Atravesamos la cafetería en silencio.
De hecho, todo el camino ha sido así. Incluso se vuelve ensordecedor, a pesar de que las personas no paran de hacer ruido alrededor. Estoy absorto en mis propios pensamientos o, al menos, intentando concentrarme en algo que no sea la tensión en todo mi cuerpo. Todavía me tiemblan las piernas y siento mis manos resbalosas, pero trato de mantenerme sereno. Creo que no es un buen momento para delatar mi enamoramiento.
Isabella camina delante de mí, a escasos centímetros de distancia, bastante rápido para mi sorpresa. Tampoco es que crea que este es un paseo por el bosque, pero imaginaba que podríamos conversar durante el trayecto.
De todas formas, las palabras no logran salir de mi boca. Lo intento varias veces, sin éxito, mientras arranco los padrastros de mis pulgares con esmero. No me doy cuenta de que sangran hasta que veo mis manos para lograr ser más preciso al quitar lo que me molesta.
Isabella se gira por un instante, no sé si busca cerciorarse de que sigo aquí o si solo desea saber cuántas personas, además de mí, vienen detrás de ella. Su gesto provoca que me quede sin aire por un momento, pero me aclaro la garganta para no parecer un estúpido. Entonces decido que, si no hablo yo, probablemente esta caminata no valga tanto la pena.
—¿Sueles caminar así de rápido o es solo porque tienes mucha sed?
Isabella voltea a verme, con los ojos bien abiertos. Su desconcierto me hace sonreír, aunque ella no se percata porque su mirada desciende al suelo. Creo que mira sus tenis blancos, como si intentara buscarles algún defecto. Al instante, afloja el paso y eso me permite emparejarme a su lado. Aunque, en realidad, no estábamos tan separados.
—No, no siempre —responde por lo bajo, apenas consigo escucharla—. Quizá solo estoy nerviosa.
—¿Nerviosa? ¿Por qué? —Mis oídos están abiertos a escuchar cualquier explicación, solo porque deseo saber si se trata de algo que yo provoco en ella.
—Es que tengo que presentar un examen importante después del receso, y ahora mismo tengo la mente en blanco. Creo que no recuerdo absolutamente nada.
Las esperanzas que tenía caen como un enorme peso al suelo. Una sombra de decepción se aloja en mi corazón.
—Así que un buen método para disipar el nerviosismo es beber seiscientos mililitros de agua purificada.
—Cuando lo mencionas así, suena muy ridículo. Pero creo que funciona para mí —Isabella se encoge de hombros y yo me río. Pero la entiendo. Yo también tengo mis propios métodos para autorregularme.
—¿Sobre qué es el examen?
No sabe qué responder. O, al menos, es lo que noto cuando empieza a buscar las palabras correctas mientras balbucea cosas ininteligibles. Me parece que se está esforzando mucho en hallar una respuesta a un cuestionamiento simple, pero en realidad no le tomo mucha importancia. Tampoco suelo brillar por mi facilidad de palabra.
—Inglés —responde finalmente y siento las esperanzas renacer de entre las cenizas.
—Es mi especialidad —Le digo con tanta emoción que mi voz se quiebra y un gallo, peludo y enorme, se asoma por mi garganta. Debo bajar un poco mis niveles de entusiasmo si no quiero parecer el mismo nerd de siempre frente a ella. Aclaro mi garganta antes de volver a hablar—. Es decir… me encantan los idiomas en general. Pero presentaré mi examen de certificación de inglés muy pronto, así que… creo que puedo ayudarte con ello.
—Lo sé, siempre has estado en los primeros lugares de la materia —Isabella me dedica una sonrisa que podría derretir a cualquiera, que me desarma y me deja sin palabras. Intento no ser tan obvio, pero no sé si lo consigo—. No te preocupes, disfruta el resto del descanso. Realmente dudo que puedas lograr gran cosa en menos de diez minutos.
—¿Me estás retando? —Levanto una ceja, una sonrisa ladeada se dibuja en mis labios y le echo una mirada desafiante. Entonces Isabella comienza a toser. Con preocupación, intento acercarme para pegarle ligeramente en la espalda, pero ella me lo impide. Levanta los pulgares para indicarme que todo está bien. Vira de inmediato la vista hacia otro lado, rompiendo el contacto visual que manteníamos.
—Claro que no —Logra articular cuando el absceso de tos se detiene—. Solo que, viendo la situación, creo que necesitaría un milagro.
La fila de la cafetería avanza rápido, para nuestra buena suerte. Isabella sigue batallando con su garganta, pero no hace ningún escándalo, solo se limita a respirar profundo tantas veces como le es posible y aclara su garganta mientras esperamos nuestro turno.
Para este punto, mi pulso se mantiene estable. Creo que me estoy habituando a la agradable sensación de estar junto a ella. Lo sé porque mis piernas dejaron de temblar, respiro con tranquilidad y, aunque aún me cuesta un poco, las palabras fluyen con suficiente confianza. Al menos ya no me tiembla la voz.
Isabella toma la botella de agua que le entregan los cocineros y pronto nos encontramos de regreso hacia los comedores.
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De vuelta a casa, Isabella y Nicole permiten que les haga compañía. El plan era que Kai se uniera —así hubiéramos evitado caminar a pie— pero dijo que tenía cosas que hacer y se retiró en cuanto sonó la campana. Así que, ahora, pasamos cerca del Jardín Solstice, en donde se celebró el Festival de Otoño este año.