Los labios de Isabella son más suaves de lo que imaginaba.
Demasiado hidratados, sin siquiera una grieta.
El recuerdo de mis latidos desbocados me hace revivir el momento, sentir que mis sienes palpitan del mismo modo.
Aunque intento no pensar demasiado en nuestra despedida para concentrarme durante mi práctica, me resulta imposible. La escena sigue reproduciéndose en mi cerebro una y otra vez con la lentitud necesaria para asegurarse de que no lo olvide.
Me tomó un par de minutos procesarlo todo y todavía intento descifrar si significó algo… O no.
Sacudo la cabeza en cuanto el balón regresa a mis manos, estoy a punto de encestar mientras Kai trata de impedirlo. Como es más alto que yo, me cuesta trabajo esquivarlo y más aun con el recuerdo del beso de Isabella en mis pensamientos. Por eso, mi mejor amigo logra evitar que enceste el balón. Es verde, mi color preferido. Me lo compró papá cuando me volví miembro oficial del equipo del colegio tras pasar la prueba final. Ahora desprende un olor a goma quemada, supongo que se debe temperatura exterior.
La luz del sol me lastima los ojos cuando veo el balón caer después de golpear la circunferencia de la canasta, pues me apunta tan directo que hasta parece personal, como si de todos los que nos encontramos al aire libre ahora, me hubiera elegido solamente a mí.
De pronto, la perrita de mi vecina comienza a ladrar. Sus ladridos son irregulares y provocan presión en mis oídos en forma de un pitido muy molesto, que retumba con eco en un ritmo inconstante. Me esfuerzo por resistir la necesidad de cubrirlos porque el balón acaba de caer en mis manos otra vez.
Entonces siento que mi celular vibra dentro del bolsillo de mis pants. Lo tomo enseguida y me encuentro con la respuesta de Isabella a uno de mis mensajes anteriores. Hemos estado hablando esporádicamente desde Navidad, aunque la frecuencia ha aumentado con el paso de los días. Recuerdo que la última conversación real duró alrededor de tres horas, pero en realidad ni lo sentí.
Anoche le envié un mensaje invitándola al primer partido nacional. No solo a ella, claro está. Le dije que podía traer a sus amigos si se sentía más cómoda, aunque es su presencia en el evento la única que me interesa. Podría dedicarle una de las canastas, como en las series juveniles de romance que ve Linh.
La sola idea provoca que un escalofrío me recorra la espalda, es muy ridículo y vergonzoso.
Supongo que un chocolate bastará.
Abro la vista previa de la notificación. Cuando leo la respuesta, mis labios se curvan en una sonrisa satisfactoria.
«¡Claro que me encantaría ir al partido! Llevaré a las chicas, si es que las convenzo de que estén juntas en un mismo espacio».
—¿Qué pasa? —Kai inquiere acercándose y mira la pantalla a hurtadillas.
—Aceptó la invitación.
Mi amigo levanta ambas cejas y una ligera sonrisa se dibuja en sus labios. Me da una palmada en la espalda y me sujeta del brazo para agitarlo, su supuesta manera de festejar.
—Dice que llevará a sus amigas, para variar. Qué buena suerte ¿no?
—¿Suerte para quién? —En realidad no espero que me responda y creo que él lo intuye porque comienza a reír.
—Oye, permíteme volar un poco.
—Suficiente tienes con Nicole, por favor no metas a Fiona dentro de tu lista de opciones.
Kai me quita el balón del hueco entre mi brazo y mi torso y comienza a botarlo en el suelo. Ladea la cabeza ligeramente antes de solar un suspiro largo, pero no deja de sonreír.
—Bueno, siempre cabe la posibilidad —Suelta una carcajada cuando se da cuenta de que lo miro mal—. La verdad es que no lo descarto. Pero, descuida, solo espero el momento adecuado para dar el primer paso con Nicole. Así que apresúrate. Invita a Isabella a salir.
—Kai… —Llamo su atención para que me mire. Cuando lo hace, continúo—. ¿En serio te gusta tanto?
—No lo sé todavía —Hace una pausa como para pensar mejor sus palabras—. Me parece una chica preciosa. Tiene los ojos más tiernos que he visto en toda mi vida y físicamente me atrae. Pero no sabré lo que siento por ella amenos de que la conozca. Y no voy a lograrlo si sigues impidiéndomelo.
Me quedo en silencio durante un momento, intentando analizar toda esta información. Tengo que admitir que jamás había visto a Kai tan interesando en una chica, al menos no al grado de querer tomar el asunto con seriedad. Y no dejo de pensar en las consecuencias que puedan ocurrir; aunque, si lo veo en perspectiva, no conozco a Kai en una relación romántica. Así que tampoco puedo estar seguro de cuáles son las consecuencias en las que pienso a menudo.
—Lo siento —Le digo de la manera más sincera que puedo—. La incertidumbre me hace pensar en escenarios muy catastróficos.
—¿Como que vaya a destrozar el corazón de esa pobre chica rubia?
Asiento con la cabeza sintiendo vergüenza. Viéndolo así, luzco como el peor amigo del mundo.
—Entiendo tu punto —Kai lanza el balón hacia la canasta y encesta a la perfección. Un tiro libre y limpio—. Pero, en realidad, es más probable que ella sea quien me destruya a mí.