LÍnea De Meta

CAPÍTULO 11 — SILVERSTONE

El pasado nos persigue. El futuro nos espera. Pero el presente... el presente duele.

El café se enfriaba sobre la mesa sin que nadie lo tocara.

Nathalie llevaba veinte minutos sentada en ese bar perdido de las afueras de Mónaco, mirando la puerta, esperando. Las manos le temblaban ligeramente sobre la taza. El corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un motor a 10.000 revoluciones.

Había elegido aquel lugar por una razón: era anónimo, discreto, frecuentado por gente que no hacía preguntas. El dueño, un viejo jubilado de la F1, conocía los secretos del paddock mejor que nadie y sabía cuándo mirar hacia otro lado.

La puerta se abrió.

Joshua entró con la lentitud de quien no tiene prisa pero tampoco paz. Llevaba vaqueros oscuros, una camiseta negra, el cabello revuelto. Los ojos dorados encontraron los de ella inmediatamente, como si un imán invisible los atrajera.

Caminó hacia la mesa. Se sentó frente a ella. Y durante un largo minuto, ninguno dijo nada.

—Joshua... —empezó Nathalie.

—No.

La interrumpió con una mano levantada.

—Primero, yo.

Ella asintió, tragando saliva.

—Recibí las fotos —dijo Joshua con voz calmada, demasiado calmada—. Las vi todas. La del bar. La del beso. La del paddock con el casco.

Nathalie sintió que el estómago se le encogía.

—Y durante tres días —continuó— no hice nada. Solo pensé. Di vueltas y vueltas a todo lo que había pasado desde el accidente. Todas las conversaciones, todas las miradas, todas las veces que algo no encajaba.

Hizo una pausa. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad desgarradora.

—Y entonces lo entendí. Todo.

—Joshua...

—Eres tú. Tú eres Nathan. Has sido Nathan todo este tiempo.

La verdad, por fin dicha en voz alta, cayó entre ellos como una losa.

Nathalie no pudo sostenerle la mirada. Bajó la cabeza, las lágrimas asomando a sus ojos avellana.

—Sí —susurró—. Soy yo.

El silencio se alargó hasta volverse insoportable.

—¿Por qué? —preguntó Joshua al fin—. ¿Por qué lo hiciste?

—Por Nathan. Porque cuando tuvo el accidente, cuando entró en coma, su asiento iba a quedar vacío. Ferrari necesitaba un piloto. Y yo... yo no podía dejar que lo olvidaran. No podía dejar que su leyenda muriera.

—¿Y ahora? ¿Sigue en coma?

—Sí.

—¿Y si despierta?

—Entonces desapareceré. Y nadie sabrá nunca que estuve aquí.

Joshua negó lentamente con la cabeza.

—Eso no va a pasar.

—¿El qué?

—Que desaparezcas. Porque ahora lo sé. Y no voy a permitirlo.

Nathalie levantó la vista, confusa.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir —Joshua se inclinó sobre la mesa— que entiendo por qué lo hiciste. Que no me parece bien, pero lo entiendo. Y quiero... quiero ayudarte.

—¿Ayudarme?

—Alguien está intentando destruirte. Ese anónimo. Las fotos. Las amenazas. Y yo quiero saber quién es. Quiero saber por qué. Y quiero pararlo.

—Pero...

—Pero nada. Tú no tienes por qué hacer esto sola. Yo estuve allí. Vi el accidente. Vi cómo el coche temblaba antes de estrellarse. Y desde entonces, algo no me deja dormir. Ahora sé que era esto. Que había algo más.

Nathalie lo miró largamente. Los ojos dorados brillaban con una determinación que no había visto antes.

—¿Y la mentira? —preguntó—. ¿No te importa que te haya mentido?

—Me importa —respondió Joshua—. Me jode, la verdad. Pero entiendo por qué lo hiciste. Y además...

Hizo una pausa. Por primera vez desde que llegó, su expresión se suavizó.

—Además, lo que siento por ti no cambia por esto. Si acaso, lo entiendo mejor.

—¿El qué?

—Por qué me atraías tanto. Por qué no podía dejar de pensar en ti. Por qué cuando te veía en la pista, cuando competía contra ti, sentía algo que no había sentido nunca. Era porque ya te conocía. Porque ya te había besado. Porque ya te había elegido.

Nathalie sintió que el corazón se le desbocaba.

—Joshua...

—No me digas nada. Solo... dime si podemos hacer esto juntos. Tú y yo. Descubrir al culpable. Y de paso... ver qué pasa con nosotros.

Ella dudó un instante. Luego, lentamente, asintió.

—Sí —susurró—. Sí, podemos.

Joshua sonrió. Esa sonrisa suya, la auténtica, donde un pequeño hoyuelo se marcaba en su mandíbula, la sonrisa que solo ella conocía.

—Entonces empecemos.

***

El plan tomó forma durante las horas siguientes.

Joshua conocía a alguien en el departamento técnico de McLaren, un ingeniero que había trabajado antes en Red Bull y que podía tener acceso a información sobre Marco Donati, el mecánico del tatuaje. Nathalie, por su parte, seguiría siendo Nathan en la pista, compitiendo con normalidad, sin levantar sospechas.

—Pero tenemos que coordinarnos —dijo Joshua—. En la pista, quiero decir.

—¿Cómo?

—Necesitamos que el culpable se sienta presionado. Que crea que estamos cerca. Que actúe.

—¿Y cómo hacemos eso?

Joshua sonrió con picardía.

—Intercambiando posiciones en el podio. Tú ganas una, yo gano la siguiente. Nos turnamos. Así llamamos la atención. Los medios hablarán de nuestra rivalidad, de lo igualados que estamos. Y si el tipo que manipuló el coche de Nathan nos está vigilando, pensará que somos una amenaza. Que estamos demasiado cerca de algo. Y entonces...

—...entonces cometerá un error.

—Exacto.

Nathalie asintió lentamente.

—¿Y si funciona?

—Si funciona, lo atrapamos.

—¿Y si no?

Joshua la miró fijamente.

—Si no, lo intentamos de otra manera. Pero juntos. Siempre juntos.

Ella sintió un calor extraño en el pecho.

—Juntos —repitió.

Y por primera vez en meses, Nathalie sintió que no estaba sola.

Silverstone amaneció cubierto por un manto de nubes grises.

El Gran Premio de Gran Bretaña era uno de los más antiguos del calendario, un circuito de alta velocidad donde los coches volaban a más de 300 kilómetros por hora. Los pilotos lo adoraban y lo temían a partes iguales.




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