Ley del Millonario

2. Entre una espada y otra espada

En la actualidad

Narrado por Hyacinth

 

—¡¿Cómo que los dos multimillonarios más sensuales del mundo son tus jefes, a quienes ya conoces desde tu infancia y saben que tu también eres rica?!

Mi amiga me hace soltar una carcajada mientras me estoy maquillando delante del espejo de mi habitación, con el móvil en una llamada en altavoz encima de la mesa de tocador.

—Técnicamente hablando, no soy rica en absoluto. ¡No tengo un duro!

—Claro, nada más tienes un padre con millones repartidos en diferentes cuentas y te están pagando un apartamento de lujo en la zona más exclusiva de Milán.

—Para tu información, hay zonas mucho mejores. Esta, en realidad, es una zona protegida por gente de confianza de papá, ya entiendes de qué va todo eso.

—En síntesis, ¿no piensas invitarme para salir de fiesta contigo y con el tal Pascal ese? No tengo recuerdo de haberle conocido.

—Éramos chicas, alguna vez le debes haber visto, pero hay mucha diferencia de edad entre nosotras.

—¿A qué le llamas “diferencia de edad”?

—Él ha de tener unos diez o doce años más.

—¡¿Quéeee?! ¡¡Es un papazote!! Encima millonario, mujer, tienes que presentarme de inmediato a ese galán. A menos que ya te hayas fijado en él.

Mientras ella me habla, descubro que en la parte superior de la pantalla de mi móvil ha llegado un mensaje que me hace sonreír.

Es de Rodrigo.

Sí.

Mi ex.

Él es de Sicilia, nos conocimos allá, pero las circunstancias nos apartaron y ahora da la casualidad de que nos encontramos en Milán.

Por la mañana subí una foto a instagram llegando a la oficina de mi trabajo donde fui a firmar mi contrato para Ferrari TV y me la reaccionó con una invitación a tomar algo esta noche.

No quedamos en malos términos al separarnos, él es nacido en España, su familia viene de allá, aunque su padre es norteamericano (yo nací en Miami), pero es todo una larga historia que nos terminó vinculando y tuvimos una linda relación que ha quedado en parte del pasado y estamos a tiempo de pensar en nuevas maneras de relacionarnos.

—¿Sigues ahí? Me tienes hablando como una estúpida.

“¿Ya estás lista? Paso por ti” dice el mensaje de Rodrigo.

—Sí, aquí estoy—le digo.

—Oye, ¿estás coqueteando con alguien en este momento mientras tu mejor amiga te pide detalles sucios sobre tus jefes?

—Tengo… Dios, no puedo.

—¿Qué me estás ocultando?

—...

—Habla, bendita arpía.

—¡Oye!

—¡¿Qué diantres le ocultas a tu mejor amiga que jamás ha guardado secretos contigo?!

—¿Y las pastillas en aquella fiesta…?

—Eso ya lo habíamos superado, ¿okay?

—Bueno, sí. Tengo una cita.

—¡¡¡AAHHHH!!!

—Oye, no me rompas el parlante del móvil, ¿quieres?

Suelto una carcajada mientras le hablo y le contesto a Rodrigo un “estoy lista” junto a mi ubicación en tiempo actual.

—¡Habla!—insiste Karina, mi BFF—. ¡Dime quién es!

—Es que…

—Hyacinth.

—Rodrigo.

—¡¿Tu ex, el sexy español?!

—Está acá en Milán.

—¡¿Acaso quieres un polvo y darle falsas esperanzas?! Que yo sepa, no merece que le hagas algo así.

—Ya le dejé en claro cómo son las cosas.

“En diez minutos estoy” reza su respuesta y un cosquilleo aterriza en la zona baja de mi abdomen.

Le respondo con un corazón.

—¿Segura, amiga? Me mientes.

—Bueno… Pienso hacerlo esta noche.

—Luego del revolcón.

—¡No habrá revolcón, cielo santo!

—Y yo me chupo el dedo.

Acto seguido mi móvil vibra. Es una llamada entrante de Massimo Ferrari. ¿Qué? ¿Qué hace ese hombre llamándome al móvil?

Estuve todo el día en su casa, con sus bebés, luego de que firmé mi contrato con su secretaria en su empresa.

Exceso de Familia Ferrari por hoy, pero aquí estoy con su llamada entrante a la hora de la cena.

—Amiga, debo colgar—le advierto.

—¿Llegó?

—No, es otra cosa. Ya te explicaré.

—Usa protección, arpía. Me encanta que seas así de atrevida, eh. Te quiero.

—Y yo a ti.

Le cuelgo y voy a la llamada de Massimo.

—Señor Ferrari—le digo.

—Hyacinth—. Su auricular parece estar puesto en el coche ya que suena como si viniera conduciendo—. Enseguida te busco. Necesito que esta noche cuides de los niños, vendrán a cenar a casa colegas de Portugal y quiero que vean a mis hijos contigo.

—¿Qué? ¿Por qué…? Yo…

—¿Acaso ya tienes planes?

Suspiro, aterrada ante la idea de decirle a Rodrigo que tendré a cancelarle.

—No, señor Ferrari.

—Te pagaré bien.

—Descuide, yo…

—En cinco estoy.

Y cuelga.

Cielo santo.

Suspiro profundamente y solo ruego que Rodrigo se detenga y no se encuentre con Massimo en la puerta del complejo privado donde vivo porque si el señor Ferrari descubre que le he mentido, se pondrá muy, muy furioso.

 




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