Después de que los colosos primordiales cayeran y sus huesos se convirtieran en las montañas que hoy dominan los horizontes de Eclipsia, pasaron miles de años. El mundo, aún joven y salvaje, no descansaba. Continuaba moldeándose entre erupciones volcánicas que iluminaban los cielos nocturnos, glaciares que avanzaban como ejércitos silenciosos y tormentas mágicas que teñían los océanos de colores imposibles. Las cenizas de aquella era antigua fertilizaron la tierra, dando origen a nuevas formas de vida: criaturas más ágiles, más inteligentes y, sobre todo, más adaptables que poblaron los continentes recién formados. Entré ellas aparecieron los primeros humanos. O al menos, eso parecían. Eran una raza primitiva y frágil, muy diferente a los que dominarían el mundo en eras posteriores. De estatura modesta —alrededor de 1.56 metros de altura —, delgados, d piel pálida y ojos llenos de curiosidad. No eran enanos, pero tampoco imponentes guerreros. Sus cuerpos eran livianos, sus músculos poco desarrollados y su fuerza limitada. Sobrevivían cazando animales débiles; conejos veloces, aves de plumaje gris y pequeños herbívoros que pastaban en las llanuras. Los primeros humanos fabricaban lanzas de madera afilada con piedras, construían trampas ingeniosas con lianas y huesos, y confiaban más en su astucia y trabajo en equipo que en la fuerza bruta. La vida era implacable. Muchos morían devorados por bestias mayores, ahogados en ríos desbordados o víctimas de las tormentas mágicas que aún azotaban el mundo sin piedad. Las noches eran especialmente peligrosas; peligrosas los que rugidos de criaturas ancestrales resonaban en los valles, recordándoles que no eran los dueños de la tierra. Sim embargo, su tenacidad era admirable. Con pasó de las generaciones, dominaron el fuego, aprendieron a cultivar raíces y bayas, construyeron refugios con ramas y pieles, y comenzaron a leer las señales de la naturaleza: el vuelo de las aves, el movimiento de las nubes y el olor de la tierra antes de la lluvia. Poco a poco, los clanes se hicieron más grandes y se llamaron así mismo "súper humanos". Compartían conocimientos, cuidaban a los ancianos y contaban historias alrededor del fuego sobre los colosos que una vez gobernaron el mundo. Así, lentamente, los humanos prosperaron. De nómadas errantes pasaron a pequeñas aldeas, pero muchos súper humanos decidieron no evolucionar y se quedaron así... Y con el tiempo, a levantar los primeros muros de piedra. En la actualidad, el continente de Eclipsia es un vasto tapiz vivo de razas, culturas y poderes mágicos. La magia fluye como un río invisible por doquier, marcando el destino de cada ser vivo desde el momento de su nacimiento. Los continentes están divididos e 7 reinos ambiciosos, ciudades -estado amuralladas, vastas tierras salvajes plagadas de criaturas ancestrales y ruinas olvidadas de eras pasadas. Aquí, en un mundo medieval donde las espadas se forjan con runas, los castillos se iluminan con cristales mágicos y los ejércitos marchan bajo estandartes encantados, conviven, negocian, luchan y comercian numerosas razas en un equilibrio siempre frágil. Humanos comunes: la raza más numerosa y adaptable de todas. Aunque muchos nacen con poca afinidad mágica, su gran población, capacidad de aprendizaje y ambición les ha permitido construir ciudades prósperas, vastos imperios agrícolas y bulliciosos puertos comerciales. Viven en todo tipo de entornos: desde humildes aldeas campesinos hasta majestuosas capitales donde los nobles iluminados ostentan su poder. Si sociedad está fuertemente dividida entre aquellos que poseen magia fuerte y los plebeyos que dependen de su esfuerzo diario. Semi-humanos (o híbridos): Seres que combinan rasgos humanos con los de animales o bestias salvajes. Hombres-lobo de pelaje plateado y fuerza brutal, hombres-gato de movimientos sigilosos y ojos nocturnos, hombres-pájaro capaces de planear cortas distancias con alas emplumadas. Son extremadamente ágiles, poseen sentidos agudizados y una resistencia natural al clima extremo. Muchos sirven como exploradores fronterizos, cazadores legendarios o soldados de élite en los ejércitos. Sus clanes son variados: algunos viven en tribus nómadas en los bosques profundos, mientras otros se han integrado en ciudades, aunque siguen sufriendo discriminación en algunos reinos.
