Puede que durante este camino caí, me paré, me rompí, lo volví a intentar una y otra vez, con la obstinación de quien se aferra a un hilo casi invisible de esperanza. En medio de ese torbellino emocional, y reconociendo que ya no podía sola, retomé las terapias a las cuales había dejado de ir. Mi ausencia no se debía a una mala experiencia o a un malestar con la persona que me atendía; la simple, y a la vez profunda, razón fue el miedo a soltarte, a desprenderme de ese último lazo imaginario que nos unía... no me sentía capaz
Recuerdo perfectamente que antes de llegar a esta psicóloga, probé con muchos otros profesionales. Fui de consulta en consulta, contando mi historia una y otra vez, buscando esa pieza que encajara, esa voz que resonara con mi dolor. Sin embargo, nunca logré conectar de verdad con ellos; eran rostros amables, sí, pero sus palabras se sentían vacías, como ecos lejanos que no lograban penetrar la coraza que había construido. Hasta que, por un giro del destino, casi por arte de magia o la más pura casualidad, llegué con una señora. Yo diría que tenía unos cuarenta y tantos años; su mirada era serena y transmitía una calma que, en ese momento, yo anhelaba desesperadamente. Al entrar en su consulta, supe que ese peregrinaje había terminado.
Ella se tomaba todo el tiempo del mundo, y esa era una de las cosas que más apreciaba en ese momento. Nunca me presionaba a hablar si no me sentía lista, ni me obligaba a ir más allá de donde mi vulnerabilidad lo permitía. Su enfoque era suave, pero firme en el objetivo: “recuperarme o armar aquellas piezas rotas y transformarlo en algo nuevo”. Me decía, con una voz calmada y serena, sin juicios ni estructuras.
Al inicio, como era de esperarse, me costó muchísimo poder abrirme. Las palabras se sentían atascadas en la garganta, como nudos de miedo y vergüenza acumulados durante años. El consultorio, a pesar de su calidez, se sentía como un lugar de examen, y yo era un libro cerrado lleno de capítulos dolorosos.
Y con gran astucia y sensibilidad, encontró la manera de acercarse y lograr que yo me fuera soltando de a poco. Empezó un tipo de juego, una estrategia terapéutica que, en retrospectiva, era tan curiosa como funcional. No se trataba de terapias convencionales; eran puentes lúdicos hacia mi mundo interior.
Algunos de estos "juegos" eran mediante palabras cruzadas, donde las respuestas, en lugar de ser datos triviales, eran sentimientos o recuerdos asociados a ciertas emociones. Otros implican idas a lugares que tenían algún valor importante en mi vida: el parque de mi infancia, la vieja cafetería donde solía pasar horas, o incluso el lugar de un trauma pasado. El objetivo no era revivir el dolor, sino resignificar el espacio físico, anclando el proceso terapéutico a mi realidad. Y por último, también estaba la práctica de juntarnos en lugares fuera de su formal consultorio. Un banco en la plaza, una mesa en una biblioteca tranquila, o un paseo por un jardín botánico. Estos encuentros, despojados de la rigidez del entorno clínico, permitían que la conversación fluyera con una naturalidad y una espontaneidad que me ayudaron a bajar la guardia por completo. Era como si, al cambiar el escenario, la máscara que yo usaba también se disolviera.
A la tercera semana de terapia, recuerdo con claridad cuando ella propuso la actividad de palabras cruzadas. Era simple: ella decía una palabra y yo respondía con otra, pero la dinámica se transformó en un espejo de mis emociones. De manera inconsciente, cada par de palabras se hilaba con cómo me sentía ese día en específico, creando un mapa emocional
—Di una palabra que representa cómo te sientes ahora mismo —dijo ella, con una sonrisa tranquila.
Ella se cruzó de brazos sobre su regazo. Suspiró, no con cansancio, sino con una aceptación profunda. —"Sombra".
—Vale. Ahora yo te presto una palabra: “Hogar”. La dijo con una firmeza, como una promesa que intentaba cumplir.
—¿Y qué hago con ella? —preguntó, la "Sombra" aún resonando entre nosotras.
—La intercambiamos. Yo me quedaré con tu "Sombra", la cargaré yo por ti por este momento, y tú te quedarás con mi "Hogar", al menos por hoy.
Cuando terminé la sesión, llegué a mi casa y la palabra "Hogar" se clavó en mi mente. Empecé ese mismo día a observarlo no como un espacio físico, sino como un concepto. Traté de transformar mi espacio lleno de recuerdos, dándole un nuevo significado, limpiando no solo el polvo sino las esquinas donde se guardaba el dolor. Pensé en las personas que me rodeaban, las que se quedaron, y fue allí donde recordé con claridad las veces que sentí que mi verdadero hogar no era un lugar, sino la presencia de él, D'Angelo, un recuerdo dulce y punzante a la vez.
Otro ejercicio que hicimos durante un mes fue con un espejo. Era algo distinto y quizás fuera de lo común en una terapia tradicional, no era un simple objeto para ver la apariencia, sino una herramienta de confrontación.
—Hoy no vamos a hablar —me dijo un día, el tono más bajo de lo habitual—. Hoy vamos a mirar.
Lo puso sobre la mesa, girándolo lentamente hasta que mi reflejo quedó de frente, sin escapatoria. Evité mirarlo al principio; sentía que si lo hacía demasiado tiempo algo dentro de mí iba a romperse otra vez, que esa imagen devolvería una verdad que no estaba lista para escuchar.
—Dime qué ves —pidió con voz suave, sin presionar, solo invitando a la honestidad
—Cansancio —respondí casi en un susurro, la palabra pesando en mi garganta. El cansancio de la tristeza prolongada.
—¿Solo eso? —insistió, haciendo una pausa para que pudiera ir más profundo.
Me tomé unos segundos, mi respiración superficial. El corazón me latía contra las costillas. —Miedo… y ganas de huir. Miedo a quedarme y miedo a irme.