Brindamos por lo que tenemos. Lloramos por lo que escondemos.
La resaca moral de la gala duró tres días.
Nathalie no podía quitarse de la cabeza la imagen de Joshua en esa terraza, los ojos dorados brillando bajo la luz de Mónaco, la voz grave diciendo "me gustaría volver a verte". Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Cada vez que intentaba concentrarse en el simulador, su rostro aparecía entre los datos de telemetría.
Era una obsesión. Una obsesión peligrosa.
—Nathan —la voz de Luca la sacó de su ensimismamiento—. Llevas diez minutos mirando la misma gráfica. ¿Ocurre algo?
Nathalie parpadeó.
—No. Todo bien. Sólo... analizando.
—Pues analiza más rápido. En dos horas tienes rueda de prensa.
Rueda de prensa. Otra actuación. Otra máscara.
—Voy.
Se levantó, se ajustó el mono, y caminó hacia la sala donde la esperaban los periodistas. Pero antes de cruzar la puerta, su móvil vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
"Bonito vestido negro. Lástima que tuvieras que quitártelo tan pronto."
El corazón se le paró.
Miró a su alrededor, buscando caras conocidas, buscando al culpable. Pero solo encontró mecánicos, ingenieros, periodistas. Caras anónimas. Caras que podían ser cualquiera.
—¿Nathan? —Luca la llamaba desde la puerta—. ¿Vienes?
—Sí —respondió, guardando el móvil con mano temblorosa—. Sí, voy.
Pero mientras entraba en la sala de prensa, mientras los flashes la cegaban y las preguntas llovían, una parte de su mente seguía en esa terraza de Mónaco, preguntándose quién la vigilaba, quién sabía, quién quería destruirla.
La rueda de prensa fue un suplicio.
—Nathan, ¿cómo afrontas la próxima carrera después de tu gran actuación en Monza?
—Nathan, ¿crees que puedes pelear por el campeonato?
—Nathan, ¿qué opinas de Joshua Summersen? Ha dicho en varias entrevistas que eres el rival más interesante que ha tenido.
Esa última pregunta la descolocó.
—¿Qué ha dicho? —preguntó, antes de poder controlarse.
El periodista sonrió, satisfecho de haber logrado una reacción.
—Que le fascinas. Que no puede dejar de pensar en ti. Palabras textuales.
Las risas recorrieron la sala. Los periodistas tomaron nota. Las cámaras enfocaron.
Nathalie tragó saliva.
—Joshua es un gran piloto —respondió, recuperando la compostura—. Respeto su talento. Pero mi único objetivo es ganar. Lo demás no importa.
Mentira. Todo mentira.
Porque lo demás importaba. Importaba demasiado.
Esa noche, en su habitación de hotel, Nathalie tomó una decisión.
Necesitaba descubrir quién era el anónimo. Necesitaba saber hasta dónde llegaba su conocimiento, qué quería, cómo amenazaba su secreto. Y para eso, necesitaba volver a ser Nathalie.
Pero esta vez, no sería en una gala pública.
Esta vez, iría a los lugares donde la información realmente fluía: los bares de mala muerte que frecuentaban los mecánicos, los garajes donde se fraguaban las trampas, las sombras donde los secretos se compraban y vendían como mercancía.
Se miró al espejo.
—Vuelves a la guerra —susurró.
Y comenzó a transformarse.
El bar se llamaba "Il Bunker" y estaba en las afueras de Mónaco, lejos del glamour del puerto y los casinos.
Era un antro de mala muerte donde los mecánicos ahogaban sus penas después de las carreras, donde los periodistas sin escrúpulos compraban información a cambio de bebida, donde las sombras se movían con la libertad de quien no tiene nada que perder.
Nathalie entró con el cabello largo —extensiones de nuevo—, un vestido sencillo pero sugerente, y una actitud de mujer que busca problemas. El humo de los cigarrillos le llenó los pulmones nada más cruzar la puerta. El olor a alcohol barato y sudor impregnaba cada rincón.
—¿Qué pongo, princesa? —preguntó el camarero, un hombre enorme con brazos tatuados.
—Whisky. Doble.
—¿Buscas algo?
—Información.
El camarero arqueó una ceja, pero sirvió la copa sin hacer más preguntas. En lugares como aquel, las preguntas eran moneda de cambio.
Nathalie recorrió la sala con la mirada. Hombres y mujeres de espaldas curvadas, conversaciones en voz baja, miradas furtivas. Y en una mesa del fondo, solo, un hombre que le resultó vagamente familiar.
Se acercó.
—¿Este sitio es siempre tan alegre? —preguntó, sentándose sin invitación.
El hombre levantó la vista. Tendría unos cincuenta años, la cara marcada por décadas de trabajo en boxes, las manos ásperas apoyadas sobre una cerveza a medio beber.
—Depende de lo que busques —respondió.
—Información sobre un accidente.
El hombre la miró largamente. Luego, con lentitud, esbozó una sonrisa sin dientes.
—Siéntate, niña bonita. Vas a necesitar algo más fuerte que ese whisky.
La conversación duró dos horas.
El hombre, que se hacía llamar "Enzo" aunque ese no fuera su nombre, había trabajado para Ferrari durante quince años. Conocía los secretos del equipo, las miserias de los pilotos, las trampas que se escondían tras los focos. Y conocía, también, algo sobre el accidente de Nathan.
—El coche fue manipulado —dijo, bajando la voz—. Lo supe desde el primer momento.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque vi a alguien en el garaje la noche antes de la carrera. Alguien que no debería estar allí.
Nathalie sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿A quién?
—No lo sé. Iba encapuchado. Pero vi algo. Una marca. Un tatuaje en la muñeca. Un símbolo raro, como una serpiente enroscada.
Nathalie anotó mentalmente.
—¿Puedes describirlo mejor?
—No hace falta. Lo reconocería si lo viera.
El silencio se alargó.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó Nathalie—. ¿Por qué no has ido a la policía?
Enzo soltó una carcajada amarga.
—¿A la policía? Niña, en este mundo la policía no existe. Existe el dinero, el poder, y los secretos. Yo tengo un secreto. Si lo vendo, puedo conseguir lo que quiera. Si lo regalo, estaré muerto en una semana.
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Editado: 20.03.2026