"Caer," una palabra que me representaba y con un gran significado, diría misterioso. Según lo que me enseñaron en el colegio… siempre se usó esa palabra para describir derrumbes de grandes sociedades, también cuando uno se decepciona cuando conoce a alguien… En mi caso diría "caída estancada." No se trata de un descenso rápido, sin control y con un desenlace claro; más bien es un perpetuo desplome, una suspensión incómoda y constante en el vacío.
Llegó un momento en que se me fueron las ganas de todo, incluso de salir, y el apetito estaba por el suelo. Era una inercia tremenda, un peso que me pegaba a mi cama, a la oscuridad de mi pieza. Cada mañana era lo mismo, una pelea interna para levantarme. La comida, que antes disfrutaba o al menos era algo normal, se volvió una lata, si acaso lograba tragar un par de bocados antes de que la angustia me cerrara el estómago.
Como dije sabia que tendria días buenos y días malos, momentos donde sentía que no podía respirar, para levantarme necesitaba hacer una gran fuerza.
Me fui al pozo, una espiral frío, donde sentía que me había perdido por completo. Era una locura buscar una salida de mi laberinto mental que se cerraba. En el fondo, ¿estaba tratando de huir de ti? La distancia que da el dolor ya asumido me permite entenderlo ahora.
Fuiste la parte importante, la más bonita y clave de mi vida, y yo, en mi momento de autodestrucción, la rompí y la tiré antes de poder terminar de escribirla. Queríamos ese refugio que tanto deseábamos, ese lugar seguro donde el mundo no pudiera tocarnos, pero esa promesa se esfumó. Nunca pasó. Solo queda una herida abierta que no deja de doler. Y lo más irónico y triste es que, justo cuando creo haber tocado fondo y estoy saliendo, cuando me convenzo de que estoy mejorando y bien, es precisamente en ese espejismo de calma donde me siento más frágil y peligrosamente rota.
Uno de mis mayores temores, una sombra constante en mi vida, siempre fue la interacción con la gente. El simple hecho de arriesgarme a hacer algo que me asustaba o me generaba la más mínima duda era paralizante. Solía mantenerme ajena aunque cerca de la acción, pero con la boca cerrada, apenas pronunciando una sílaba. Mis interacciones eran un ejercicio de mímica, mínimas y superficiales; nunca, jamás, era yo misma. El miedo no era un consejero, era mi carcelero. Me controlaba, dictaba mis movimientos y mis silencios, y esa sumisión al terror fue lo que me hizo perderme aún más profundamente en mi propio laberinto.
“Siempre pensé en nuestro 'para siempre', en la certeza absoluta de que nada ni nadie nos separaría. Era mi ancla, mi fe. Pero esa promesa, grabada en el aire, se fue con el viento, al igual que la ligereza y la verdad de tus últimas palabras.”
Volviendo un poco en el tiempo, al momento en que mi vida dio un giro físico y emocional, les contaré mi experiencia durante mi traslado a la institución que empezaría a llamar hogar.
Al principio, mis emociones se desordenaron, perdieron su control. Era más que un simple sentimiento; era una emoción por un nuevo comienzo, un lienzo en blanco en un lugar que prometía ser, no solo un centro de tratamiento, sino un verdadero refugio para mi vida fragmentada. No era solo el destino en sí, sino todo el viaje, la peregrinación hacia mi lugar de ensueño. Al llegar, el lugar era inmenso, imponente, con una arquitectura que me recordó vagamente al majestuoso castillo de Harry Potter, aunque desprovisto de su toque victoriano y más centrado en la funcionalidad moderna, aunque con un aire de misterio. Tenía de todo: áreas verdes, bibliotecas, gimnasios, espacios de arte. Estaba bastante lejos de mi vida anterior, una distancia que agradezco, pero sabía que el viaje había valido cada kilómetro. El lugar se parecía mucho más a las locaciones de la serie Destino, solo que con más oscuro, frío y melancólico: lleno de estatuas silenciosas, fuentes que murmuraban secretos, lagos espejo (que reflejaba todo de manera tan brillante y pura, podría llegar a decir onírico; La verdad era que parecía un sueño) y bosques densos que invitaban, sentía que me llamaban a investigar y perderme por horas, en serio era una locura.
A mi llegada, un señor, de aspecto formal pero amable, me recibió con eficiencia. El protocolo estricto donde me retiró todas mis cosas que pudieran ser consideradas de riesgo/peligro para mi tratamiento y para mi, luego procedió a explicarme las reglas básicas con una claridad lapidaria: los estrictos horarios de la institución, la división de dormitorios por niveles de progreso y cuándo, exactamente, me permitirían usar mi teléfono móvil. También abordó el tema de las visitas, una formalidad que sentí como una punzada. Yo sabía, más que bien, en la dolorosa certeza de mi aislamiento, que mis supuestas amistades me habían abandonado, que si se acercaban era por un vago sentido de lástima o deber. Nunca llamarían, ni se presentarían. Y bueno mis padres serían los únicos que probablemente me llamen solo un dia sabado o domingo por una hora.
Tras el espectáculo de bienvenida y la burocracia, papeleo y tramite inicial, me enviaron a buscar a una chica que sería mi guía. A primera vista, la joven intimidaba. Tenía una presencia fuerte, un estilo único que rozaba lo excéntrico y una mirada profunda. Sin embargo, al conocerla un poco durante el trayecto, mientras me mostraba las instalaciones, me sorprendió. No era en absoluto el arquetipo frío que había construido en mi mente. Mi primer gran error, me di cuenta, había sido demasiado fácil crear un estereotipo sin permitirme el lujo de conocerla. Al finalizar el recorrido, me trató con amabilidad y respeto. ¿Podría ser esto una señal positiva? ¿Una pequeña luz al final del túnel?
Lo que más me agradaba de todo, más allá de la estructura y el paisaje, era la posibilidad real de poder recuperar mi libertad, aunque fuera de manera gradual y supervisada. Los doctores me visitaban rigurosamente cada dos días para evaluar mi progreso y ajustar mi tratamiento. La verdad era que, durante mi corta pero agravada estadía anterior, los pocos amigos superficiales que tenía ya se habrían olvidado por completo de mi existencia, lo cual, paradójicamente, me aliviaba pero me daba mucha pena por la ironía.