LÍnea De Meta

CAPÍTULO 7 — VICTORIA AMARGA

El podio sabe a gloria. La mentira, a ceniza.

El champán aún goteaba por su mono cuando Nathalie logró escapar del podio.

Había sonreído, había levantado el trofeo, había dedicado la victoria a "los tifosi, a mi equipo, a mi familia". Las palabras adecuadas, los gestos precisos, la actuación perfecta. Pero por dentro, por dentro solo había una pregunta martilleante: ¿quién me amenaza?

Se encerró en el hospitality de Ferrari, en la pequeña habitación privada que usaban los pilotos para descansar entre sesiones. Allí, lejos de las cámaras y los micrófonos, se permitió un segundo de debilidad. Apoyó la frente contra la pared fría y respiró hondo.

—Nathan —la voz de Luca sonó tras la puerta—. ¿Estás bien?

Se enderezó como un resorte.

—Sí. Solo necesito un momento.

—Claro, claro. Tómate el tiempo que quieras. Pero luego... hay alguien que quiere verte.

Nathalie frunció el ceño.

—¿Quién?

—Summersen. El de McLaren. Dice que quiere felicitarte en persona.

El corazón le dio un vuelco.

—Dile que...

—Ya se lo he dicho. Pero insiste. Dice que es importante.

Nathalie cerró los ojos. Podía negarse, claro. Podía esconderse tras la excusa del cansancio, de los medios, de cualquier cosa. Pero sabía que Joshua no se rendiría. Sabía que, de algún modo, volvería a encontrarla.

—Que pase —dijo al fin.

Joshua entró en la habitación con esa seguridad que solo tienen los que no tienen nada que ocultar.

Llevaba el mono de McLaren aún puesto, manchado de champán y sudor. El cabello negro seguía revuelto, las puntas enroscadas enmarcando un rostro que, pensó Nathalie, era demasiado atractivo para ser real. Los ojos dorados la escanearon de arriba abajo en un instante, como si buscaran algo, como si supieran que había algo que encontrar.

—Gracias por recibirme —dijo.

—Luca dijo que era importante.

—Lo es.

Se sentó frente a ella sin pedir permiso. La mesa que los separaba era pequeña, de esas que usan los equipos para las reuniones rápidas. Joshua apoyó los codos, entrelazó los dedos, y la miró fijamente.

—Tengo una teoría —dijo.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

Nathalie mantuvo el rostro impasible. Era lo único que podía hacer.

—Suena interesante.

—No sé si interesante. Suena a locura, probablemente. Pero llevo semanas dándole vueltas, y no encuentro otra explicación.

—Explícame, entonces.

Joshua inclinó ligeramente la cabeza. Un gesto casi tierno, casi íntimo.

—El Nathan que conocía antes del accidente era un piloto agresivo, instintivo, a veces temerario. El Nathan que ha vuelto es... diferente. Más preciso. Más contenido. Más... elegante. Como si condujera con la cabeza y no con el corazón.

—Ya te dije...

—Lo sé. Los accidentes cambian a la gente. Pero hay algo más. Algo que no sé explicar.

Hizo una pausa. Sus ojos dorados parecían querer perforar el alma de Nathalie.

—Cuando te miro —continuó—, no veo al rival al que quería vencer. Veo a alguien... distinto. Alguien que me genera cosas que no debería generar un rival.

Nathalie sintió que el suelo se movía.

—¿Qué cosas?

Joshua dudó. Por primera vez desde que lo conocía, lo vio dudar.

—No lo sé —admitió—. Ese es el problema. No sé qué siento. Solo sé que no puedo dejar de pensar en ti. En cómo conduces. En cómo me miras. En cómo...

Se detuvo.

—Olvídalo —dijo, levantándose—. Ha sido una tontería.

—Joshua.

Se giró.

Nathalie no sabía qué decir. Las palabras se agolpaban en su garganta, todas queriendo salir a la vez: la verdad, la mentira, el miedo, la esperanza.

—Gracias —dijo al fin—. Por... decirlo.

Joshua la miró largamente. Luego, lentamente, esbozó una sonrisa triste.

—No sé quién eres —dijo—. Pero quiero descubrirlo.

Salió de la habitación.

Nathalie se quedó inmóvil, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que la verdad los destrozara a ambos.

Tres semanas después, en Mónaco, la oportunidad llegó.

El Gran Premio de Mónaco era el más glamuroso del calendario. Yates en el puerto, joyas en los cuellos de las modelos, champán fluyendo como agua. Y entre toda esa frivolidad, una gala benéfica a la que todos los pilotos estaban obligados a asistir.

Nathalie vio la invitación y supo que era el momento.

Si quería descubrir quién la amenazaba, quién había manipulado el coche de Nathan, necesitaba información. Y la información, en el mundo de la Fórmula 1, no se encontraba en los boxes. Se encontraba en las fiestas, en las conversaciones de pasillo, en los secretos que los ricos y poderosos susurraban cuando creían que nadie escuchaba.

Pero no podía ir como Nathan.

Necesitaba ser Nathalie.

El proceso de transformación duró tres horas.

Las extensiones de cabello castaño claro, exactamente del mismo tono que el suyo, le devolvieron la melena hasta los hombros. El maquillaje, suave pero estratégico, acentuaba sus ojos avellana y suavizaba sus facciones. El vestido —negro, sencillo, elegantemente ceñido— celebraba cada curva de su cuerpo sin ser vulgar.

Cuando se miró al espejo, Nathalie no se reconoció.

Llevaba tanto tiempo siendo Nathan que había olvidado quién era ella. Pero ahí estaba, frente a sus propios ojos: Nathalie DiMarco. La hermana invisible. La mujer que no existía para el mundo.

—Vuelvo a casa —susurró.

Y salió a la noche.

***

La gala se celebraba en el Hotel de Paris, frente al casino de Montecarlo.

Nathalie llegó en un taxi discreto, sin alfombra roja, sin flashes. Nadie la esperaba. Nadie sabía quién era. Y esa invisibilidad, tan dolorosa en otros contextos, hoy era su mejor arma.

Recorrió la sala con la mirada, buscando rostros conocidos. Jefes de equipo. Patrocinadores. Periodistas. Y entre todos ellos, una figura que le heló la sangre.




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