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CAPÍTULO 13 — EL PASADO TIENE NOMBRE

Los fantasmas no existen. Hasta que llaman a tu puerta.

El hospital olía a desinfectante y derrota.

Nathalie lo notó nada más cruzar las puertas automáticas: ese olor característico de los lugares donde la gente espera, donde la gente sufre, donde la gente a veces se va para no volver. Acompañaba a Joshua con paso firme, pero por dentro era un manojo de nervios.

—¿Seguro que esto es buena idea? —preguntó en voz baja.

—Es la única manera de saber la verdad —respondió Joshua, apretándole la mano un instante—. Fontana estuvo ahí. Vivió algo muy parecido a lo de Nathan. Si alguien puede ayudarnos, es él.

Subieron a la cuarta planta. Recorrieron un pasillo interminable flanqueado por puertas idénticas. Finalmente, se detuvieron ante la número 17.

—¿Lista? —preguntó Joshua.

—No —respondió Nathalie—. Pero vamos igual.

Llamaron.

Andrea Fontana tenía cuarenta y dos años, pero aparentaba sesenta.

El accidente le había robado mucho más que la capacidad de caminar. Le había robado la juventud, la esperanza, las ganas de vivir. Estaba sentado en una silla de ruedas junto a la ventana, mirando la lluvia caer sobre Milán, cuando ellos entraron.

—¿Fontana? —preguntó Joshua.

El hombre se giró lentamente. Sus ojos, de un azul apagado, los recorrieron sin expresión.

—Depende de quién pregunte.

—Me llamo Joshua Summersen. Piloto de McLaren. Y ella es...

—La hermana de Nathan DiMarco —completó Fontana—. Os he visto en la tele. Buenas carreras las vuestras.

Nathalie parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo sabe quién soy?

Fontana sonrió con amargura.

—Porque los que vivimos esto aprendemos a ver más allá de los cascos. Tú no eres Nathan. Lo supe desde la primera carrera que vi después del accidente.

El silencio se hizo pesado.

—¿Y no ha dicho nada? —preguntó Joshua.

—¿Para qué? No es asunto mío. Además... —su mirada se perdió en el horizonte—. Además, entiendo por qué lo hace. Yo también tuve a alguien que quiso ocupar mi lugar. No pudo.

Nathalie sintió un nudo en la garganta.

—¿Quién?

—Mi hermano pequeño. Quería suplantarme, seguir compitiendo en mi nombre. Le dije que no. Que era demasiado peligroso. Y ahora... ahora está muerto.

—¿Muerto?

—Accidente de tráfico. Tres años después del mío. A veces pienso que si le hubiera dejado... si hubiera seguido vivo de alguna manera... quizá...

No terminó la frase.

Nathalie se acercó lentamente. Se arrodilló junto a la silla de ruedas, mirándolo a los ojos.

—Lo siento —susurró—. Lo siento mucho.

Fontana la observó largamente. Luego, asintió.

—Cuéntame —dijo—. Cuéntame por qué estáis aquí.

La conversación duró dos horas.

Fontana habló de su accidente, ocurrido nueve años atrás, en una sesión de pruebas privadas en Monza. El coche había perdido el control al salir de la Parabólica, igual que el de Nathan en Eau Rouge. Los informes oficiales hablaron de un fallo mecánico. Pero Fontana siempre supo que había sido otra cosa.

—Sentí algo raro en el coche —dijo—. Una vibración. Como si algo se hubiera roto. Justo antes de perder el control.

—Igual que Nathan —susurró Nathalie.

—¿Tu hermano también lo sintió?

—Sí. Lo vi en la telemetría. Hubo un pico extraño justo antes del impacto.

Fontana asintió lentamente.

—¿Investigasteis quién pudo ser?

—Lo intentamos. Pero Ferrari lo tapó todo. Demasiado rápido. Demasiado bien.

—¿Y el mecánico? ¿Había alguien sospechoso en el equipo?

Fontana frunció el ceño.

—Había un tipo... Marco, creo. No recuerdo el apellido. Llevaba poco tiempo en el equipo. Después del accidente, desapareció.

Nathalie y Joshua se miraron.

—¿Marco Donati? —preguntó Joshua.

—Sí, ese. Marco Donati. ¿Le conocéis?

—Lo estamos investigando.

Fontana se incorporó en la silla, la primera chispa de interés que mostraba en años brillando en sus ojos apagados.

—¿Creéis que él hizo lo de Nathan?

—Y lo tuyo —respondió Nathalie—. Creemos que es el mismo.

—Hijo de puta.

El odio en su voz era tan puro, tan cristalino, que helaba la sangre.

—Quiero ayudar —dijo Fontana—. Quiero ayudaros a cazarlo.

—¿Cómo? —preguntó Joshua.

—Conservo contactos. Gente que todavía trabaja en Ferrari. Gente que me debe favores. Si Donati actuó dos veces, quizá haya más víctimas. Más accidentes. Más pruebas.

Nathalie asintió.

—Cualquier cosa sirve. Documentos, testimonios, registros...

—Lo sé. Dejadme unos días. Y no volváis aquí. Es peligroso.

—¿Por qué?

Fontana sonrió con amargura.

—Porque si Donati os está siguiendo, y descubre que habéis hablado conmigo... entonces sabrá que estáis más cerca de lo que cree.

El silencio se alargó.

—Gracias —dijo Nathalie—. De verdad.

—No me las des. Todavía. Cuando atrapemos al hijo de puta, entonces me las das.

Salieron del hospital con el alma encogida y el corazón acelerado.

—Tenemos que protegerlo —dijo Nathalie cuando estuvieron en el coche.

—Lo sé. Hablaré con mi contacto de McLaren. Que vigilen el hospital.

—¿Crees que Donati podría...?

—No lo sé. Pero no podemos arriesgarnos.

Nathalie asintió. Luego, apoyó la cabeza en el hombro de Joshua y cerró los ojos.

—Estoy cansada —susurró.

—Lo sé.

—Muy cansada.

—Lo sé.

—Pero no puedo parar.

Joshua le rozó la mejilla con los labios.

—No hace falta que pares. Solo hace falta que respires. Yo llevo el resto.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero auténtica.

Y mientras el coche atravesaba las calles de Milán bajo la lluvia, dos almas heridas encontraron, por un instante, un poco de paz.

Tres días después, Fontana llamó.

—Tengo algo —dijo—. Venid. Solos.




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