieron que la alfombra era persa, pero en realidad era mexicana; lo sé porque mi madre era historiadora y para no aburrirme siempre me metía a su taller, así que aprendí algunas cosas que en realidad nunca me han servido, bueno, hasta ahora.

—Además, detectaste a ese sujeto que quiso robar información de ciertos hábitos del señor Montenegro.

Ese fue otro; era extraño, gafas falsas, gafete mal hecho; además, los zapatos de personal de mantenimiento de máquinas tienen dos franjas naranjas y no tres.

—No es nada, si puedo ayudar en algo, lo hago.

Estoy contenta con mi cheque en mano, cuando de pronto veo a alguien de espalda, limpiándose las manos; está como gritando, porque veo cómo mueve los brazos y luego esparciendo alcohol, creo que es. Un hombre se inclina una y otra vez como en las películas chinas; por el tipo de traje que trae y esos zapatos italianos, se nota que, como dirían en el libro de Cleyton, es un hombre de alto valor.

—Cariño, a mí también me dieron algo extra por la propina que dio la señora Suárez cuando encontré su anillo de zafiro; esto es para ti.

Debería negarme, decir que no es necesario, pero necesito el dinero; no serán los tres mil que le presté, pero es una gran parte, casi la mitad; con eso puedo respirar un poco y no ver tan lejana la oportunidad de cumplir lo que tanto necesito.

—Creo que hoy nos podemos dar un pequeño gusto, vamos por pizza a donde don Julio; siempre que paso por ahí, siento que ese aroma me hiciera levitar.

—Oye, esa de ahí no es. —Antes que pudiera girar mi cabeza, ella se tapa la boca y sus ojos demuestran gran sorpresa; en cambio, yo no entiendo hasta que finalmente giro mi cara y me doy cuenta de lo que estaba pasando: es ella. Su mirada, su presencia me atrae hasta aquel momento.

—Quiero ver a mi padre.

El dolor me invadía, esa opresión en mi pecho; no era solo el dolor de perder a mi madre, era algo que no entendía del todo, algo que me estaba rasgando por dentro. No había ido al entierro de la mujer que dijo amar con su vida; yo aún tenía las uñas cubiertas de aquella maldita tierra, de aquel infortunio que estaba padeciendo.

No me interesó quién se me atravesara; tenía esa rabia hirviendo por dentro, pero eso no era nada en comparación con la imagen que apareció ante mis ojos, como si un volcán de dolor hubiera explotado.

—¡Papá! ¡Tía Sofía! ¿Cómo son capaces? —La rabia de ver a mi padre enredado con la mejor amiga de mi madre me cegó, la tomé del cabello y empecé a pegarle, pero mayor fue mi sorpresa cuando mi padre me apartó de ella y me lanzó contra la pared. En vez de ver cómo estaba su hija, sangre de su sangre, fue a ver que no le hubiera arañado la cara o dejado alguna marca visible; en cambio, yo estaba como en trance, con un sonido agudo tumbando mis oídos, como si me movieran el espacio; estaba viendo nublado.

—¿No te hizo daño?

En ese momento es que sentí que también había perdido a mi padre, esa mujer con la sonrisa de ángel, aquella que llamaba cariñosamente tía, la que me había recogido de la escuela tantas veces, con la que hacía pijamadas cuando mis padres tenían una cita, la que me había aconsejado sobre los chicos, la que me regaló mi primer celular; si mi madre no estuviera muerta, una traición como esta la volvería a matar.

Ella sabía que la había visto, yo sabía lo que había visto, el pánico en sus ojos para luego intentar negar lo evidente; ella salía abrazada a un hombre de hotel de mala muerte, salió huyendo como quien cree que en su propia mentira y se cree una aparición de esas que se esfuman con ráfagas de viento.

—Lástima que no la logré grabar, me hubiera diver

Pero la cara de mi querida amiga lo dice todo; ella fue más rápida que yo y algo logró captar, es evidente, se nota que es ella.

—¿Cuándo se la mostrarás a tu padre?

—Nunca —le respondí, cruzando mis brazos, sujetándome a mí misma; era una locura, nadie en su sano juicio dejaría de aprovechar una oportunidad de este tipo.

—No te entiendo.

—Estoy casi segura de que ella misma caerá en ese juego, nunca sabrá cuándo dejaré caer su teatro de mujer enamorada, de señora de alta sociedad, y mi padre llegaría el día que ese telón caiga y su desgracia será aún mayor, pero creo que me precipité; decir nunca es muy temprano, creo que si Dios me permite, frente a un jurado y la alta sociedad sería lo ideal, ¿no crees? Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero justicia es una palabra más propicia para este caso.



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En el texto hay: amor, venganza, dinero

Editado: 09.07.2026

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