Left and Right

Capítulo 10

Cuando estoy por salir de la biblioteca, me sorprende encontrar a Isabella intentando bajar un libro del entrepaño más alto.

Desde la lejanía, la miro impresionado. Estoy seguro de que nunca la había visto pisar este lugar.

Apilo los libros que necesito llevarme a casa mientras la observo. Se ve radiante. Lleva su cabello recogido en una coleta baja, un moño blanco reposa sobre la liga, resaltando en contraste con su cabello oscuro. Dos mechones con ondas reposan a los laterales de su rostro, acentuando sus facciones.

Desde aquí noto que batalla tratando de alcanzar el libro. Pero hay una escalera justo al lado, no entiendo por qué no la utiliza.

Sonrío cuando tropieza al recargarse con más fuerza sobre las puntas de sus pies. Es demasiado obstinada para pedir ayuda.

Vacilo un momento. Quiero acercarme, pero siento que mi pecho duele, y que el corazón se me acelera de solo pensar en dar un paso al frente.

Estoy de pie junto al escritorio en el que estudiaba para mi examen de certificación de inglés. Rígido. Seguramente luzco como un imbécil que no sabe caminar, pues mi cerebro no envía señales a mi cuerpo para que reaccione. Verla de súbito me dejó perplejo y sin saber qué hacer.

De repente, escucho la voz de Kai. No está aquí presente, pero en mi cabeza suena la frase: «¿Qué rayos estás esperando? ¡Ve por ella ahora!», e imagino que me empuja por la espalda con fuerza.

Supongo que la determinación me impulsa, porque termino caminando de milagro a pesar de que mis piernas tiemblan como gelatinas. Me dirijo a las estanterías más rápido de lo que imaginé que podría y alcanzo el libro cuando me encuentro justo detrás de ella, a escasos centímetros de distancia.

Isabella me mira directo a los ojos por detrás de su hombro, con el rostro completamente elevado, sin apartar la vista hacia otro lado. Siento que el corazón me da un vuelco, pero me obligo a sostener su mirada porque creo que así puedo evidenciar mi interés.

Está aprisionada a la estantería, parece que no hay sitio al cual pueda escaparse. Mi mano aún sostiene el libro en las alturas, pues todavía no se lo entrego. La verdad es que no quiero hacerlo, temo que el momento se termine tan deprisa si hago un solo movimiento. Y como no creo que podamos volver a tener la misma cercanía, intento disfrutar el momento.

Mi ritmo cardiaco aún no logra estabilizarse, pero puedo soportarlo.

Isabella sigue mirándome, inmóvil. Sus labios no emiten ni una sola palabra. No sé cómo interpretar que aún no se haya apartado.

¿Se siente cómoda con mi proximidad? Me gustaría pensar que sí, pero es difícil saberlo.

Le extiendo el libro cuando salgo de mi burbuja dorada. Sin embargo, ella no lo recibe enseguida y eso solo me deja más confundido.

—¿Buscabas este? —Le pregunto para romper el hielo. Me sorprende lo estable que suena mi voz.

—Sí, uh… muchas gracias —responde casi en un susurro. Nuestros dedos rozan por accidente cuando ella toma el libro de mis manos. Retrocede de inmediato, incluso hace una leve reverencia. Yo no puedo evitar sonreír cuando la veo negar con la cabeza, como si se arrepintiera de su acción.

—Un placer. ¿Necesitas ayuda con otro? —Inquiero, señalando el estante.

—En realidad no —responde abrazando el libro contra su pecho—. Siento haberte molestado. Creí que sería sencillo alcanzar el quinto entrepaño.

Sin borrar la sonrisa, aparto la mirada y por fin logro respirar profundo. Primero la dirijo al suelo y luego detrás de Isabella, donde los rayos del sol vespertino se cuelan por los ventanales y me obligan a entrecerrar los ojos.

Permanecemos en silencio. De pronto, parece que pierdo la habilidad para conversar, las posibles opciones se desvanecen en mi cabeza y siento la frustración crecer en mi pecho. Tengo la oportunidad del siglo frente a mis ojos y no puedo aprovecharla como me gustaría.

Por eso agradezco internamente cuando Isabella decide terminar con esa incómoda pausa.

—Te agradezco por lo del libro, otra vez —Balancea su pie derecho hacia adelante como para ponerse más cómoda—. Por rescatarme de morir atropellada el otro día… y también por incluirme en tu equipo de voleibol. Fue muy amable de tu parte.

—Ah, sí, eso —Me paso la mano izquierda por la nuca al recordarlo—. Saliste corriendo como si hubieras visto un fantasma.

Isabella abre los ojos con exageración, comienza a negar lentamente e intenta explicarse, pero no salen más que balbuceos de sus labios. Me parece tan tierna, que no quiero que se detenga. De todas formas, decido intervenir.

—Descuida, solo bromeo —aclaro para que ya no tenga que preocuparse por aclarar nada—. Y, sobre lo del vóley, pensé que querrías estar en el mismo equipo que Nicole. Parece que son buenas amigas… y ella una chica muy tímida.

—Sí —Responde tamborileando los dedos sobre la pasta del libro, parece aliviada con el cambio de conversación—. En realidad, es dulce e inteligente. Siempre tiene algo nuevo que contar. Pero su fuerte definitivamente no es hacer nuevos amigos.

—Lo he notado. Estamos juntos en el taller de escritura creativa.

—¿Qué? —La pregunta le sale de golpe, sin disimular en absoluto su sorpresa—. ¿A ti también te gusta escribir?




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