Leiyas; El escritor maldito

DESCRIPCIÓN (PERSONAJES)

(Reino de Loyba – Año 1925)

Loyba no era un reino de castillos blancos ni de fiestas eternas.
Era un reino de piedra gris, de chimeneas que escupían humo a las 5 de la mañana, y de calles que olían a pan viejo y a lluvia.

Aquí el invierno duraba nueve meses. El cielo siempre estaba bajo, como si fuera a caerse.
Las casas se pegaban unas a otras para darse calor. Y en cada esquina había un farol que no apagaban, porque la oscuridad en Loyba tenía costumbre de quedarse.

El rey no gobernaba con coronas. Gobernaba con leyes de tinta seca y con impuestos que se pagaban antes que el hambre.
Decían que Loyba era "el reino de los que trabajan en silencio". Nadie cantaba. Todos escribían listas: de deudas, de pérdidas, de nombres.

El hogar de Leiyas

En el barrio bajo de Loyba, donde el adoquín estaba roto y el río bajaba negro, estaba la casa de los Leiyas.

No era una casa. Era la mitad de una.
Paredes de ladrillo sin revocar. Techo de chapa que sonaba como tambores cuando llovía.
Dos cuartos, una cocina con una mesa coja, y una ventana que daba a un patio donde nunca crecía nada.

Ahí vivían cuatro:

Don Elar, su padre.
Herrero. Tenía las manos quemadas y la espalda doblada a los 40. No hablaba mucho. Cuando lo hacía, era para decir "el pan está caro" o "duerme". Guardaba los clavos en una lata y los sueños en un cajón que nunca abrió.

Mira, su madre.
Lavaba ropa ajena hasta que los dedos se le ponían blancos. Cantaba bajito solo cuando creía que nadie la oía. Canciones sin coro, de esas que se olvidan al terminar. A Leiyas le guardaba siempre el pedazo más grande de pan, aunque dijera que ya había comido.

Sel, su hermana menor.
8 años. Tos seca. Ojos muy grandes. Coleccionaba papeles. Cualquier papel. Los alisaba y dibujaba casitas encima. Decía que cuando fuera grande tendrían una casa con vidrios que no estuvieran rotos.

Y él. Leiyas.
15 años. Delgado, de tinta en las uñas y frío en los huesos. No iba a la escuela del rey. "No sirve para herrar caballos", le dijo su padre.
Entonces Leiyas robaba tiempo. Lo arrebataba.
Escribía en los márgenes de los diarios viejos, en el reverso de las facturas, en la pared detrás de la puerta con un pedazo de carbón.

Su familia no entendía eso de "escribir".
Para ellos escribir era firmar recibos o rezar.
Pero Leiyas escribía porque si no lo hacía, la rabia de Loyba se le quedaba adentro y lo ahogaba.

En las noches, cuando el frío calaba y su padre roncaba como bestia cansada, Leiyas se tapaba con un saco y escribía.
No sobre reyes. Escribía sobre el olor del pan que no alcanzaba.
Sobre la tos de Sel.
Sobre la mirada de su madre cuando contaba las monedas.
Sobre el momento breve, ese instante, donde una palabra podía doler más que el hambre.

Por eso lo llamaban "el maldito".
Porque en Loyba, nombrar el dolor era mala suerte.
Y Leiyas no sabía callar.

"Me llamo Leiyas"
Y esta es la historia de cómo la tinta me salvó... o me terminó de hundir.



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En el texto hay: romance, odio, maldiciones falsas

Editado: 05.08.2026

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