LÍnea De Meta

CAPÍTULO 1 — EL DEBUTANTE

Spa-Francorchamps, Bélgica — 63.000 espectadores contienen el aliento

El rugido de diez mil almas no es nada comparado con el silencio dentro de un casco.

Joshua Summersen lo aprendió a los dieciséis años, cuando su padre lo sentó por primera vez en un kart y le dijo: "Ahí fuera no hay amigos. Solo rivales y adelantamientos." Ahora, con veintitrés recién cumplidos y un contrato con McLaren firmado con su propia sangre, el silencio dentro del casco era lo único que le recordaba que seguía siendo humano.

La parrilla de salida hervía de actividad. Mecánicos ultimando ajustes, ingenieros con tablets repasando datos de última hora, pilotos saludando a sus jefes de equipo con gestos rápidos y nerviosos. El Gran Premio de Bélgica abría la temporada, y Spa-Francorchamps no perdonaba. Nunca lo hacía.

Joshua cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. El olor a goma quemada y gasolina lo envolvía como una segunda piel.

—¿Nervioso? —la voz de su ingeniero de pista, Markus, sonó en el casco a través de la radio.

—Concentrado —respondió Joshua.

—Mientes mal. Pero me gusta.

Joshua sonrió por dentro. Markus llevaba veinte años en el paddock, había visto llegar y marcharse a docenas de promesas. Que estuviera a su lado era un voto de confianza que Joshua no pensaba defraudar.

Abrió los ojos.

Y entonces lo vio.

A su izquierda, dos posiciones más adelante, el Ferrari rojo brillaba bajo el sol nublado de las Ardenas. El casco también era rojo, con una llama dorada pintada en la parte trasera que parecía moverse cuando el piloto giraba la cabeza. Nathan DiMarco. El prodigio. El heredero. El hombre al que todos comparaban con Schumacher antes de que cumpliera los veinte.

Joshua lo observó mientras Nathan intercambiaba unas palabras con su ingeniero. Gesticulaba con calma, como si esto fuera un paseo dominical. Como si 300 kilómetros por hora fueran tan naturales como respirar.

—No le quites ojo —murmuró Markus—. Pero tampoco te obsesiones. Hoy compites contra veinte, no contra uno.

—Lo sé.

—No lo sabes. Pero lo aprenderás.

Joshua apretó las manos en el volante. Los guantes Nomex crujieron suavemente. A su alrededor, los últimos mecánicos abandonaban la parrilla. Las mujeres de los pilotos se apartaban tras el beso de la suerte. Las cámaras enfocaban los rostros tras las viseras.

Quedaban tres minutos.

Nathan DiMarco no miraba a nadie en particular, pero veía todo.

Esa era su magia, decían los comentaristas. No solo su velocidad, sino su capacidad para anticiparse. Sabía dónde estaría cada rival en cada curva antes de que ellos mismos lo decidieran. Y hoy, en su séptima temporada en la Fórmula 1, con veinticinco años y dos campeonatos a sus espaldas, Spa era su territorio.

Pero algo le molestaba.

Un cosquilleo en la nuca que no sabía identificar.

Giró ligeramente la cabeza hacia la derecha. El McLaren naranja y negro de Joshua Summersen estaba ahí, quieto, esperando. El novato. El hijo del hombre al que todos llamaban "el piloto que pudo reinar" antes de que un accidente en este mismo circuito le arrebatara la carrera y casi la vida.

Nathan conocía la historia. Todos la conocían.

Lo que no sabía era por qué el hijo le provocaba esa inquietud.

—¿Todo bien, Nathan? —preguntó Luca, su ingeniero, desde el muro.

—Todo bien.

—Clasificaste segundo. Summersen saldrá tercero. No te confíes.

—Nunca lo hago.

Luca se rió, pero Nathan no sonrió. Porque era cierto: nunca se confiaba. Y sin embargo, hoy, algo le decía que prestara atención a ese novato de McLaren.

Los semáforos se encendieron uno a uno.

Rojo.

Rojo.

Rojo.

Rojo.

Rojo.

El silencio se hizo absoluto. Sesenta y tres mil almas contuvieron el aire.

Y entonces, las luces se apagaron.

Joshua pisó el acelerador como si su vida dependiera de ello.

El McLaren respondió con la furia de mil caballos desatados. La sensación de ser empujado hacia atrás mientras el mundo se convertía en un borrón fue tan violenta como placentera. La primera curva, La Source, llegó en un suspiro. Joshua frenó tarde, muy tarde, sintiendo cómo el coche temblaba al borde del control absoluto.

Dos coches delante de él, Nathan trazaba la curva con la precisión de un cirujano. No había dudas en su trayectoria. No había temblores. Solo seguridad.

Así que esto es un campeón, pensó Joshua.

Y aceleró.

La recta de Kemmel se abrió ante ellos como una autopista hacia el infinito. 300 kilómetros por hora. 320. 340. El viento silbaba alrededor del casco, pero Joshua apenas lo notaba. Sus ojos estaban fijos en el Ferrari, en esa mancha roja que se alejaba ligeramente.

—Diferencia respecto a DiMarco: +0.342 —informó Markus.

—Lo sé —respondió Joshua—. Lo cazo.

Y lo intentó.

En Les Combes, Joshua arriesgó. Se pegó al interior como una sombra, buscando el hueco que Nathan le había cerrado milésimas antes. Casi lo consigue. Casi. Pero Nathan, con esa intuición maldita que lo hacía grande, cerró la puerta justo a tiempo.

—Buena defensa —murmuró Joshua.

—No hables, conduce —cortó Markus.

Obedeció.

Nathan sintió el aliento del McLaren en su nuca durante toda la primera vuelta.

Ese chico no tenía miedo. Eso era raro. Los novatos solían ser prudentes las primeras carreras, medían al rival, estudiaban sus movimientos. Summersen no. Summersen atacaba como si llevara diez años en esto.

Como yo, pensó Nathan.

Y eso le inquietó más de lo que quería admitir.

En Eau Rouge, la curva más temida del calendario, Nathan mantuvo el pie a fondo. La subida, la compresión, la sensación de que el coche quería salirse volando... todo era familiar. Todo era suyo. Pero al salir, miró por el retrovisor y ahí estaba: el morro naranja de McLaren, pegado a su difusor trasero, esperando el más mínimo error para devorarlo.




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