LÍnea De Meta

CAPÍTULO 4 — JURAMENTO

El cuerpo miente. El alma, también.

La primera vez que Nathalie se miró al espejo y no se reconoció, supo que el camino de regreso ya no existía.

Habían pasado cinco días desde su conversación con Carlo. Cinco días de entrenamientos intensivos, de sesiones interminables en el simulador de Maranello, de aprendizaje exprés sobre los secretos del monoplaza que Nathan había dominado durante siete temporadas. Y cada noche, cuando por fin podía encerrarse en el apartamento que Ferrari le había asignado —a Nathan, corrigió mentalmente—, se miraba al espejo y se preguntaba quién era.

Una mujer de un metro setenta, complexión esbelta, delgada pero con las curvas justas que ni el mono ignífugo podía ocultar del todo. Ojos color avellana, los mismos que Nathan, el mismo tono de tierra mojada después de la lluvia. Cabello castaño claro que le rozaba los hombros, demasiado largo para un piloto de Fórmula 1, demasiado evidente.

Esa noche, frente al espejo del baño, Nathalie cogió las tijeras.

El primer corte fue el más difícil. El segundo, también. El tercero, casi liberador. Cuando terminó, el pelo castaño claro cubría el suelo de baldosas como un manto de mentiras. Ahora su cabello apenas le llegaba a la nuca, despeinado, revuelto, exactamente igual que el de Nathan en sus últimas fotos.

Se miró de nuevo.

El parecido era escalofriante.

—Hola, Nathan —susurró.

Y sintió que su hermano, desde alguna parte, la miraba.

El primer día en la fábrica de Ferrari fue un ejercicio de equilibrio imposible.

Nathalie —no, Nathan— entró por la puerta principal con el corazón latiéndole en la garganta. El mono rojo le quedaba un poco holgado en algunas zonas, demasiado ajustado en otras, pero los diseñadores habían hecho un trabajo milagroso en solo cinco días. Las costuras extra en los hombros para simular una complexión más ancha. Las inserciones en las mangas para disimular la delicadeza de sus muñecas. El casco, siempre el casco, que no se quitaría más de lo estrictamente necesario.

—¡Nathan! —la voz de Luca, su ingeniero de pista, la recibió en la entrada—. No sabes cuánto me alegra verte. ¿Cómo te encuentras?

—Mejor —respondió, modulando la voz un tono más grave de lo habitual, el mismo registro que Nathan usaba en las entrevistas—. Los médicos dicen que el descanso me ha sentado bien.

Luca la miró de arriba abajo con una expresión que Nathalie no supo interpretar.

—Has adelgazado.

—El hospital. La comida es mala.

—Y el pelo. Te lo has cortado.

—Sí. Necesitaba un cambio.

Luca asintió lentamente. Demasiado lentamente.

—Bueno —dijo al fin—. Vamos. El equipo te espera.

Y mientras caminaban por los pasillos de Maranello, flanqueados por fotos de leyendas, por trofeos centelleantes, por el fantasma de Schumacher y Lauda y todos los que habían vestido ese mismo rojo antes que ellos, Nathalie sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Esto es una locura, pensó. Esto es la locura más grande que he hecho nunca.

Pero siguió caminando.

Por Nathan.

Por ella.

Por la verdad que algún día saldría a la luz.

El simulador fue su primera prueba de fuego.

Nathalie conocía la tecnología, por supuesto. Había pasado cientos de horas en simuladores domésticos, perfeccionando su técnica en secreto, compitiendo contra fantasmas que no sabían que existía. Pero el simulador de Ferrari era otra cosa. Seis millones de euros de tecnología pura, capaz de replicar cada bache, cada vibración, cada puto grano de asfalto de cualquier circuito del mundo.

—Vamos a empezar suave —dijo Luca desde la cabina de control—. Monza. Diez vueltas. Sin presión.

Nathalie asintió, se ajustó el casco, y se sumergió en la oscuridad.

La primera vuelta fue un desastre.

Frenó demasiado pronto en la Variante del Rettifilo, entró demasiado rápido en la Curva Grande, y casi pierde el control en la Lesmo. Los tiempos fueron mediocres. Muy mediocres.

—¿Problemas? —preguntó Luca por el intercomunicador.

—Adaptándome —respondió Nathalie, mordiéndose el labio—. El coche se siente... diferente.

—Llevas un mes sin pilotar, Nathan. Es normal. Sigue.

La segunda vuelta fue mejor. La tercera, aceptable. A la quinta, Nathalie había encontrado el ritmo. A la octava, estaba volando.

Cuando salió del simulador, empapada en sudor, los ingenieros la miraban con una mezcla de asombro y perplejidad.

—Tu trazada en la Parabólica —dijo uno de ellos, rascándose la barbilla—. Ha cambiado. Es más... limpia. Menos agresiva.

—He tenido tiempo para pensar —respondió Nathalie con la voz más firme que pudo—. Para analizar mis errores.

—Bueno —intervino Luca—. El resultado es lo que importa. Y el resultado es bueno. Muy bueno.

Nathalie sonrió por dentro.

Por fuera, se limitó a asentir con la cabeza, imitando ese gesto tan característico de Nathan, esa media inclinación que usaba cuando quería parecer humilde sin dejar de ser arrogante.

Funciona, pensó. Está funcionando.

Pero en el fondo, muy en el fondo, una vocecita le susurraba que Luca había notado algo. Que su mirada había durado un segundo demasiado. Que los ingenieros no eran tontos.

Y que el verdadero peligro no estaba en Maranello.

Estaba en la pista.

A trescientos kilómetros de allí, en una urbanización de lujo en las afueras de Mónaco, Joshua Summersen no podía dormir.

Llevaba así desde el accidente. Las noches eran una sucesión de imágenes fragmentadas: el Ferrari perdiendo el control, el impacto, el silencio. A veces se despertaba gritando. A veces, simplemente se despertaba y se quedaba mirando el techo hasta que el sol asomaba por la ventana.

Esa noche, sin embargo, no fueron las pesadillas lo que lo mantuvo despierto. Fue una noticia.

DiMarco volverá a la competición en la próxima carrera, decía el titular. Ferrari confirma que Nathan está listo para regresar.




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