*CAPITULO 2*
Lo encontré porque buscaba papel.
Sel no llora cuando tiene frío.
Llora cuando se le acaban los papeles.
Y esa mañana se me habían acabado.
Revolví la cocina. La lata de clavos de papá. Debajo del saco con el que duerme Leiyas.
Nada. Solo facturas viejas y el diario roto.
Entonces vi el libro.
No era un libro. Era el diario del herrero, pero por dentro tenía hojas pegadas con harina y agua.
Y tenía letra.
Mucha letra. Chiquita. Apretada. Como si le tuviera miedo al espacio.
Me senté en el piso, al lado del fuego que ya se había apagado.
Empecé a leer porque las letras de Leiyas son las más bonitas de Loyba.
`El rey nos cobra el hambre para comprar su calor.`
No entendí "impuesto".
No entendí "difamación".
Pero entendí "hambre".
Entendí "frío".
Entendí que hablaba de nosotros.
Pasé la página.
`Ayer mamá guardó una moneda "por si empeora la tos".
Mi tos.`
Se me cerró la garganta.
Tozí. Bajito. Para que no me oyeran.
Siguió:
`Escribo porque si no, la rabia me ahoga.
En Loyba nombrar el dolor es mala suerte.
Pues que venga la mala suerte.`
Dejé de leer cuando oí pasos.
Guardé el libro debajo de mi vestido y corrí a mi rincón.
Saqué uno de mis papeles. Dibujé una casa. Con vidrios.
Pero esta vez le puse humo en la chimenea. Y una mesa sin cojear.
Leiyas entró. Tenía tinta en las uñas y ojeras nuevas.
Me miró. Miró el piso donde siempre deja el libro.
No dijo nada. Solo se le quebró la cara medio segundo.
A la noche, cuando papá roncaba y mamá contaba monedas, me acerqué a él.
Estaba escribiendo detrás de la puerta, con carbón.
"Leiyas" susurré.
No contestó.
"Leí tu libro".
El carbón se detuvo.
Se dio vuelta lento. Tenía miedo en los ojos. Miedo de mí.
"Sel, eso no es para niños" dijo bajito.
"Yo no soy niña" mentí. "Tengo 8. Ya sé contar monedas".
Me senté a su lado. Le pasé mi último papel limpio.
"Escribe aquí. En este no hay facturas. Este es solo para ti".
Leiyas me miró como si fuera la primera vez.
Agarró el papel. Lo alisó con los dedos quemados de papá.
Y escribió una sola línea:
`Para Sel. Que algún día tenga vidrios que no se rompan.`
Después me tapó con su saco.
Y seguimos despiertos. Él escribiendo. Yo mirando.
Por primera vez el frío de Loyba no me caló hasta los huesos.
Porque alguien lo estaba nombrando.