El enemigo no lleva cara. Lleva sonrisa.
Los días siguientes fueron un ejercicio de equilibrio imposible.
Nathalie se movía por el paddock como un trapecista sobre un abismo, consciente de que cualquier paso en falso podía precipitar su caída. Por un lado, estaba Joshua: sus mensajes, sus miradas, sus constantes intentos de acercarse a "Nathan" para hablar de "Nathalie". Por otro, estaba el anónimo: mensajes cada vez más explícitos, cada vez más amenazantes, cada vez más cerca.
Y en medio, ella. Atrapada entre el deseo y el miedo.
—Nathan, ¿estás escuchando?
Luca la miraba con esa expresión de preocupación que últimamente aparecía demasiado a menudo.
—Sí, claro. La configuración para Silverstone.
—Llevo cinco minutos hablando de los neumáticos.
—Neumáticos. Sí. Los delanteros...
—Nathan. —Luca se quitó las gafas y la miró fijamente—. ¿Qué te pasa? Desde que volviste... no sé. Estás distinto. Distraído.
Nathalie tragó saliva.
—Es el accidente. Todavía... me cuesta.
Luca asintió lentamente. Demasiado lento.
—Si necesitas hablar...
—Estoy bien. De verdad.
—Vale. Pero si algo cambia...
—Lo sé. Gracias, Luca.
Él dudó un momento, como si quisiera decir algo más. Luego se encogió de hombros y volvió a sus gráficas.
Nathalie respiró hondo.
Otro día superado. Otra mentira mantenida.
Pero en el fondo sabía que la cuerda no aguantaría mucho más.
Esa tarde, mientras revisaba datos en el hospitality de Ferrari, su móvil vibró.
No era el anónimo. Era Joshua. Al número suyo, no el que le ponía el nombre del Gran Campione, no al de su farsa.
"¿Puedo verte esta noche? Necesito hablar contigo."
El corazón le dio un vuelco.
Llevaba días evitándolo. Desde aquel beso en la calle de Mónaco, desde su confesión a "Nathan", Joshua no había dejado de enviarle mensajes. Unos tiernos, otros intensos, todos peligrosos. Y ella había respondido con evasivas, con excusas, con silencios.
Pero no podía evitarlo para siempre.
"¿Dónde?", respondió.
"El mirador del puerto. 22:00. Por favor, ven."
Nathalie cerró los ojos.
—Otra vez —susurró—. Otra vez voy a caer.
Y comenzó a prepararse.
El mirador del puerto de Mónaco era uno de esos lugares que parecían diseñados para el amor.
Las luces de los yates se reflejaban en el agua negra como estrellas caídas. El rumor de las olas contra el muelle creaba una banda sonora íntima, casi secreta. Y Joshua estaba allí, apoyado en la barandilla, mirando el horizonte con esa expresión suya de eterno insatisfecho.
Nathalie se acercó lentamente, el vestido azul marino meciéndose con la brisa, las extensiones de cabello castaño claro rozándole los hombros. Cuando estuvo a unos metros, Joshua se giró.
Sus ojos dorados brillaron.
—Viniste —dijo, como si no pudiera creerlo.
—Dijiste que era importante.
—Lo es.
Se acercó a ella, lentamente, como si temiera que fuera a desaparecer.
—Llevo días pensando en ti —dijo—. En el beso. En lo que sentí. En lo que siento.
—Joshua...
—Déjame terminar. Por favor.
Ella asintió.
—No sé qué me pasa contigo —continuó—. No te conozco. No sé de dónde vienes además de tu apellido, qué te gusta, qué te duele. Pero cuando estoy contigo, todo lo demás desaparece. La presión, la competición, el ruido. Solo existes tú.
Nathalie sintió que los ojos le escocían.
—No puedes decir esas cosas —susurró.
—¿Por qué no?
—Porque... porque no sabes quién soy realmente.
Joshua sonrió. Esa sonrisa tierna que solo aparecía cuando estaba con ella.
—Entonces dímelo. Dime quién eres. Todo lo que quieras. Tengo tiempo.
Nathalie abrió la boca. Por un instante, solo un instante, quiso decírselo todo. La verdad, la mentira, el miedo, la esperanza.
Pero entonces su móvil vibró.
Lo ignoró.
Vibró otra vez.
Y otra.
—¿Vas a mirarlo? —preguntó Joshua.
—No importa.
—Parece urgente.
Nathalie dudó. Luego, lentamente, sacó el móvil.
Tres mensajes del mismo número.
"Bonita cita. Lástima que él no sepa quién eres realmente."
"¿Crees que le gustaría saber que está besando a su rival?"
"La próxima vez que te vea con él, lo sabrá todo. Tú decides."
La sangre se le heló.
—¿Qué pasa? —preguntó Joshua, alarmado—. Estás pálida.
—Nada —respondió ella, guardando el móvil con mano temblorosa—. Tengo que irme.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Lo siento, Joshua. De verdad. Pero no puedo estar aquí.
Se dio la vuelta para marcharse, pero él la sujetó del brazo con suavidad.
—Nathalie, por favor. Dime qué pasa. Déjame ayudarte.
Ella se giró. Las lágrimas asomaban a sus ojos avellana.
—No puedes ayudarme —susurró—. Nadie puede.
Y escapó corriendo hacia la oscuridad, dejando a Joshua solo en el mirador, con el corazón marcando un estacato y mil preguntas sin respuesta.
A la mañana siguiente, el paddock hervía de rumores.
—¿Has oído? Dicen que Ferrari va a hacer pruebas con un nuevo piloto.
—No, hombre, si Nathan está en plena forma.
—Eso dicen. Pero los rumores vienen de arriba. De muy arriba.
Nathalie caminaba entre los mecánicos como un fantasma, escuchando fragmentos de conversaciones que helaban la sangre. Alguien estaba filtrando información. Alguien quería desestabilizarla.
—Nathan.
Se giró. Luca la miraba con una expresión que no supo interpretar.
—Tenemos que hablar. En privado.
El corazón se le paró.
—Claro —respondió—. Vamos.
En la pequeña oficina de Luca, rodeados de pantallas y gráficas, la conversación fue corta y brutal.
—He recibido un correo —dijo Luca—. Anónimo. Habla de ti. De Nathan. De... cosas que no debería saber nadie.
Nathalie mantuvo el rostro impasible.
—¿Qué cosas?
—Cosas sobre el accidente. Sobre tu recuperación. Sobre... —hizo una pausa—. Sobre que quizá no eres quien dices ser.
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Editado: 20.03.2026