LÍnea De Meta

CAPÍTULO 14 — RUMOR

Las palabras vuelan. Las balas, también.

El apartamento de Fontana era pequeño, oscuro, abarrotado de recuerdos.

Fotografías enmarcadas cubrían cada centímetro de las paredes: Fontana joven, Fontana en el podio, Fontana abrazando a su hermano. Trofeos polvorientos se acumulaban en las estanterías. Y en el centro de la sala, una mesa de madera desgastada sostenía un ordenador portátil y una pila de documentos.

—Sentaos —dijo Fontana desde su silla de ruedas—. Esto va a llevar un rato.

Nathalie y Joshua obedecieron. La tensión era palpable, eléctrica.

—He estado hablando con mis contactos —comenzó Fontana—. Gente que todavía trabaja en Ferrari, gente que estuvo allí cuando pasó lo mío. Y he encontrado algo.

Deslizó un sobre amarillo sobre la mesa.

—Registros de nóminas de hace nueve años. Donati aparece en ellos. Trabajaba en el equipo de motor, como sospechábamos. Pero hay algo más.

—¿El qué? —preguntó Joshua.

—La semana antes de mi accidente, Donati pidió el cambio de turno. Quería trabajar en el turno de noche, solo. Dijo que tenía problemas personales, que necesitaba adaptar su horario.

—¿Y se lo concedieron?

—Sí. Y la noche antes de mi accidente, las cámaras de seguridad del garaje se "estropearon". Mantenimiento programado, dijeron. Pero nadie recuerda haber autorizado ese mantenimiento.

Nathalie sintió un escalofrío.

—¿Tienes pruebas?

—Tengo esto.

Fontana abrió un archivo en el ordenador. En la pantalla apareció un documento escaneado, un formulario de mantenimiento con fechas y firmas.

—La firma es falsa —dijo—. Mi contacto en seguridad lo ha verificado. Alguien la imitó. Alguien que sabía cómo hacerlo.

—Donati —susurró Joshua.

—Probablemente. Pero hay más.

Fontana pasó a otra imagen. Esta vez era una fotografía granulada, como sacada de una cámara de seguridad de baja calidad.

—Esto es del día de mi accidente. La única cámara que funcionaba en esa zona. No se ve bien, pero... mirad.

Amplió la imagen. En un rincón del garaje, medio oculto por una columna, se distinguía una figura. Llevaba mono de mecánico y una gorra calada hasta las cejas. Pero en la muñeca, cuando levantaba el brazo para ajustarse algo, se veía una marca.

Una serpiente enroscada.

—Hijo de puta —dijo Joshua.

—El mismo —confirmó Fontana.

Nathalie apretó los puños. La rabia le quemaba por dentro.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó.

—Ahora —respondió Fontana—, vamos a por él.

Esa noche, en el apartamento de Joshua, planearon su siguiente movimiento.

—No podemos ir a la policía —dijo Joshua—. No con estas pruebas. Son indicios, no evidencias sólidas. Necesitamos algo más.

—¿Como qué? —preguntó Nathalie.

—Una confesión. O que vuelva a intentarlo.

—¿Quieres usarnos de cebo?

—Es la única manera. Si Donati nos ve como una amenaza, si cree que estamos a punto de descubrirle, actuará. Y cuando lo haga, lo atraparemos.

Nathalie guardó silencio. La idea era lógica, pero también aterradora.

—¿Y si no muerde el anzuelo? —preguntó.

—Entonces seguiremos buscando. Pero tengo un plan para acelerar las cosas.

—¿Qué plan?

Joshua sonrió.

—Vamos a filtrar una historia. Una historia que diga que Ferrari está investigando el accidente de Nathan por su cuenta. Que han encontrado algo sospechoso. Y que pronto habrá noticias.

—¿Y eso hará que Donati se asuste?

—Si es culpable, sí. Y si se asusta, cometerá errores.

Nathalie asintió lentamente.

—¿Y quién filtra la historia?

—Tengo un periodista amigo. Alguien de confianza. Publicará la noticia mañana.

—¿Y nosotros?

—Nosotros seguimos compitiendo. Dándolo todo en la pista. Haciendo que parezca que no sabemos nada. Y esperando.

Nathalie lo miró largamente.

—A veces me asustas —dijo.

—¿Por qué?

—Por lo bien que piensas. Por lo frío que puedes ser.

Joshua se acercó a ella. Le rozó la mejilla con los dedos.

—No soy frío contigo —susurró—. Contigo soy todo lo contrario.

Ella apoyó la frente contra la suya.

—Lo sé —dijo—. Y eso es lo que me da más miedo.

Al día siguiente, la noticia explotó.

"FUENTES DE FERRARI CONFIRMAN: INVESTIGAN POSIBLE SABOTAJE EN EL ACCIDENTE DE NATHAN DI MARCO", titulaba el periódico de mayor tirada de Italia.

El paddock se convulsionó.

En la entrada del circuito, los periodistas acosaban a los jefes de equipo. En los garajes, los mecánicos cuchicheaban en grupos. En las redes sociales, las teorías conspirativas se multiplicaban como conejos.

Nathalie, en la piel de Nathan, caminaba entre el tumulto con el rostro impasible. Por dentro, el corazón le latía con fuerza. Pero por fuera, era la estatua que todos esperaban.

—Nathan, ¿es cierto que investigáis un sabotaje?
—Nathan, ¿crees que tu accidente fue provocado?
—Nathan, ¿qué sabes de todo esto?

Ella levantó una mano pidiendo silencio.

—No puedo comentar nada —dijo con la voz grave que había perfeccionado—. Hay una investigación en curso. Lo único que puedo decir es que confío en mi equipo y en la justicia.

Las preguntas siguieron lloviendo, pero ella se escabulló hacia el interior del hospitality.

Una vez dentro, sola, se permitió respirar.

—Ha funcionado —susurró.

Su móvil vibró.

"Bien jugado. Pero cuidado. Los perros de caza también pueden convertirse en presas."

El anónimo. Siempre el anónimo.

Nathalie borró el mensaje y guardó el móvil.

—Ya veremos —dijo en voz alta—. Ya veremos quién caza a quién.

Esa tarde, durante los entrenamientos libres, ocurrió.

Nathalie salió a pista para su segunda vuelta rápida cuando sintió algo extraño en el coche. Una vibración apenas perceptible en el tren trasero. Exactamente igual que la vez anterior.

Su corazón dio un vuelco.

—Luca —dijo por la radio, esforzándose por mantener la calma—, algo raro en el coche. Vibración en la trasera.




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