Ley del Millonario

8. La cita de anoche

Narrado por Massimo

 

—Hijo, esa chica Hyacinth es asombrosa.

Mi madre al otro lado de la línea mientras voy conduciendo me resulta insoportable, tanto como la misma Hyacinth tratando de darme sermones acerca de por qué debo acercarme más a mis hijos. Los amo con todo mi ser, pero simplemente ahora no sé cómo hacerlo y por suerte hay un ejército de empleadas que se encargan de que ellos tengan amor, crezcan sanos y tengan una infancia feliz y no entre tiroteos o persiguiendo como nos sometieron a subsistir mis propios padres a mis hermanos y a mí.

—A mi me parece tan sosa como siempre lo fue, mamá.

—No digas eso, tu sabes que es brillante y por eso le ofreciste el trabajo en tu empresa, no me digas que no fue ese el motivo verdadero.

—El motivo verdadero es que necesita dinero.

Y yo ya estuve en su lugar antes, en la imperiosa necesidad de querer sacarte encima la pesada mochila del apellido familiar para hacerte de tus propios recursos.

No deseo la vida que mis padres eligieron, pero sí ansío ser mejor.

—Cariño, no me engañes. Soy tu madre, nadie te conoce mejor que yo. Y sé que Hyacinth es una valiosa inversión para todos.

—Claro, por su madre es tu mejor amiga.

—¿Cuándo he dicho algo por mera complacencia? Esa chica es especial y todos lo sabemos, siempre lo fue.

—Pareciera ser que me llamaste para intentar emparejarme con la hija de los Bravado, mamá. No estoy para citas, acabo de enviu…

Me detengo.

No termino la frase.

—Pasó un mes, cielo—me recuerda al otro lado—. Y sé que será algo que nunca se podrá superar del todo.

No, no tiene idea porque papá aún vive y ella jamás se las tuvo que ver a solas con sus hijos a cuestas, menos aún siendo pequeños.

—Entonces déjame seguir con mi trabajo.

—¿Estás en la empresa?

—Tengo casi treinta años, madre, no tengo por qué dar explicaciones a nadie de dónde estoy o qué hago.

—Cielo, soy tu madre y me preocupo. De no ser porque nos tienes a nosotros, la tutela de los niños estaría en riesgo luego de tu irresponsabilidad en la discoteca hace unas noches atrás. ¿Te lo debo recordar?

—No. No es necesario.

—Y está claro que sí estás tratando de tener citas con señoritas. O encuentros esporádicos. Pero, por lo que más quieras en el mundo, te pido que te cuides y no solo me refiero a lo físico o a lo sexual, cuida tu corazón, cielo. Se tiene que recuperar.

—¿Que ando de citas? ¿De dónde rayos sacas eso?

—¿Anoche no tuviste una cita?

Por todos los cielos, casi meto la pata hasta el fondo. Intento salirme pronto de ese enredo en el que me he metido.

—Si, claro. Debo colgar, mamá. Acabo de llegar a una reunión.

Las vías del tren se observan no muy lejos, por lo que calculo que he llegado al punto correcto donde detenerme.

—¿Otra cita?

—¡Mamá!

—¿Es la misma señorita de ayer?

—¡Basta, por Dios!

Y cuelgo.

Presiono fuerte las manos contra el mando de mi coche e intento remitirme a la calma, cuando una mano golpea el vidrio de mi lugar de conductor y la chica elegante de tapado completo aparece al otro lado.

Tiene los labios pintados de carmesí y las pestañas altas como siempre.

En cuanto abro la puerta, me bajo y ella da un paso hacia atrás, mirándome fijamente y detecta que acabo de tener una discusión, lo cual no es su asunto, tampoco pienso darle explicaciones al respecto, pero hago un llamado a los seres astrales para que me ayuden a contener la paciencia en este momento.

Mi cabeza es una suerte de bomba a reloj que palpita cada vez más cerca del estallido y mi pecho es un yunque que me tiene al borde de caerme duro al suelo en cualquier momento o de provocarme un desborde por la angustia, el estrés, los interrogantes y la tensión.

Desearía que esto acabe cuanto antes, pero no sucederá al menos de la manera en que las leyes de la naturaleza lo ordenan.

—Siento la demora—le digo por fin, rompiendo el silencio entre los dos.

Ella evidencia una media sonrisa, pero no es divertida ni tampoco complaciente sino de egocéntrica autosuficiencia. 

—¿Lo sientes? Juzgaría que no eres de la clase de hombres que piden disculpas y menos por diez minutos de demora.

—No lo soy.

“Pero tienes algo muy valioso para mí” pienso hacia mis adentros.

—Bien. Es por allá—me señala un costado de la avenida y vamos en la dirección señalada.

 

 




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