Toda historia exagera los hechos para crear o ascender a sus combatientes al rango de héroes; en su caso, la historia se quedó corta. Los sobrevivientes de sus batallas aseguran que el tiempo dejó de avanzar durante un solo latido. La primera vez derrotó a diez hombres. Años después combatió contra un ejército completo. Nadie sobrevivió ese día para poder desmentirlo.
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Desperté como si algo me hubiera arrastrado de vuelta desde el fondo de una tumba, pero la oscuridad no se fue al abrir los ojos. Seguía pegada a mi rostro, metida en la garganta, respirando conmigo. Intenté moverme y el cuerpo no respondió; quedó rígido, frío, hundido bajo un peso invisible, atrapado entre la cama y un lugar enterrado bajo la realidad. La luz, si existía, era una grieta ínfima. Las sombras esperaban en las esquinas, demasiado quietas, como si yo debiera recordar por qué estaba allí.
Quise gritar y solo hallé silencio. Dentro de la cabeza, en cambio, todo era ruido; voces deformadas, palabras que golpeaban sin volverse sentido. El sueño me sujetaba desde adentro con dedos pacientes; una parte quebrada de mí seguía al otro lado, golpeando y pidiendo que no la abandonara.
Allí el tiempo no avanzaba; giraba. Cada pensamiento volvía al mismo punto —las equivocaciones encadenadas hasta arrancarme algo que ya no sabía nombrar—. La culpa no era una idea; era barro. Yo mismo me había cerrado en aquel purgatorio, como si solo el dolor pudiera guardar lo perdido.
A veces sentía gente cerca. Día tras día, o eso creía. Tonos de voz que reconocía a medias; palabras que temblaban y se rompían antes de llegar. Tiraban de mí lo justo para recordar que el mundo seguía afuera… y entonces todo se cerraba otra vez; cuerpo inmóvil, garganta sellada, oscuridad respirando conmigo.
Entonces las visiones dejaron de ser visitas y se volvieron el único suelo bajo mis pies.
Thiva ardía en un horizonte imposible. El fuego no iluminaba; devoraba. Un camino de cuerpos sin rostro se extendía entre las llamas, testigos mudos de una culpa demasiado grande para un solo hombre. El cielo era plomo y sangre; el viento empujaba aquel firmamento como si quisiera aplastar el valle. Ya no quedaban gritos. Solo el aire y el rumor lejano de un río. La ceniza tibia crujía bajo mis pasos como huesos pulverizados. El olor —madera húmeda, humo viejo, carne quemada— se me metió en los pulmones con una fidelidad cruel, hasta el día de hoy no los ha abandonado del todo.
Caminé sin rumbo entre las ruinas, sabiendo que no pertenecía a aquella época… y aun así la mente insistía en que todavía había tiempo. Algunas casas seguían en pie. Las puertas abiertas. Juguetes donde los niños los habían dejado.
Entonces llegó una risa.
La de mi madre. Conversaciones de vecinos. Ladridos. Imágenes de una vida que el pueblo había tenido y que el sueño me devolvía intacta, como si yo hubiera estado allí.
Hasta que el silencio respiró y se llevó todos los sonidos.
Las paredes se ennegrecieron. El suelo se agrietó. Una oleada de fuego emergió de la tierra y lo consumió todo con hambre de bestia. En segundos, el pueblo y aquella figura —distorsionada, ya casi sin nombre— fueron devorados. Corrí lo más rápido que pude, intentando llamar a mis padres… y la mente se congeló. Los nombres no llegaron. El fuego empezó a carcomer imágenes y sonidos como, en su día, había carcomido Thiva.
Mis piernas se hundieron en barro, sangre y ceniza. Cuanto más luchaba, más inmóvil quedaba. Las casas colapsaron; el estruendo sacudió el valle; de las grietas emergieron voces.
El paisaje se quebró otra vez. Llamas y lluvia interminable. Lodazal rojo. Ya no era mi hogar; era el campo donde perdí a mis hermanos de armas. El cielo seguía rojo, atravesado por lanzas incendiadas que caían como si los dioses bombardearan la tierra.
Los cadáveres se incorporaron despacio. Unos con el pecho atravesado por flechas; otros sin mandíbula, sosteniendo sus propias entrañas. Me miraron en silencio. Después, uno a uno, dijeron mi nombre.
Marco —mi mejor amigo— avanzó hasta quedar frente a mí. Extendió la espada con la que había muerto y preguntó, con una serenidad insoportable, por qué él yacía allí mientras yo seguía respirando.
Quise pelear a su lado una vez más. Desenvainé… y la hoja se desquebrajó como si estuviera podrida. Apenas rozó el aire se agrietó hasta volverse polvo entre los dedos. Busqué un solo compañero vivo; cada rostro pertenecía a alguien cuya muerte yo recordaba con claridad absoluta. Estaba solo en un ejército de muertos.
La tierra se abrió. Caí durante lo que parecieron siglos y aterricé en un campo cubierto solo de niebla. Sin soldados. Sin llamas. Un silencio tan hondo que parecía observarme.
Entonces la vi.
Estaba de pie entre la bruma, exactamente como la recordaba antes de la guerra. Sonreía con la misma calma con la que alguna vez me habló de un futuro imposible. Corrí hacia ella —la primera esperanza en toda la pesadilla—. Cuando la abracé, el calor de su cuerpo me hizo creer que había despertado.
Levantó una mano y acarició mi rostro. Sus ojos estaban llenos de una tristeza infinita.
—Al fin comprendí que amarte era condenarme a morir antes que tú —susurró, con una dulzura insoportable.
Antes de que pudiera responder, pequeñas grietas recorrieron su piel. Su rostro se quebró como una vasija seca. Los labios formaron una última pregunta.
—¿Por qué no nos salvaste?
Su cuerpo estalló en brasas. Intenté sostenerla y solo atrapé cenizas que se escapaban entre los dedos. Ascendieron, giraron sobre mi cabeza y, al mezclarse con el humo, adoptaron los rostros de mi madre, de mi padre, de mis amigos, de cada hombre, mujer y niño cuya muerte yo había presenciado. Miles de rostros me observaban desde un cielo ennegrecido.
Entonces empezó el tambor. Un golpe. Otro. Otro más. Lento. Profundo. Solemne. Cada latido oscurecía el mundo. Miré mis manos; hollín, sangre seca, tierra. Cuanto más las frotaba, más negras se volvían, como si toda la culpa del mundo hubiera encontrado refugio en mi piel.