Lía y Eríck una coincidencia deliciosa

Lía y Eríck una coincidencia deliciosa capitulo 9

Lía y Eríck una coincidencia deliciosa Capítulo 9: El Peor Helado del Mundo

El coche se sentía más pequeño de lo normal.

No porque realmente lo fuera…
sino porque el silencio entre ellos parecía ocupar demasiado espacio.

Erik conducía con ambas manos firmes en el volante, mirando al frente más de lo necesario. Lía, por su parte, observaba por la ventana, aunque en realidad solo estaba tratando de controlar su respiración.

Di algo.

No, mejor que él diga algo.

No, eso es raro.

—Entonces… —dijeron los dos al mismo tiempo.

Se miraron.

Y rieron.

La tensión bajó un poco.

—Iba a preguntarte qué te gusta hacer cuando no estás trabajando —dijo Erik, esta vez más seguro.

—Dormir —respondió Lía sin pensarlo.

Él soltó una risa suave.

—Respuesta honesta. Me agrada.
—¿Y tú? —preguntó ella.

—Dibujar… aunque no soy muy bueno.

—Eso no importa —dijo Lía, casi automática—. Si te gusta, ya es suficiente.

Erik la miró de reojo.

Había algo en la forma en que decía las cosas… algo que hacía que todo sonara importante.

Después de unos minutos más de conversación ligera, estacionaron frente a una pequeña heladería de esquina. Era un lugar color pastel, con mesas afuera y luces pequeñas colgadas en el techo.

—Pensé que podríamos empezar con algo simple —dijo él.

—Me gusta lo simple —respondió ella.

Entraron.

El mostrador estaba lleno de sabores: fresa, chocolate, menta, vainilla francesa, mango, pistache… demasiadas opciones.

—¿Cuál vas a pedir? —preguntó Erik.

Lía observó los letreros como si estuviera tomando una decisión de vida o muerte.

—No sé… todos se ven bien.

—Yo siempre pido algo clásico —dijo él—. Chocolate, por ejemplo. Nunca falla.

—Eso dicen todos —respondió ella.

Al final, Erik pidió doble chocolate.

Lía eligió uno de vainilla con caramelo.

Se sentaron afuera, bajo las luces pequeñas que empezaban a encenderse mientras el cielo se volvía naranja.

Erik fue el primero en probar su helado.

Se quedó en silencio.
Parpadeó.

Frunció un poco el ceño.
—¿Está… bueno? —preguntó Lía.
Él dudó.

—Está… frío.

Ella soltó una risa.

—Eso no responde nada.
Lía probó el suyo.

Y su expresión cambió casi igual que la de él.

No estaba horrible.

Pero tampoco estaba bueno.

Era demasiado dulce. Artificial. Empalagoso.

Ambos se miraron.

—¿No te gusta? —preguntó Erik.

—No mucho… ¿y el tuyo?

—Sabe como si el chocolate hubiera perdido la fe en sí mismo.

Lía no pudo evitar reír más fuerte.

—El mío sabe como si alguien hubiera pensado “más caramelo es mejor” y se hubiera equivocado.

Se quedaron en silencio un momento… mirando sus helados con cierta decepción compartida.
Y entonces pasó algo curioso.

Ninguno de los dos se sintió incómodo.

No intentaron fingir que estaba delicioso.

No trataron de impresionarse.
Solo… se rieron.

—¿Quieres probar el mío? —preguntó Erik.

—¿Y sufrir más? —respondió ella.
—Es solidaridad.

Intercambiaron vasos.

Lía probó el chocolate.

Hizo una mueca inmediata.

—Confirmo. Está triste.

Erík probó el de ella.

—Este sabe como si intentara ser postre gourmet… y fallara.

Volvieron a reír.

Y fue ahí cuando Lía se dio cuenta de algo.

La cita no estaba siendo perfecta.

El helado no era increíble.

No había música romántica ni escenas de película.

Pero se sentía bien.

Se sentía real.

—Creo que acabamos de gastar dinero en el peor helado del mundo —dijo Erik.

—Sí —respondió ella, mirándolo con una sonrisa pequeña pero sincera—. Pero no estuvo mal.
Él entendió lo que no dijo.

No estuvo mal… porque estaban juntos.

Se quedaron un rato más, hablando de cosas simples. De cómo ninguno era fanático del helado en realidad. De cómo ambos preferían café caliente. De cómo, curiosamente, nunca lo habían mencionado antes.

Cuando finalmente se levantaron para irse, dejaron los vasos casi intactos.

—Entonces… nota mental —dijo Erik mientras caminaban de regreso al coche—. No somos personas de helado.

—Definitivamente no —respondió ella.

Antes de subir al auto, Lía lo miró un segundo más de lo normal.

—Gracias —dijo.

—¿Por el helado horrible?

—Por la tarde.

Erik sonrió, esa sonrisa que ya no la ponía nerviosa… sino tranquila.

Y mientras el cielo terminaba de oscurecerse, Lía entendió algo pequeño pero importante:
No todo tiene que ser perfecto para ser especial.

A veces, incluso el peor helado del mundo puede convertirse en un buen recuerdo…
si estás con la persona correcta.




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