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CAPÍTULO 17 — CONFRONTACIÓN

La verdad duele. Pero la mentira mata.

El silencio en el plató duró cinco segundos que parecieron cinco horas.

Nathalie mantenía la mirada fija en la cámara, el corazón latiéndole con tanta fuerza que creía que todos podían oírlo. Las extensiones de cabello castaño claro le rozaban los hombros, liberadas por fin del casco que había sido su prisión durante meses.

El presentador fue el primero en reaccionar.

—Señorita DiMarco... esto es... ¿puede explicarnos?

—Puedo —respondió ella con una voz que, por primera vez, era completamente suya—. Y lo haré.

Durante los siguientes veinte minutos, Nathalie habló sin pausa. Contó todo: la muerte simbólica de Nathan, el coma, la decisión de ocupar su lugar, las carreras, las mentiras, el miedo constante a ser descubierta. Habló de Donati, del sabotaje, de la investigación. Y habló, también, de Joshua.

No mencionó el amor. No era el momento. Pero dijo lo suficiente para que el mundo entendiera que no había estado sola.

Cuando terminó, el plató estalló.

Los periodistas gritaban preguntas. Las cámaras enfocaban desde todos los ángulos. El público en las gradas aplaudía, abucheaba, lloraba. Era un caos absoluto.

Y en medio de todo, Nathalie solo buscaba una cosa: los ojos dorados de Joshua.

Los encontró al fondo, entre las sombras. Él sonrió. Esa sonrisa suya, la auténtica, la que solo ella conocía.

Y supo que, pasara lo que pasara, todo iba a estar bien.

Las horas siguientes fueron un torbellino.

El teléfono de Nathalie no paraba de vibrar. Llamadas de Luca, de Ferrari, de periodistas de medio mundo. Mensajes de apoyo, mensajes de odio, mensajes de gente que no sabía qué pensar. Las redes sociales ardían con su nombre convertido en tendencia mundial.

#NathalieDiMarco
#LaPrincesaDelCaballloRampante
#Impostora
#VerdadYJusticia

Los hashtags se peleaban por dominar el debate público. Italia estaba dividida: mitad del país la aclamaba como heroína, mitad la condenaba como farsante.

—No leas los comentarios —dijo Joshua, arrebatándole el móvil—. Te harán daño.

—Necesito saber lo que piensan.

—No. Necesitas descansar. Mañana será otro día.

—¿Y si mañana es peor?

Joshua se sentó a su lado en la cama del hotel. La habitación era pequeña, discreta, lejos del ruido mediático. Le rozó la mejilla con los dedos.

—Entonces lo enfrentaremos juntos. Como hasta ahora.

Nathalie apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Cómo puedes ser tan fuerte? —susurró.

—No soy fuerte. Solo estoy a tu lado.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero auténtica.

—Te quiero —dijo.

—Lo sé. Yo también.

Y en la penumbra de esa habitación anónima, dos almas heridas encontraron un poco de paz.

A la mañana siguiente, Ferrari convocó una rueda de prensa urgente.

Nathalie llegó acompañada de Luca y de un abogado del equipo. La sala estaba abarrotada: periodistas de todo el mundo, cámaras de televisión, fotógrafos compitiendo por el mejor ángulo.

El presidente de Ferrari, un hombre mayor de mirada inteligente y modales exquisitos, tomó la palabra.

—Señoras y señores, hemos sido testigos de una revelación que ha conmocionado al mundo del automovilismo. Quiero agradecer a la señorita DiMarco su valentía al contar la verdad. Y quiero anunciar que, tras consultar con nuestro equipo legal y con la FIA, hemos tomado una decisión.

El silencio era absoluto.

—Nathalie DiMarco —continuó— ha demostrado en la pista un talento excepcional. Ha competido contra los mejores pilotos del mundo y ha salido airosa. Ha ganado carreras, ha subido a podios, ha hecho honor al apellido DiMarco. Por eso, y porque creemos en la justicia deportiva, hemos decidido ofrecerle un contrato como piloto titular de Ferrari.

La sala estalló.

Los periodistas gritaban, las cámaras enfocaban, los flashes cegaban. Nathalie se quedó inmóvil, sin poder creer lo que acababa de oír.

—Pero... —tartamudeó—. Yo... no entiendo...

El presidente sonrió.

—Señorita DiMarco, su hermano Nathan era uno de los nuestros. Y usted ha demostrado que lleva la misma sangre, la misma pasión, el mismo talento. No sería justo castigarla por haber protegido su legado. Al contrario: queremos que sea parte de él.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Nathalie.

—No sé qué decir.

—Diga que sí.

Miró hacia atrás. Allí, en la última fila, Joshua la observaba con los ojos brillantes. Asintió lentamente.

—Sí —dijo Nathalie, volviéndose hacia el presidente—. Sí, acepto.

El aplauso fue ensordecedor.

Pero no todo eran buenas noticias.

Esa misma tarde, mientras celebraba con el equipo, recibió una llamada del hospital.

—Señorita DiMarco —dijo la voz al otro lado—. Su hermano... ha habido un cambio.

El corazón se le detuvo antes de emprender una nueva carrera.

—¿Qué tipo de cambio?

—Está despertando.




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