Ley del Millonario

7. El jefe del jefe

Narrado por Hyacinth

 

Primer día.

Bueno, es mi segundo primer día o mi tercer primer día de este empleo ya que el primero fue en casa de Massimo cuando me encontré con los bebés, el segundo fue cuando vine a firmar mi contrato y ahora por fin traigo todas mis cosas para saber de qué manera serán mis próximos días, semanas, meses ¿o incluso años? trabajando para Ferrari TV.

Empujo la puerta de vidrio giratoria para poder entrar en el edificio y una mano me alcanza para abrirla por mí.

Me vuelvo a mi izquierda y, como un déjà vu, consigo ver a mi lado a Viktor Pascal, ese hombre que de manera indiscutida se lleva los galardones al millonario más amable y sexy a partes iguales que podría haber en toda la ciudad de Milán.

Su perfume amaderado con especias y notas de whisky me llega a las fosas nasales e inspiro hasta llenarme por completo los pulmones, embriagándome de él.

Pocas cosas son tan deliciosas como un hombre atractivo que lleva puesto un buen perfume encima. Ufff.

Sus ojos color café me examinan detrás del mechón de cabello que le cae al frente de manera rebelde mientras el resto está bien peinado hacia atrás.

—Adelante, Hyacinth, por favor.

—¡Viktor!—le saludo con alegría.

Paso y una vez en el vestíbulo, no me aguanto la alegría de abrazarle.

—Oh, lo siento, lo siento, voy a arrugarse el saco. Además, acá en la empresa se supone que tu eres mi jefe, ¿verdad?

—No “se supone”. Soy tu jefe—declara con fingidos aires de superioridad que se ven cortados por una sonrisa de amabilidad.

—No sabes cuánto me alegra que estés aquí. ¿Cómo está la señora Blanco? Extraño mucho las salidas que teníamos al shopping, de niñas, o las visitas a Vittorino.

—Actualmente está vinculada con la competencia de Vittorino, con Candela. Pero sigue siendo fanática del estereotipo de una mujer empresaria adicta a las compras.

—Me alegra mucho saberlo—le aseguro, contenta realmente de que Blanca haga lo que le hace feliz sin importar lo que piensen los demás.

—Buen día, Helen—saluda a la chica de turno en recepción. La saludo también y seguimos adelante en el ascensor.

—Lo siento, pero hasta acá nomás te acompaño, Víktor. Debo ir a conocer de qué se trata mi trabajo.

Sostiene la puerta del ascensor con una mano en alto.

—¿Para qué se supone que estoy yo?

—¿Q-qué…? ¿El jefe en persona me explicará de qué va mi trabajo?

—CEO Owner, querrás decir.

—¿Perdona? ¿Y Massimo?

Me subo al ascensor con él.

—Estoy cubriendo su lugar como CEO y él se está ocupando de asuntos personales, aportando obviamente en la toma de decisiones.

—¿Entonces tú eres el CTO?

—Exacto.

—Felicidades, en verdad me alegra mucho saberlo. ¡Tus padres deben estar muy felices de que estés en la toma de decisiones de tamaño compañía!

—Y también soy parte del Directorio.

—¿Pe…perdona?

—Jefe de Directorio. En teoría, jefe de tu jefe.

—¡Caramba, Víktor!

—Legalmente mi padre lo es, pero en persona yo lo soy. No le cuentes a nadie—. Me guiña un ojo y el rostro se me queda de piedra.

Es decir que han aprovechado que se llaman igual con su padre para llevar a cabo gestiones que no son del todo ilegales, pero sí ilegítimas a su manera.

Entonces, ¿qué otras cosas similares han hecho? ¿Qué negocios además de este son los que lleva adelante de extraño modo?

Qué va, quizá le estoy juzgando mal. Víktor es hijo de su padre quien se llama igual que él y de Bianca Blanco quien es propietaria de la Fundación Blanco a partir de la cual trabajan con gestión de moda para brindar trabajo y obras de beneficencia, algo así como “la entidad” a la que van los fondos en ayuda de los desfiles más top que actúan para recaudar fondos solidarios.

De chicas fuimos a esos desfiles con Karina y son auténticos espectáculos. También mi madre y la señora Ferrari solían ir con nosotras a esos mega-eventos.

—Hemos llegado a tu oficina—anuncia, una vez que estamos en el tercer piso.

Las puertas se abren y me enseña todo lo que significa el departamento de Redacción en el cual hay gente trabajando en computadoras, hay una mesa de billar y una cocina con varias cafeteras donde varias personas se encuentran en el desayunador con computadoras portátiles delante donde trabajan con tazas humeantes delante de sí.

Se les ve realmente felices y agradecidos del trabajo que tienen, además que observan a Víktor con una gran sonrisa en cada saludo que él deja a su paso.

—La gente te quiere de verdad—le digo.

—Oh, sí, es mérito de mi hijo.

—De tu…¡¿qué?!

Me observa con una sonrisa de oreja a oreja.

—De mi bebé. Mi hijo. —Saca el móvil y me enseña la foto que tiene de fondo en el bloqueo de pantalla. Es él con un bebé idéntico sonriendo de oreja a oreja que debe de tener unos siete u ocho meses. Lo abraza con gran alegría, de cara a la foto—. Espero que algún día que Massimo te deje libre puedas ir a casa a cuidarlo, o llevar a los bebés Ferrari a compartir con el mío. Son bienvenidos para la merienda cuando gusten.

—Eh… Caray, ¡s-sí, claro!

Guarda el móvil y me quedo pensando en lo que acaba de decirme.

¡¿El donjuán y eterno soltero, atractivo y millonario Víktor Pascal tiene un hijo?! 

Ah, por cierto, no menor: ¡acabo de conseguir un tercer trabajo que no tengo idea en qué recoveco de mi agenda le haré cuadrar!

 




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