Left and Right

Capítulo 13

Borro el mensaje antes de terminar de escribirlo.

Otra vez.

Escondo mi cabeza en la almohada porque siento un molesto calor subir por mis mejillas. Quiero gritar, pero debo guardar la compostura porque hay visitas en casa.

Estúpido nerviosismo. Estúpida ansiedad.

Mamá ya pidió un par de veces que baje a merendar; es el momento perfecto para convivir con mi familia, que viene desde otra ciudad para pasar con nosotros las fiestas decembrinas y otras fechas especiales. Me parece un poco precipitado, pues todavía estamos en octubre.

Hoy es mi cumpleaños.

Mi familia entera espera por mí en el patio, con mobiliario y decoraciones ya instalados, mientras yo sigo intentando agarrar el coraje necesario para enviarle un mensaje a Noah.

Un simple mensaje me pone los pelos de punta. Es muy humillante, pues solo tengo que agendar una fecha para reunirnos a realizar mis prácticas y nada más.

Mi habitación es el lugar más seguro para mi mente ansiosa, me permito tener mis crisis sin limitaciones aquí, importándome muy poco si alguien atraviesa la puerta para juzgarme.

Cuando me levanto de mi extraña posición de avestruz en siesta, me veo en el espejo del tocador, hecha un desastre. Revolví mi cabello por la frustración y ahora está más enmarañado que antes.

Intento buscar mi teléfono por encima y debajo de mis cobijas, en la funda de mi almohada, en la alfombra de tigre que no sé por qué sigo conservando después de tantos años. Los animales salvajes dejaron de ser el centro de mi atención desde hace mucho tiempo.

—¡Isabella, es la última vez que te hablo! ¡Baja de una buena vez!

Resoplo sobre mi cabello, que se enreda más con el movimiento.

Han sido unos meses complicados.

Las ocupaciones de la escuela lograron que evadiera el lío en el que yo misma me metí por querer aparentar valentía. Desde entonces mi mente no deja de repasar una y otra vez la escena del día en que Noah y yo nos encontramos en la biblioteca. Todavía recuerdo vívidamente sus ojos, que brillaban frente a los rayos de sol que se colaban por el ventanal del recinto al atardecer.

Le pedí su número de teléfono con la excusa de que lo llamaría para sacar adelante mi proyecto, pero claramente no he sido capaz de hacerlo. Tampoco he tenido el tiempo, si me puedo defender de ese modo. Los meses avanzan y este último año de preparatoria parece querer acabar con mi estabilidad mental. Pero tengo que confesar que el temor ha podido más conmigo.

Creo que hoy, a penas hoy, es el primer día que puedo mantener la cabeza en blanco. Y de todas formas encuentro la manera de preocuparme por algo que, a simple vista, parece tan sencillo.

Un mensaje.

Si Noah no me gustara tanto, y si Nicole no me hubiera abierto los ojos ante la realidad, sería capaz de hablar con él sin ningún problema.

Hace unos años no hubiera creído este escenario. Ni siquiera lo notaba, para ser sincera. Él existía, pero yo no lo sabía. O, al menos, no era tan consciente de que siempre estuvo ahí.

Era un chico al que no le agradaba ser el centro de atención. Pasaba desapercibido porque se sentía cómodo en la esquina del salón, sentado hasta los últimos asientos, levantando la mano solo cuando realmente ameritaba opinar en clase. Y, sin embargo, no dudaba en ayudar a otros cuando tenían problemas para comprender algún tema que él dominaba.

Noah sabía lo más inesperado, lo más curioso, aquello que quizá no era de interés popular: tenía un rango amplio de conocimiento, aunque no se especializara en algo particular.

—Isabella —Mamá abre la puerta de mi habitación, la paciencia definitivamente abandonó su cuerpo hace rato ya—. ¿Todavía no te cambias?

No es hasta ese momento en que me doy cuenta de que sigo en pijamas.

Lo siento, estuve demasiado ocupada tratando de resolver un problema de vida o muerte, quiero decirle. Pero no hacerla enojar.

He estado pensando mucho en un chico hoy. En que, si le hubiera enviado un mensaje desde hace tiempo, habría sabido que hoy es mi cumpleaños y me habría felicitado. Me trago esas palabras, pues no tienen sentido.

—Me siento un poco enferma —Le digo. En cierto modo, es verdad. Aunque no se trata de una enfermedad convencional—. Estaré lista en unos minutos, lo prometo.

—Llevas más de media hora diciendo lo mismo, cariño. Es tu cumpleaños y la familia te espera.

—Bajaré en un momento.

—¿Te vino el periodo?

—No. Gracias a Dios, no.

Mamá hace una mueca con los labios y se recarga en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre su pecho.

—¿Se puede saber por qué parece que te arrolló un camión?

Su afirmación no es para nada descabellada. A nivel emocional, eso sucedió.

¿O acaso estoy exagerando?

Me siento sobre la cama y recargo la espalda en la cabecera. No estoy muy convencida de contarle a mamá sobre Noah, aunque ella sabe lo necesario. No quiero decirle que él es la razón por la que me encuentro de este modo.




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