Leiyas; El escritor maldito

DON ELAR Y LA LATA DE CLAVOS

*CAPITULO 3*

El herrero no grita.
El herrero pega.

Esa noche volvió tarde. Traía la cara negra de hollín y las manos temblando más que siempre.
En la mesa solo había medio pan. Y agua.

Mamá guardó silencio. Sel se hizo chiquita en su rincón.
Yo guardé el papel de Sel debajo de la chapa suelta del techo.

Don Elar comió sin mirar a nadie.
Cuando terminó, limpió las manos en el pantalón y vio la puerta.

Vio las letras de carbón.
Las mías. Las de hace tres noches.

`El rey nos cobra el hambre para comprar su calor.`

El cuarto se puso más frío.

"¿Quién escribió esto?" Su voz no era alta. Era peor.
Era la voz que usa antes de que caiga el martillo.

Nadie contestó.
Yo sí.
"Yo, papá."

Se levantó. La silla coja sonó como un hueso que se quiebra.
Caminó hasta mí. Me olía a metal y a cansancio de 40 años.

"¿Sabes lo que pasa en Loyba cuando se nombra al rey?"
"No" dije. Mentí.
"Desaparecen" dijo. "Hombres. Mujeres. Chicos de 15 años con tinta en las uñas".

Me agarró del brazo. No fuerte. Me dolió igual.
"Yo me rompo el lomo 12 horas para que tengan pan.
Para que Sel tenga papel.
Y tú lo gastas escribiendo tonterías que nos pueden matar a todos".

No lloré. Los Leiyas no lloran.
Pero se me salieron las palabras:
"¡Y de qué sirve el pan si nos lo cobran con miedo!"

La bofetada vino rápido.
Me supo a sal y a hierro.
Sel gritó. Mamá se interpuso.

"¡Elar, basta!" gritó mamá por primera vez en años.
"¡Es un chico! ¡Déjalo!"

Don Elar la miró. Luego me miró a mí.
Sus ojos no tenían rabia. Tenían miedo.
El mismo miedo que vi en los míos cuando leí el papel de Sel.

Soltó mi brazo. Caminó hasta su lata de clavos.
La abrió. Adentro no había solo clavos.
Había un papel doblado. Amarillo. Viejo.

Lo desdobló. Era una carta.
Con su nombre. Y con una mancha que parecía tinta.

"Yo también escribía" dijo tan bajo que apenas lo oímos.
"Cuando tenía tu edad. Poemas. Para tu abuela".
Arrugó el papel con la mano quemada.
"Un día vino un hombre del rey. Dijo que los poemas daban ideas.
Al otro día mi hermano no volvió del trabajo."

Guardó la carta. Cerró la lata.
"Por eso guardé los sueños en un cajón que nunca abrí" dijo.
"Porque abrirlo duele menos que perderlo todo".

Se fue al cuarto. Cerró la puerta.

Esa noche nadie durmió.
Yo me toqué la mejilla.
Sel me pasó su papel con la casa de vidrios.
Y mamá se quedó mirando la puerta de papá, como si esperara que volviera a abrir el cajón.

En Loyba, hasta el silencio duele.



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En el texto hay: romance, odio, maldiciones falsas

Editado: 05.08.2026

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