Te he visto.
Esas tres palabras permanecen dando vueltas en mi cabeza, sin pretender irse. Sería absurdo pensar que Noah no me conoce; desde el primer año compartimos más clases de las que puedo recordar. Sin embargo, no solo sabía que existo… en algún momento realmente me vio.
Estoy sentada en la mesa de la cafetería Félicité, cerca de los ventanales. Nicole y Fiona se encuentran a mi derecha e izquierda probando los postres estrella del día. Enredada en mis pensamientos, sonriendo como una tonta mientras revuelvo mi café, olvido por un momento su presencia.
Las obligué a venir.
En realidad no dije nada sobre un encuentro en la cafetería. Solo las cité por separado y esperé a que no se negaran por nuestro descontento del otro día. Pero creo que logré mantener el perfil bajo respecto a este encuentro.
Ninguna de las dos parece sentirse muy cómoda. Lo noto cuando Fiona aclara su garganta con exageración y me saca de mi burbuja. Me observa la mirada más pesada que puede y yo le doy un sorbo a mi café para esconder parcialmente mi rostro.
Y es que es la hora en que todavía no les he dicho qué rayos hacemos aquí, por qué las junté cuando se suponía que no querían verse ni en pintura.
Volteo a ver a Nicole de reojo y ella solo tiene su mentón recargado sobre la palma de su mano, mira a las afueras de la cafetería como si añorara estar en otro lado menos aquí. Más que molesta, se ve aburrida.
El silencio que persistió cuando no logré que hablaran entre sí, me hizo recordar mi encuentro con Noah en la biblioteca y resultó imposible despertar de mi ensoñación.
Siento la culpabilidad apretando mi pecho, y desvío la mirada hacia la carta. Nos permitieron quedarnos con una por si queríamos ordenar algo más.
—¿Por qué nos trajiste aquí? —Fiona pregunta de repente, haciendo sonar el plato de su postre con una cuchara de metal pequeña, que produce un sonido agudo y molesto.
—¿Puedes dejar de hacer eso? —Nicole le pide cubriendo uno de sus oídos.
—No —La reta con la mirada y comienza a golpear más fuerte, llamando la atención de un par de clientes alrededor.
—Fiona, por favor, todos nos están mirando —Nicole se cubre los ojos, avergonzada.
—¡Deja de ser tan paranoica! —Le restriega y continúa golpeando el plato—. A nadie le importa lo que hagas o dejes de hacer.
—Oye, ya basta —Detengo su mano en seco y ella me dirige una mirada afilada, que bien podría traspasar mi pecho si fuera un arma real. Trago en seco y la suelto poco a poco, temiendo por mi vida—. Solo… quería reunirme con ustedes para hablar de lo que sucedió.
—Grandioso —espeta, sarcástica—. Te pasaste mirando al vacío, con una estúpida sonrisa en la cara, por los pasados quince minutos. Gran manera de conversar con tus amigas.
—Ni siquiera hemos estado aquí tanto tiempo —Me defiendo. Fiona rueda los ojos.
—Habla ya, entonces —Cruza sus brazos y se recarga en el respaldo de su silla. Una silla muy cómoda, a decir verdad.
Suspiro, cansada de la situación.
—Necesitamos resolver esto —Les pido y recargo mi barbilla sobre mis brazos—. Escuchen, no fue mi intención tomar partido por alguien. Perdón si lo sintieron de ese modo. Sucedieron muchas cosas en el teatro que me tomaron desprevenida, y no supe cómo actuar —Suspiro. Me acomodo el cabello de manera desesperada, pero solo consigo despeinarlo—. No soporto que estemos peleadas.
Nadie dice algo por un momento. Solo me observan fijamente; Fiona come otro pedazo de su postre y la reacción de Nicole por lo de mi cabello, deduzco, es de estupefacción.
—Sí sabes que ella comenzó todo ¿no? —Fiona inquiere sin haber tragado su bocado. Nicole la mira con desagrado, pero al procesar lo que escucha, abre los ojos, incrédula.
—¿Es en serio, Fiona? ¡Lo único que hice fue pedir sentarnos en un lugar alejado de las personas!
—Sin considerar que heriste mi orgullo.
—¿Entonces se trata de eso? —Su pregunta suena más a una afirmación—. ¡No tengo la culpa de que mis padres sean empresarios exitosos!
—Y ahí vamos de nuevo —Fiona ni siquiera se esfuerza por enojarse. Rueda los ojos, como siempre hace cuando le irrita algo, resignada a escuchar sobre la economía privilegiada de los Paige—. ¿Te das cuenta de cómo no se cansa de presumirnos su dinero?
—¡Lo que pasa es que estás celosa! —Nicole la señala con el dedo índice y yo le doy un ligero golpe para que deje de hacerlo. Ella me observa, indignada—. Y tú la sigues defendiendo. ¡A inicios del bachillerato solo éramos tú y yo! ¡Tú, yo y nadie más! Estábamos bien así, nos teníamos incondicionalmente.
—Nicole, detente. No digas algo de lo que luego te arrepientas.
—No intentes borrarme del mapa como si nuestra amistad nunca hubiera existido —Fiona contraataca sin permitirme continuar con mi consejo— ¿Dices que estoy celosa? ¿De ti? ¡Eres una niñita mimada que lo único valioso que tiene en su vida es el dinero!
Me quedo boquiabierta. Ni siquiera me permito ver a Nicole porque sé que me dolerá su reacción. Fiona siempre ha sido una persona que habla sin rodeos, cuida poco sus palabras. Pero incluso en el peor de los escenarios, creo que jamás me habría imaginado una discusión como esta.