LÍnea De Meta

CAPÍTULO 6 — IL RITORNO DEL CAMPIONE

Monza, Italia. 80.000 almas. Una mentira.

El domingo amaneció limpio sobre Monza.

El cielo era un lienzo azul sin una sola nube, como si el universo hubiera decidido vestirse de gala para el regreso del campeón. Los primeros rayos de sol acariciaban las curvas del circuito, despertando el asfalto, calentando las gradas que poco a poco empezaban a llenarse de banderas rojas.

Nathalie lo vio desde la ventana de su habitación en el hotel, a pocos kilómetros del autódromo. El café humeaba en sus manos, pero no podía beberlo. El estómago era un nudo tan apretado que cualquier cosa sólida o líquida parecía una amenaza.

—Tranquila —dijo en voz alta, probando la palabra—. Tranquila.

No funcionó.

Llevaba una semana soñando con este momento. Una semana de entrenamientos, de simuladores, de ruedas de prensa donde cada pregunta era una trampa. Una semana esquivando a los periodistas, a los mecánicos, a los ingenieros. Y sobre todo, una semana esquivando a Joshua Summersen.

Pero hoy no podría esquivarlo.

Hoy compartirían pista.

Hoy, por primera vez, competirían como iguales.

—Nathan —la voz de Luca sonó en el móvil—. El coche está listo. ¿Tú lo estás?

Nathalie respiró hondo.

—Lo estoy.

Mentía.

Pero Luca no podía saberlo.

El paddock de Monza era un hervidero de actividad cuando Nathalie llegó.

Los tifosi se agolpaban tras las vallas, coreando el nombre de Nathan con una pasión que helaba la sangre. "Di-Mar-co! Di-Mar-co! Di-Mar-co!" Las banderas rojas ondeaban como un mar de fuego. Los niños extendían fotos de su ídolo para que las firmara. Las mujeres lanzaban besos al aire.

Nathalie caminó entre ellos con el casco bajo el brazo, el mono rojo impecable, la mirada fija al frente. No podía detenerse. No podía mirarlos a los ojos. Porque si lo hacía, si veía la devoción en sus rostros, si sentía el peso de su amor incondicional, sabía que se rompería.

—Nathan, ¡una foto!

—Nathan, ¿cómo te sientes?

—Nathan, ¿vas a ganar hoy?

Sonrió, saludó con la mano, imitó los gestos de su hermano. Los que había visto mil veces en televisión. Los que había estudiado como si fueran una partitura. Y funcionó. Los tifosi rugieron. Las cámaras enfocaron. El mundo giró.

Pero cuando por fin cruzó la puerta del hospitality de Ferrari, cuando el silencio del interior la envolvió como un abrazo, Nathalie se apoyó contra la pared y respiró hondo.

Demasiado, pensó. Todo es demasiado.

—¿Necesitas un momento?

La voz la sobresaltó.

Joshua Summersen estaba apoyado en la puerta del hospitality de McLaren, justo al lado del de Ferrari. Los dos garajes compartían pared en Monza, como compartían rivalidad en la pista. Él la miraba con esa expresión que ya empezaba a resultarle familiar: curiosidad, intensidad, algo más que no sabía nombrar.

—Estoy bien —respondió Nathalie, enderezándose—. Sólo... concentrándome.

—Claro. Concentración. Eso debe ser.

Joshua se separó de la pared y caminó hacia ella. Cada paso era una amenaza silenciosa. La luz del sol filtrada por la estructura metálica del paddock creaba sombras en su rostro, acentuaba la palidez de su piel, hacía brillar sus ojos como monedas de oro antiguo.

—Sabes —dijo cuando estuvo a un metro de distancia—, he estado viendo tus onboards de los entrenamientos.

Nathalie sintió que el corazón se le paraba.

—¿Y?

—Y tienes razón. Has cambiado.

—Ya te lo dije. Aprendes de los errores.

—No —Joshua negó lentamente—. No es eso. Los pilotos no cambian su estilo de un día para otro. Lo perfeccionan, lo ajustan, pero no lo cambian. Tú has cambiado el tuyo por completo. Como si fueras otra persona.

El silencio entre ellos se alargó hasta volverse insoportable.

—La gente cambia —dijo Nathalie al fin, con la voz más firme que pudo—. Los accidentes cambian a la gente.

Joshua la miró largamente. Esos ojos dorados parecían querer arrancarle la verdad a tirones.

—Sí —respondió por fin—. Supongo que sí.

Y se alejó sin decir nada más.

Nathalie se quedó quieta, inmóvil, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que Joshua dejara de insinuar y empezara a actuar.

La parrilla de salida era un infierno de color y ruido.

Ochenta mil almas rugiendo en las gradas. Los motores calentando a 10.000 revoluciones. El olor a goma quemada y gasolina impregnando el aire. Y en medio de todo, los veinte monoplazas alineados como gladiadores antes de la batalla.

Nathalie ocupaba la tercera posición. Joshua, a su izquierda, la segunda. En la pole, un Red Bull que había volado en clasificación.

—La salida será clave —dijo Luca por la radio—. Summersen está justo al lado. No le dejes hueco en la primera curva.

—Lo sé.

—Y cuidado con el Red Bull. Va muy rápido en recta.

—Lo sé.

—Y...

—Luca. Lo sé.

Silencio al otro lado. Luego, una risa corta.

—Vale. Perdona. Es que... me alegra tenerte de vuelta, Nathan.

Nathalie tragó saliva.

—Yo también me alegro —mintió.

Y los semáforos se encendieron.

La salida fue una explosión.

Veinte coches lanzándose hacia la Variante del Rettifilo como balas. Nathalie apretó el acelerador a fondo, sintiendo cómo el Ferrari respondía con esa furia contenida que solo los monoplazas de F1 saben tener. A su izquierda, el McLaren de Joshua mantenía el ritmo, centímetro a centímetro.

Frenada.

La primera chicane llegó en un suspiro. Nathalie frenó tarde, muy tarde, sintiendo cómo el coche patinaba al borde del control. Joshua intentó colarse por el interior, pero ella cerró la puerta con una decisión que sorprendió incluso a los comentaristas.

—¡Buena defensa! —gritó Luca.

Nathalie no respondió. No podía. La concentración era absoluta. El Red Bull se escapaba delante, pero Joshua seguía ahí, pegado a su difusor trasero como una sanguijuela.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.