Cuando el cazador se convierte en presa, la selva tiembla.
La vibración en el coche no fue casualidad.
Los mecánicos de Ferrari tardaron tres horas en encontrar la causa: un pequeño cable suelto en el sistema de frenos traseros, casi imperceptible, pero suficiente para provocar un fallo catastrófico a alta velocidad. Si Nathalie no hubiera sentido la vibración, si no hubiera entrado en boxes...
—Alguien quiere matarte —dijo Luca con el rostro pálido—. Esto no es un error. Esto es sabotaje.
Nathalie mantuvo la compostura. Por fuera, era Nathan, el piloto imperturbable. Por dentro, el miedo le helaba la sangre.
—¿Tenéis idea de quién pudo ser? —preguntó.
—Las cámaras de seguridad están siendo revisadas. Pero el que hizo esto sabe lo que hace. Eligió un momento de cambio de turno, cuando hay menos gente. Profesional.
—Demasiado profesional.
Luca la miró fijamente.
—Tú sabes algo —dijo—. Lo noto.
—No sé nada seguro.
—Pero sospechas.
Nathalie dudó. Luca era su ingeniero, su confidente, su apoyo en el equipo. Pero involucrarlo era peligroso. Para él. Para ella. Para todos.
—Luca —dijo al fin—. Confía en mí. Estoy investigando. Cuando sepa algo, serás el primero en enterarte.
Él la observó. Luego, lentamente, asintió.
—Ten cuidado, Nathan. O quienquiera que seas.
El corazón de Nathalie dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir?
—Que no soy tonto. Que llevo veinte años en esto. Y que sé cuándo algo no encaja. Pero también sé que lo que sea que estés haciendo, lo haces por las razones correctas. Así que... ten cuidado.
Salió del garaje sin esperar respuesta.
Nathalie se quedó inmóvil, procesando sus palabras. Luca sabía. O al menos sospechaba. Y a pesar de eso, la protegía.
—Gracias —susurró al vacío.
Esa noche, el mensaje llegó mientras cenaba con Joshua en su apartamento.
"El cable era un aviso. La próxima vez no habrá aviso. Deja de investigar o tú y tu novio de McLaren acabaréis como Nathan. O peor."
Nathalie dejó el móvil sobre la mesa con manos temblorosas.
—Ha sido él —dijo.
Joshua leyó el mensaje. Sus ojos dorados se endurecieron.
—Este hijo de puta...
—Quiere asustarnos.
—Lo está consiguiendo.
Nathalie negó con la cabeza.
—No. No va a conseguirlo. Pero necesitamos actuar ya. Antes de que sea demasiado tarde.
Joshua asintió.
—Tengo una idea.
—¿Qué clase de idea?
—Una peligrosa.
—Me gusta.
Joshua sonrió a pesar de todo.
—Sabía que dirías eso.
El plan era sencillo en teoría, complicado en ejecución.
Usarían la siguiente carrera, en Monza, como escenario. Joshua filtraría información falsa sobre una prueba concluyente que demostraba el sabotaje. Nathalie, como Nathan, daría una rueda de prensa hablando de "nuevos descubrimientos". Y esperarían.
—Donati estará allí —dijo Joshua—. En Monza. Verá la tele, oirá los rumores. Y si cree que estamos a punto de desenmascararlo, hará algo.
—¿El qué?
—Intentará silenciarnos. De una vez por todas.
—¿Y cómo lo atrapamos entonces?
—Con esto.
Joshua sacó un pequeño dispositivo del bolsillo. Parecía un botón, o un imán diminuto.
—Localizador GPS. Lo pondré en su coche. Sabremos dónde está en todo momento.
—¿Y si no viene solo?
—Entonces sabremos con quién viene.
Nathalie lo miró largamente.
—Eres terrorífico —dijo.
—Tú también. Por eso funcionamos.
Ella sonrió. Pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Joshua —dijo—. Si esto sale mal...
—No va a salir mal.
—Pero si sale mal... quiero que sepas que...
—Lo sé —la interrumpió—. Lo sé todo. Y yo también.
Se miraron. Y en esa mirada estaba todo lo que las palabras no podían decir.
Tres días después, Monza los esperaba.
El Templo de la Velocidad estaba engalanado para la ocasión. Banderas rojas por todas partes, tifosi enloquecidos, un ambiente eléctrico que solo Italia sabía crear. Nathalie, en la piel de Nathan, recorrió el paddock con la seguridad aprendida, pero por dentro era un manojo de nervios.
La rueda de prensa fue un éxito.
—Tenemos nuevas pruebas —dijo ante los micrófonos—. Pruebas que demuestran que mi accidente no fue casual. Pronto habrá noticias.
Las preguntas llovieron. Los flashes estallaron. El mundo de la Fórmula 1 se convulsionó.
Y en algún lugar de las gradas, oculto entre la multitud, Marco Donati observaba con los ojos clavados en la pantalla.
—Hijo de puta —murmuró—. Vas a pagarlo.
Esa noche, el GPS marcó movimiento.
—Se dirige hacia el circuito —dijo Joshua, mirando la pantalla de su móvil—. A esta hora, no hay nadie allí.
—Va a por el coche —susurró Nathalie.
—O a por nosotros.
Se miraron. La decisión estaba tomada.
—Vamos —dijo ella.
Y salieron a la noche.
El circuito de Monza, de noche, era un lugar fantasmagórico.
Las tribunas vacías parecían esqueletos de cemento. Las luces de seguridad proyectaban sombras alargadas sobre el asfalto. El silencio era tan denso que se podía cortar.
Nathalie y Joshua se deslizaron por el paddock como sombras, siguiendo la señal del GPS. Donati estaba en el garaje de Ferrari. Solo.
—¿Cómo entramos? —susurró ella.
—Por la puerta trasera. La de mantenimiento. Conozco el código.
—¿Cómo?
—Investigación. Nunca se sabe cuándo puede hacer falta.
Nathalie lo miró con admiración.
—Eres un caso, Summersen.
—Ya lo sé.
Entraron.
El garaje estaba a oscuras, pero una tenue luz se filtraba desde el fondo, de la zona donde guardaban los monoplazas. Se acercaron con sigilo, pegados a las paredes, conteniendo la respiración.
Y entonces lo vieron.
Donati estaba inclinado sobre el Ferrari de Nathalie, manipulando algo en la suspensión trasera. Llevaba guantes, una linterna frontal, y una mochila a los pies llena de herramientas.
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Editado: 20.03.2026