El altar está vacío. El ídolo, también.
La portada de La Gazzetta dello Sport ocupaba media pared del hospitality de Ferrari.
"DI MARCO, EL INVENCIBLE: TRES VICTORIAS CONSECUTIVAS Y UN SOLO OBJETIVO, EL TÍTULO", gritaba el titular. Debajo, una foto de Nathalie en el podio de Silverstone, con el casco en la mano y esa sonrisa que había aprendido a imitar a la perfección.
Nathalie la miró largamente.
—¿Te gusta? —preguntó Luca, apareciendo a su espalda.
—Es... mucha presión.
—La presión es parte del juego. A estas alturas deberías saberlo.
—Lo sé. Pero...
—¿Pero?
Nathalie negó con la cabeza.
—Nada. Olvídalo.
Luca la observó con esa mirada suya que parecía ver más allá de las palabras.
—Últimamente estás muy raro, Nathan. Desde el accidente... no sé. Como si llevaras una mochila invisible.
—Son los medios. Las expectativas.
—Puede ser. Pero si necesitas hablar...
—Gracias, Luca. De verdad.
Él asintió y se alejó, dejándola sola con su reflejo en el cristal que protegía la portada.
Nathalie se miró en él. El pelo corto, la ropa de Nathan, la expresión seria. Pero detrás de esa máscara, ella sabía quién estaba: una mujer enamorada del hombre equivocado, una hermana que no sabía si su mellizo volvería a despertar, una impostora a punto de ser descubierta.
—Aguanta —susurró—. Aguanta un poco más.
Pero cada día era más difícil.
Esa tarde, mientras revisaba datos en el simulador, su móvil vibró.
No era el anónimo. Era Joshua.
"Tengo información. Nos vemos esta noche. Lugar de siempre. 22:00."
Nathalie sonrió a pesar de todo.
"Allí estaré."
El bar de siempre estaba más vacío que otras noches.
Enzo no aparecía por allí desde hacía días, pero Joshua ya había ocupado su mesa favorita, la del fondo, la que permitía ver la puerta sin ser visto. Cuando Nathalie entró —con extensiones, vestida de mujer, ella misma—, él levantó la vista y esa sonrisa suya iluminó la penumbra.
—Has venido.
—Siempre vengo.
Se sentó frente a él. Joshua deslizó una cerveza hacia ella.
—Cuéntame —dijo Nathalie.
—He hablado con mi contacto de McLaren. El que trabajó en Red Bull.
—¿Y?
—Y me ha dado esto.
Deslizó un sobre marrón sobre la mesa. Nathalie lo abrió con manos temblorosas. Dentro había fotos, documentos, informes.
—Marco Donati —continuó Joshua—. Lleva diez años en Red Bull. Siete en el equipo de motor. Pero antes trabajó para otra escudería.
—¿Cuál?
—Ferrari.
Nathalie sintió que la sangre se le helaba.
—¿Ferrari?
—Sí. Hace ocho años. Estuvo dos temporadas. Luego lo despidieron.
—¿Por qué?
—Eso es lo interesante. Oficialmente, por "reestructuración". Pero mi contacto dice que hubo algo más. Algo relacionado con un accidente.
—¿Otro accidente?
—Sí. Un piloto de pruebas. Un tal... —Joshua consultó sus notas—. Andrea Fontana. ¿Te suena?
Nathalie frunció el ceño.
—Fontana... era piloto de desarrollo. Tuvo un accidente grave en Monza, hace años. Quedó muy mal. Creo que ya no camina.
—Exacto. Y adivina quién estaba en su equipo de mecánicos.
—Donati.
—El mismo.
El silencio se alargó.
—Esto es más grande de lo que pensábamos —dijo Nathalie.
—Mucho más. Pero también tenemos más pistas. Ahora sabemos que Donati tiene un patrón. Dos accidentes sospechosos. Dos pilotos de Ferrari. Y un vínculo con Red Bull.
—¿Crees que alguien le está pagando?
—Es posible. O quizá actúa solo. Pero necesitamos más pruebas.
Nathalie asintió lentamente.
—¿Y cómo las conseguimos?
Joshua sonrió con esa mezcla de picardía y determinación que ella empezaba a conocer tan bien.
—Lo provocamos. En la próxima carrera, hacemos lo mismo. Tú ganas, yo quedo segundo. O al revés. Llamamos la atención. Nos acercamos a Donati. Le hacemos sentir que estamos a punto de descubrir algo.
—¿Y si muerde el anzuelo?
—Entonces lo atrapamos.
Nathalie lo miró largamente. Los ojos dorados brillaban con una intensidad que la desarmaba.
—¿Por qué haces esto? —preguntó—. Podrías haberme delatado. Haber ido a la prensa. Destrozar mi carrera.
—Lo sé.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Joshua se inclinó sobre la mesa. Su rostro estaba tan cerca que ella podía sentir su calor.
—Porque te quiero —dijo simplemente.
Nathalie sintió que el corazón se le paraba.
—¿Qué?
—Te quiero. Lo supe en Mónaco, cuando te vi en esa terraza. Lo supe cuando me besaste. Lo supe cuando descubrí la verdad y lo único que pude pensar fue en protegerte.
—Joshua...
—No me digas nada. Solo quería que lo supieras. Para que no haya más mentiras entre nosotros.
Ella tragó saliva. Las palabras se agolpaban en su garganta, todas queriendo salir a la vez.
—Yo también —susurró al fin—. Yo también te quiero.
La sonrisa de Joshua iluminó la penumbra del bar.
—Entonces —dijo—, ¿qué hacemos ahora?
—Ganar —respondió Nathalie—. Y atrapar a ese hijo de puta.
***
El Gran Premio de Hungría fue un baile perfectamente coreografiado.
Nathalie dominó la clasificación con una vuelta impecable. Joshua se quedó a solo dos décimas, segundo en parrilla. Los medios volvieron a enloquecer.
—¡Otra vez DiMarco y Summersen! —gritaban los titulares—. ¡La rivalidad del siglo!
Lo que no sabían es que, mientras ellos escribían, los dos rivales cenaban juntos en un apartamento discreto de Budapest, planeando su siguiente movimiento.
—Mañana ganas tú —dijo Nathalie, mordisqueando una aceituna.
—¿Segura?
—Segura. Necesitamos que Donati vea que estamos igualados. Que no hay un claro dominador. Que cualquiera puede ganar.
—¿Y si eso le hace actuar?
—Eso esperamos.
Joshua asintió.
—Hay algo más —dijo—. Mi contacto me ha pasado los registros de Donati de los últimos meses. Ha estado en todos los circuitos donde hemos corrido. Pero hay uno donde no había carrera.
#822 en Novela contemporánea
#2474 en Novela romántica
#826 en Chick lit
velocidad y adrenalina, mentiras hermanos, amor secretos accion
Editado: 20.03.2026