Vestir la piel de otro es fácil. Lo difícil es no olvidar quién eres.
Las sesiones de entrenamiento se sucedieron como oleadas.
Cada día, Nathalie se levantaba antes del amanecer, se vestía con la ropa de Nathan, se miraba al espejo y repetía el mantra que había inventado para no volverse loca: Soy Nathan. Soy Nathan. Soy Nathan.
A veces funcionaba.
A veces, cuando veía sus propias manos —demasiado finas, demasiado femeninas— sujetando el volante, la duda la asaltaba como un puñetazo en el estómago.
—Concéntrate —se decía en voz alta—. Concéntrate o te matarán.
Y seguía.
El problema era que "matar" podía significar muchas cosas. Un accidente, sí. Pero también el escarnio público. La humillación de su familia. La deshonra del apellido DiMarco.
Y algo más: la mirada de Joshua Summersen.
Porque Joshua estaba en todas partes.
En Silverstone, durante los libres, su McLaren aparecía en los retrovisores de Nathalie como una obsesión. En las ruedas de prensa, sus ojos dorados la buscaban entre la multitud con una intensidad que helaba la sangre. Y en los pasillos del paddock, cuando los caminos se cruzaban, siempre había un roce, una palabra, una señal.
—Has mejorado —le dijo una tarde, apareciendo a su lado sin hacer ruido.
Nathalie se sobresaltó. Estaba revisando datos en la pantalla del garaje, ajena al mundo.
—¿Cómo? —preguntó, recuperándose.
—Tu conducción. Has mejorado. Eres más... preciso. Menos agresivo. Más inteligente.
Nathalie no supo qué responder. Las palabras de Joshua eran un cumplido, sí, pero también una trampa. Porque si Nathan había sido siempre agresivo, y ahora ella era "inteligente"... ¿no estaba delatándose sin querer?
—Aprendes de los errores —dijo por fin, encogiéndose de hombros.
Joshua la miró largamente. Esos ojos dorados parecían capaces de atravesar el casco, la mentira, la piel.
—Ya —respondió—. Supongo que sí.
Se alejó sin decir nada más.
Nathalie se quedó quieta, el corazón desbocado, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que Joshua dejara de sospechar y empezara a saber.
Esa noche, sola en su habitación de hotel, recibió un mensaje.
Número desconocido.
"Sé que no eres quien dices ser."
El corazón se le paró.
Escribió rápidamente: "¿Quién eres?"
Pasaron minutos. Largos minutos de infierno. Finalmente, la respuesta:
"Alguien que quiere ayudar. Pero primero tienes que confiar en mí."
Nathalie borró el mensaje, apagó el móvil, y se quedó mirando la oscuridad hasta que el sueño, por fin, la venció.
Al día siguiente, durante la clasificación, ocurrió.
Nathalie estaba en su mejor vuelta, peleando por la pole position, cuando sintió algo extraño en el coche. Una vibración apenas perceptible, un temblor en la trasera que no debería estar ahí.
Su corazón dio un vuelco.
Igual que Nathan, pensó. Igual que en el accidente.
Levantó el pie instintivamente. Perdió dos décimas. Perdió la pole. Terminó tercera.
Cuando volvió a boxes, Luca la esperaba con el ceño fruncido.
—¿Qué pasó ahí fuera?
—El coche temblaba —respondió Nathalie, todavía alterada—. La trasera.
Luca la miró con extrañeza.
—Hemos revisado la telemetría. El coche está perfecto. No hubo ninguna vibración.
Nathalie sintió que la sangre se le helaba.
—Pero yo lo sentí —insistió—. Lo juro.
—Nathan —la voz de Luca era paciente, pero firme—. Llevas un mes sin competir. Es normal que los sentidos te jueguen malas pasadas. Pero el coche está bien. Tú estás bien. No busques fantasmas donde no los hay.
Fantasmas.
Nathalie no respondió.
Pero mientras se alejaba hacia el hospitality, una idea comenzó a germinar en su mente: si la vibración había sido real, si el coche de Nathan había sido manipulado... ¿y si alguien estaba intentando lo mismo con ella?
¿Y si el peligro no había pasado?
¿Y si apenas empezaba?
Eran demasiadas preguntas.
Esa noche, en la cena del equipo, Nathalie esquivó las miradas y las preguntas. Los periodistas querían saber por qué había perdido la pole. Los ingenieros, por qué había levantado el pie. Los mecánicos, si necesitaba algo.
Ella solo quería una cosa: respuestas.
Pero las respuestas no llegaban.
Y mientras tanto, en la otra punta del comedor, Joshua Summersen la observaba con esos ojos dorados que parecían saber más de lo que decían.
Nathalie sostuvo su mirada un instante.
Luego apartó la vista.
Y supo, con una certeza aterradora, que la partida apenas comenzaba.
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Editado: 20.03.2026