He conocido hombres que juraban caminar junto a los dioses. Afirmaban oír sus voces, recibir sus bendiciones, matar en su nombre. También he conocido hombres que se burlaban de ellos, que consideraban que solo eran historias tejidas para domesticar el miedo a la muerte y a lo que no entendían. También conocí héroes que la historia convirtió en monstruos, y monstruos cuyo recuerdo embellecieron hasta transformarlos en leyendas. Tras tantos siglos, sigo sin saber cuál de ellos dañó al mundo de peor manera.
Quizá todos… Quizá yo también fui uno de ellos.
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El mundo era solo ruido. Miles de aceros chocando sin ritmo ni tregua, salpinx que ya no ordenaban nada, alaridos que empezaban siendo humanos y terminaban siendo ruidos siniestros dignos de pesadillas pertenecientes a las mentes más perturbadas. Y por debajo de todo, constante, un temblor sordo, el de la tierra sacudida por más pies de los que un solo campo de batalla debería soportar. Era una batalla enorme; ya no necesitaba verla para saberlo. Los oídos me bastaban para medir su tamaño, y su tamaño era digno para ser el que ponga el fin a sufrimiento causado de años.
Luché por despertar. Una y otra vez, como quien nada hacia la superficie de un lago helado, me lancé hacia aquellos sonidos, porque hasta el estruendo era preferible a la nada. Cada intento me acercaba lo justo para distinguir un alarido nuevo, una orden rota a medias, el silbido de algo enorme cruzando el aire. Cundía la desesperación en cada centímetro de mi cuerpo, saber que nuevamente seguían muriendo, nuevamente confiaron en mí, y nuevamente yo estaba otra vez tendido en la orilla, sin poder hacer nada.
Habíamos sangrado demasiado en las últimas batallas para que todo acabara así. Y, sin embargo, lo que me quemaba por dentro no era el miedo a morir: era la frustración, la misma de la última vez. Mi gran arrepentimiento tenía exactamente esa forma, la de quedarme inmóvil, tener el poder para cambiar el flujo de los acontecimientos, pero sin la capacidad de lograrlo mientras el mundo seguía forjándose sin mí.
No podía acabar así.
No de nuevo.
Poco a poco, hasta esa rabia empezó a apagarse. El ruido se volvió lejano, casi amable, y la oscuridad cada vez más cálida.
—¡Llévenselo! —gritó Athan en el campo de batalla, con una voz aterradoramente potente—. ¡Ahora!
El grito atravesó como estruendo y arrancó mi mente de la oscuridad que empezaba a resultarme reconfortante. Abrí los ojos y sobre mí había un cielo cubierto de humo, un cielo rojizo cual firmamento que pronostica una nevada colosal, o eso creí al principio. Poco a poco comprendí que no era el cielo lo que teñía mi visión, sino la sangre que descendía por mi rostro. Cálida. Espesa. Se deslizaba lentamente sobre la mejilla hasta nublar mi visión y llenarla de ese temible color carmesí.
Intenté incorporarme. Un dolor insoportable me atravesó la cabeza y volví a desplomarme sobre el barro. El frío se filtraba en mis músculos, entumeciendo mis sentidos uno a uno, y por un instante llegó a reconfortarme, como tantas veces sucedió en los entrenamientos del pelotón. Fue esa calma pasajera la que me permitió notarlo, había una ausencia que mi cuerpo llevaba gritando desde el principio y que mi mente, todavía aturdida, se negaba a escuchar. Durante unos segundos no supe qué era. Hasta que el vacío se hizo evidente.
Mi ojo izquierdo ya no estaba.
No había oscuridad más aterradora que aquella. No porque hubiera perdido la vista, sino porque sabía exactamente quién me la había arrebatado. El acero, como un destello, cruzó mi memoria. Un estoque avanzando con la velocidad de un relámpago. Y después… solo rojo; el mundo entero quedó reducido a ese color.
El dolor que llenaba la cuenca sangrante donde, minutos atrás, había existido un ojo, no era nada comparado con la otra agonía que sentía, esa agonía que no sangraba. Porque yo sabía de quién era la mano que sostenía aquel estoque. Lo supe incluso antes de que el acero me alcanzara.
Lo vi venir, como había visto venir tantas otras cosas. De poco sirve leer el futuro cuando, llegado el momento, uno no es capaz de cambiarlo. Ese fue mi verdadero castigo. Verlo. Verlo todo y, aun así, no poder detener aquella mano.
Retrocedí unos instantes —o quizá retrocedió solo mi memoria, arrastrada por el dolor hasta el momento en que aún estaba en pie.
La batalla ya era nuestra. No era una victoria más entre tantas, era el punto de inflexión de una guerra que llevaba demasiado tiempo hirviendo, demasiado tiempo devorando a ambos bandos. Lo había visto venir antes que nadie. Cada movimiento de la horda enemiga, cada respiro de nuestros hombres, cada grieta en la formación contraria encajaba en un diseño que yo llevaba semanas leyendo en el porvenir. Todo se desenvolvía como debía. Todo empujaba hacia la victoria.
Y entonces ella.
Siempre fue así con ella, un accidente dentro del guion, un azar que nadie descifra —ni siquiera yo, que leía el tiempo— podía haber calculado del todo. Bastó un instante para que el ritmo de la contienda cambiara. Donde nuestro enemigo ya no tenía dónde apoyarse, recuperó un segundo aliento. La línea defensiva que creíamos rota se recompuso a su alrededor, como si la batalla entera obedeciera otra voluntad.
Tenía que detenerla. Lo sabía con la misma claridad con que sabía respirar. Pude trazar cada uno de sus pasos antes de que los diera; vi dónde iría el acero, cuándo flanquearía, cuánta distancia necesitaría para alcanzarme. Había ganado antes de que el duelo empezara. El porvenir decía que yo ganaría.
Y, aun así.
Algo en mí llegó tarde —no la vista, sino el cuerpo, el reflejo. Se movió con una velocidad que no encajaba en lo que yo conocía, en lo que yo esperaba. Más fuerte. Más rápida, más preparada. Venía a hacerme pagar el daño cometido contra ella, cobrar lo que mi desmedida arrogancia desencadenó. Lo supe en el instante en que el estoque se alzó —y supe también que mi cuerpo no reaccionaría a tiempo.