No sé qué rayos estoy haciendo.
Anoche, y durante las vacaciones de verano, no me parecía tan descabellado. Pero ahora que me miro al espejo ya no sé si es una buena idea.
Este no soy yo.
Es decir, claro que soy yo, pero no me siento como yo.
Me veo diferente. Y aunque intento convencerme de que es una buena diferencia, no puedo evitar sentir vergüenza de salir así a la calle. Si mi madre me ve, va a reaccionar extraño. Y esa clase de extrañeza que conozco tan bien es desagradable. A cualquier persona podría parecerle tierno que una madre exprese orgullo por su hijo menor, pero a mí me incomoda en lo más profundo.
Por un momento siento la necesidad de sacarme esta ropa y ponerle gel a mi cabello como siempre. Sin embargo, Kai no me lo va a permitir. Se esmeró demasiado por esto y sé que me va a enviar de vuelta a casa para que me ponga la ropa nueva y perderemos tiempo. No me gusta perder tiempo.
Suspiro intentando alejar los pensamientos que vienen como ráfagas de luz a mi cerebro. Ni siquiera tengo otro atuendo parecido para usar mañana.
Tomo mi mochila ubicada debajo del espejo y salgo de mi habitación después de cerrar la puerta con cuidado. Linh sigue dormida, todavía le falta un mes para entrar a la universidad y ha estado levantándose más tarde de lo habitual. No quiero hacer ruido, así que bajo los escalones tan sigiloso como puedo.
Mamá me espera sentada en el comedor hojeando un catálogo de productos para el hogar, recientemente conoció la marca Homecare y creo que se obsesionó. Cada vez que tiene tiempo libre se dedica a mirar las novedades y decidir qué puede adquirir para la casa.
Me alivia percatarme de que sigue concentrada en la revista e intento dirigirme a la cocina sin llamar su atención, pero consigo todo lo contrario. Mamá levanta la mirada, me observa por encima de sus lentes de vista cansada y su expresión me pone nervioso. Tengo que detenerme en la puerta como soldado, acomodarme la camisa a cuadros que llevo puesta y carraspear para aclarar mi garganta.
—Buenos días —Saludo con mucha formalidad y yo mismo me sorprendo. Quiero salir corriendo, pero mis pies no me responden, así que solo desvío los ojos a la barra de la cocina. Hay una gelatina artística ahí y se ve deliciosa.
—Noah —Articula mi madre con dificultad mientras se quita las gafas. Siento que el corazón se me sube a la garganta—. ¡Hijo, te ves guapísimo!
—Por todos los cielos, mamá. No es para tanto.
Ahora parece que sí me responden los pies, puedo moverme de mi sitio con facilidad y entro a la cocina. Necesito abrir el refrigerador solo para calmar los nervios.
—Quiero decir, siempre te has visto muy guapo. Pero… ¿Esa ropa es de Kai?
Sí, lo es. Debajo de la camisa traigo puesta una playera color negra y lisa de cuello redondo, los pantalones que mi mejor amigo me prestó son de mezclilla oscura. Lo único que sí es mío son los tenis marca converse. Kai me dejó utilizarlos solo porque sus zapatos de gala me lastimaban los laterales del pie.
La pregunta de mamá no me ofende porque esto no es algo que yo usuaria, en su lugar me habría puesto un pants cualquiera que me resultara cómodo y una playera gris que parece pieza de pijama.
—¿Muy evidente?
—Bueno, reconozco su estilo. Ha pasado metido aquí los últimos dos años.
Cojo el tetrapack de jugo de mango que compró mamá en la despensa de esta semana, una mueca aparece en mis labios porque está casi vacío. Papá suele beber del cartón, es muy asqueroso.
—Me encanta cómo luces la ropa.
—¿Qué hay para desayunar?
—Noah Yoon, no me cambies la conversación —Fijo mis ojos en mamá de golpe porque es muy extraño que me llame por mi nombre completo. De pronto los sonidos dentro de la cocina se vuelven demasiado fuertes—. Dije que te ves muy guapo, corazón.
—Gracias —respondo logrando no balbucear—. Fue idea de Kai.
No sé por qué, pero lo digo como si quisiera huir de la culpa. Aunque sé que mamá no va a regañarme por esto, creo que me siento más cómodo echando la responsabilidad en los hombros de ese energúmeno. Aun así, es verdad. Kai fue quien propuso hacer todo esto. Dijo que no había manera de que Isabella volteara a verme si lucía, en sus propias palabras, como un perdedor con ropa vieja y ojeras profundas. Es mejor culparlo a él que explicarle a mamá por qué todo esto me incomoda.
—¿Para iniciar el nuevo año con el pie izquierdo?
Sonrío. Soy zurdo, por eso hace la analogía de esa manera.
—Creo que me lavó el cerebro —Mi comentario la hace reír.
—¿Por qué lo dices?
—Estuvo insistiendo demasiado durante el verano para hacerme un cambio. La verdad es que acepté solo para que dejara de insistirme.
—¿Ah, sí?
Asentí con la cabeza para responder.
—Tal vez vio un modelo potencial en ti.
—Mamá, por favor —Dejo el cartón en la barra central de la cocina y voy a buscar un vaso largo de vidrio en la alacena—. Me avergüenzas.