Left and Right

Capítulo 12

Miro la pantalla de mi celular por enésima vez en el día. He estado esperando con ansias el mensaje que Isabella prometió enviarme hace dos semanas, pero cada vez que desbloqueo el dispositivo me llevo una gran decepción.

El mensaje no está ahí.

Hoy es sábado. Me encuentro formado, con el resto de mis compañeros de la clase de Historia, en espera del camión que nos llevará de excursión al Centro Cultural Raíces. Tengo entendido que no somos la única clase que acudirá, pero nos están dividiendo de este modo para una mejor organización.

Como una de las actividades extracurriculares del semestre, los directivos organizaron una visita a un par de museos, talleres y exhibiciones en el centro cultural del pueblo para conocer sobre arte e historia.

En plan obligatorio.

Aunque amo la lectura, creo que el tópico de Historia no es lo mío. Siempre me pareció un tanto aburrido. Por eso creo que decidí quebrarme la cabeza aprendiendo matemáticas, pues mientras menos teoría tenga, menos ganas siento de irme a dormir.

Además, me parece que esto es completamente innecesario. Al menos para mí. Ahora mismo quisiera irme a casa a recostarme sobre el sofá y ver una buena película, beber refresco de manzana y comer palomitas.

Por desgracia, la excursión suma puntos a la calificación de la materia, algo que me viene bastante bien en este momento.

Kai aguarda a mi lado con la mirada en el celular. Está jugando algo, no sé exactamente qué, pero debe ser interesante. Captura por completo su atención. No logro ver con claridad debido a la luz del sol, pero por el sonido reconozco disparos. Debe ser alguna versión actual de Grand Theft Auto, aunque no estoy seguro de que exista una aplicación para smartphone. De todas formas, no puedo decir mucho. No sé nada sobre videojuegos.

—El sol está quemándome la coronilla —Kai menciona tapando el área con la palma de su mano libre. Echa un grito gutural, de esos que sueltas cuando te estás estirando, y se acomoda los tirantes acolchados de la mochila haciendo un movimiento de hombros—. ¿Cuánto tiempo va a tardar en llegar el bus? Me voy a volver loco.

—Si lo supiera, ya te lo habría dicho.

—Hey, no es literal —Kai me da una palmadita en la espalda—. Solo me estoy quejando.

Yo asiento con la cabeza cuando me lo explica, pues tardo un poco en unir las piezas.

—Oh, lo siento —No agrego nada más, me limito a observar mi teléfono. Ningún mensaje todavía.

—¿Qué te pasa? ¿Encontraste la fuente de la eterna felicidad ahí?

—Solo espero un mensaje.

—¿Eh? ¿Isabella todavía no te escribe? —inquiere, sorprendido. Sacado de órbita. Más confundido que yo.

—Debe estar ocupada.

—Sí, eso debe ser —Kai menciona y chasquea la lengua—. ¿Por qué no le hablas tú?

—¿Estás loco? Claro que no voy a hacer eso.

—No veo lo malo en que muestres un poco de interés.

—Pero… ni siquiera tengo su número —El tono de mi voz se apaga conforme caigo en cuenta. Por alguna razón me siento decepcionado, pero aliviado a la vez. Entré en pánico por una posibilidad que no existe, qué ridiculez.

—Ya veo —Kai vuelve la mirada a su celular y se concentra de nuevo en su juego. Lo miro de soslayo, como esperando que me diga algo—. Eres un imbécil.

—¡Oye, cuida tus palabras!

—¿Por qué no le pediste su número en primer lugar? —Me mira fijamente como para demostrar que habla en serio—. Literalmente te abrió las puertas para que lo hicieras.

—Ella quería reunirse conmigo estrictamente para su proyecto de fotografía.

—¡Y es ahí en donde la haces pescar el anzuelo! —Su índice adopta la forma de un gancho, en realidad no entiendo la implicación. Niega con la cabeza para corregirse—. Aprovechas la situación, eso es lo que quiero decir.

—Pero ella no me dijo que podía pedirle su número.

Kai guarda silencio, mirándome como si no pudiera creer lo que le estoy diciendo. Yo frunzo el entrecejo y levanto ligeramente la barbilla, como si la palabra “¿qué?” estuviera por salir de mis labios.

—Las chicas no esperan a que les pidas permiso para preguntarles si puedes tener su número, Noah —Kai toma mi teléfono en sus manos—. La verdadera cuestión es si puede dártelo. No si ella quiere que tú se lo pidas. Incluso podría ser un cumplido. ¿Me explico?

Asiento con la cabeza, aunque no estoy seguro de comprenderlo. Últimamente, he recibido esa petición de la nada por chicas que no conozco. Es muy incómodo. Pero si esa es la regla, supongo que me tengo que acatar.

—Entonces sí soy un imbécil.

—Todos lo hemos sido en algún punto —Kai se encoge de hombros y vuelve a concentrarse en su videojuego.

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Hay una pintura de una hamburguesa con los ojos rojos, y basura incrustada en el pan, pegada a la pared. No sé qué hago aquí observándola. Me provoca muchísimo asco. Algo en la textura de la imagen da la impresión de que se va a salir del cuadro.




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