Libro sin Nombre

Capítulo 1 — Día de Entrenamiento

Había aprendido a pasar un día entero sin temblar; había entendido lo efímero del tiempo y que cada hora merecía la misma disciplina, el mismo control. Control que debía mantener si no quería que la locura cobrara su cuota… o al menos no lo haría por un tiempo más.

Pero entonces recuerdo el vacío que puede generarse por el poder de verlo todo: el rostro que ya no estaba, la voz que jamás volveré a escuchar y el camino que, no importa adónde apunte, siempre yace eterno.

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—Amos.

La voz aún se escuchaba lejana.

—Amos. —El sueño me agarraba con terquedad, impidiendo de forma maestra que mis párpados siguieran cerrados.

—Amos, si no te levantas ahora, no tendrás tiempo de desayunar antes de que empiece tu entrenamiento.

El sueño era reconfortante.

Aprendí desde muy joven que unas cuerdas bien tensadas daban un descanso que devolvía todas las energías perdidas el día anterior.

Aún con los ojos cerrados, el dorado de la mañana me obligaba a abrirlos. Me senté al borde de mi cama. El olor del rocío entraba aún por la ventana y, por unos minutos, mantenía la mente en calma. Ese instante breve que atesoraba, pues el mundo todavía no exigía nada de mí.

—Amos. —La voz de Damaris se escuchaba desde la cocina.

—Ya sé, ya sé —respondí con la fuerza suficiente para ser oído—; si no me levanto, no tendré tiempo de desayunar antes de que empiece mi entrenamiento.

Sabía que no podía estar mucho más encerrado en mi cuarto, pero aprovechaba cada segundo mientras mi mente regresaba de nuevo al mundo cotidiano. Ya estaba acostumbrado a alistarme con los ojos casi cerrados. Además, así olía mejor el pan recién horneado, el momento más esperado de mis mañanas.

Sentí los pasos subiendo las escaleras; era mi señal, era hora de bajar. Me puse la túnica de entrenamiento —ya remendada en un hombro por Damaris— y comprobé que el cinturón no estuviera torcido. Pequeños rituales. Anclas.

Bajé las escaleras de dos en dos y me detuve al final, frente a Damaris. Su cabello negro, largo y ondulado caía sobre sus hombros en dos trenzas realizadas con perfección. Su complexión robusta le daba un aire de quien podría sostener una casa enteramente con las manos.

—Buen día, Damaris. No hace falta que subas a regañarme.

—Buen día, Joven Amo. Veo que hoy será una buena mañana. Te dejé pan caliente y queso fresco en la mesa. Si te apuras, tal vez queden higos. Sé que no te gustan, pero mejor que desayunes lo mejor posible —me revolvió el cabello con rapidez, como quien sella un pacto—. Ya no tarda Theron en venir a buscarte.

Aquel gesto me parecía una bendición matutina, un cariño que me protegía y hacía más llevaderos los entrenamientos; un cariño que era bueno sentir.

Me senté enseguida. El pan ocupaba el centro de mesa en una canasta. Mi desayuno perfecto era pan con queso fresco y unas aceitunas. No era de los que comían higos, pero sabía que Damaris me regañaría y me obligaría a comerlos de todas formas.

Un suave susurro casi desapercibido llegó a mis oídos:

—¿Quieres un poco de miel?

Un estremecimiento que no era ajeno me recorrió desde la nuca hasta la espalda baja.

Llevé la canasta con higos al borde más cercano a Damaris. Cuando se dio la vuelta con el tarro de miel, al ver los higos alejados de mi desayuno me miró con unos ojos en los que había resignación y cariño a partes iguales.

—Debería obligarte a comerlos aun sabiendo que no son de tu agrado —volvió a pasar la mano sobre mi cabello—. Sé que lo dulce te ayuda a estar presente. Al menos déjame ofrecértela antes de que digas que sí.

—Lo hiciste —dije, cabizbajo—. Solo que, como mencionaste antes, debo comer bien antes de que llegue Theron.

—Supongo que es una forma de ayudarte con tu entrenamiento y con lo que venga después —me dio un guiño cómplice antes de volver a picar la carne que sería la comida de ese día.

Acabé de comer mucho antes de la llegada de Theron; incluso engullí un par de higos como muestra de cariño por su preocupación. Me quedé un momento más en la mesa, escuchando el crujir de la leña en el hogar y el cuchillo de Damaris contra la tabla. Afuera, Atenas despertaba: carros, voces, el primer calor del día subiendo por la calle empedrada.

Theron no golpeó como un soldado. Golpeó como quien pide permiso a una casa que no es suya.

Cuando abrí, lo vi en el umbral: pelo corto, oscuro y ondulado; lunar quieto bajo el ojo; la estatura justa para que yo —incluso entonces, aún lejos de la altura que alcanzaría— lo mirara ligeramente de frente. Traía una bolsa pequeña de cuero y, en los dedos, el olor seco de hierbas y metales que nunca se quitaba del todo aun después de lavarlos.

—Puntual —dijo, con esa calma elocuente que usaba para disimular la prisa—. Damaris, el pan huele a victoria. Amos… ¿listo para no romper nada hoy?

—Eso depende de lo que sean mis enseñanzas el día de hoy —respondí.

Damaris se rio desde la cocina.

—Tráelo entero, Theron. Al Joven Amo me lo debes devolver entero y con apetito.

Theron inclinó la cabeza, serio a medias, y por un segundo miró hacia la calle como si esperara a alguien que no venía. Luego se acomodó la bolsa al hombro.

—Xanthe dice que, si llego tarde otra vez a sus vendas, me convierte en paciente —murmuró, casi para sí—. Y ella no bromea con eso.

—¿Duele mucho? —pregunté, sin poder evitarlo.

Theron me miró con una ceja arqueada.

—Duele lo que haga falta para que aprenda puntualidad —respondió—. Ahora vete. El patio no espera.

No pregunté más. Él tampoco explicó. Solo me hizo un gesto hacia la luz de la mañana.

Atenas olía a piedra caliente y a mercado lejano. Caminábamos sin prisa aparente; Theron hablaba poco hasta que el tono le cambiaba, claro, preciso, como si el mundo se ordenara mejor en fórmulas. Pasamos junto a un taller donde martilleaban bronce, luego por una calleja donde una mujer vendía romero en manojos apretados. Cada olor era un ancla distinta. Yo las necesitaba.



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En el texto hay: dioses, magia, grecia

Editado: 29.07.2026

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