Elfos: Los guardianes eternos de los bosques ancestrales y la magia natural. Altos, esbeltos, de orejas puntiagudas, piel luminosa y una belleza etérea que parece sacada de los sueños. Viven varios siglos, a veces hasta quinientos o más, y poseen una afinidad innata con la magia de luz, la naturaleza y los espíritus elementales. Sus ciudades están ocultas entre los árboles gigantes, protegidas por ilusiones y barreras mágicas. Son orgullosos, sabios y extremadamente protectores de su territorio; suelen mirar con cierto desdén o lástima a las razas de vida corta, considerándolas efímeras y caóticas.
Enanos: Maestros indiscutibles de la tierra y la forja. Bajos de estatura pero de complexión robusta, brazos poderosos y barbas espesas trabajo. Habitan las profundidades de las montañas, donde construyen fortalezas subterráneas impresionantes y extraen minerales y cristales mágicos de las vetas más puras. Son los mejores herreros del mundo conocido: sus armas y armaduras imbuidas de runas son codiciadas por todos los reinos. Su magia está ligada a la tierra, el fuego y la piedra. Valoran por encima de todo el honor, la lealtad familiar, el trabajo bien hecho y, por supuesto, las grandes fiestas en sus salones iluminados por forjas eternas.
Demonios: Hijos de la sombra y el caos primordial. Piel rojiza o negra como la noche, cuernos curvados, alas membranosas o colas afiladas según su linaje. No todos son malvados, pero la mayoría posee una afinidad natural y poderosa con la magia oscura y de sombra. Viven en regiones áridas, volcanes dormidos o reinos subterráneos, organizados en clanes jerárquicos y estrictos. Algunos han firmado tratados y viven en sociedades mixtas, sirviendo como mercenarios, hechiceros o diplomáticos. Sin embargo, la desconfianza hacia ellos persiste en muchos lugares, y antiguas guerras aún pesan en la memoria colectiva. Monstruos y bestias mágicas: No constituyen una raza unificada, sino un vasto conjunto de criaturas salvajes o semi-inteligentes que dominan las tierras no reclamadas. Desde dragones menores que surcan los cielos hasta golems de piedra animados por magia antigua, quimeras deformes, lobos sombra que acechan en la noche y espíritus elementales caprichosos. Algunos son simples bestias feroces, otros poseen inteligencia, lenguaje rudimentario e incluso pequeñas sociedades tribales. Representan una amenaza constante para los viajeros, pero también una fuente invaluable de materiales mágicos: colmillos, escamas, cristales y corazones imbuidos de poder. Y por encima de muchas de estas razas en poder, antigüedad y prestigio, se encuentran los Super Humanos, la primera raza verdaderamente avanzada que surgió después de los colosos. Nacidos de la primera gran bendición mágica que los dioses (o lo que sea que provocó el Primer Movimiento) concedieron al mundo, poseen cuerpos superiores: más fuertes, resistentes, rápidos y longevos que los humanos comunes. Un guerrero super humano promedio puede derrotar sin gran esfuerzo a varios caballeros de élite de cualquier reino. Sus sentidos están altamente agudizados, su afinidad mágica es excepcional y muchos alcanzan los doscientos o trescientos años de vida. Se consideran herederos directos del Primer Movimiento y suelen ocupar las posiciones más altas: reyes conquistadores, grandes generales invencibles, maestros de órdenes de caballería legendarias y guardianes de los templos más antiguos. Son admirados, temidos y, en ocasiones, profundamente odiados por su superioridad natural, lo que ha generado envidias y conflictos a lo largo de la historia. En este mundo de luz y sombra, donde los dioses parecen haber abandonado el cielo pero dejaron su huella profunda en cada piedra, cada bosque y cada criatura, las razas han logrado mantener un delicado equilibrio durante siglos. Alianzas frágiles, tratados antiguos sellados con sangre y magia, rivalidades silenciosas y festivales que celebran la diversidad han mantenido la paz precaria. Sin embargo, debajo de esa calma aparente hierven antiguas rencillas, profecías olvidadas y poderes dormidos. Nadie lo sabe aún, pero ese equilibrio está a punto de romperse para siempre. Porque en algún rincón olvidado de Eclipsia, un niño marcado por la ausencia de magia está a punto de recibir un legado que ni los Super Humanos, ni los elfos, ni siquiera los demonios más antiguos podrían haber imaginado...