LÍnea De Meta

CAPÍTULO 18 — ATRACCIÓN PROHIBIDA

El corazón no entiende de leyes. Solo de latidos.

El hospital de Milán olía a ese silencio blanco que solo tienen los lugares donde la vida y la muerte negocian a diario.

Nathalie recorrió los pasillos como una autómata, con Joshua pegado a sus talones. Las piernas le temblaban. Las manos, también. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que creía que iba a romperse.

—Tranquila —susurró Joshua—. Respira.

—No puedo.

—Sí puedes. Estoy aquí.

Llegaron a la puerta. La 417. La misma de siempre. Pero hoy, algo era diferente. Hoy había movimiento dentro. Voces. Gente.

Nathalie empujó la puerta.

Y lo vio.

Nathan estaba sentado en la cama.

Bueno, "sentado" era un decir. Incorporado contra las almohadas, con la mirada perdida, el cuerpo delgado y pálido después de meses de inmovilidad. Pero despierto. Vivo. Consciente.

Sus ojos avellana, idénticos a los de ella, se clavaron en los suyos.

—Nathalie —dijo. La voz era un susurro áspero, de alguien que no ha hablado en mucho tiempo—. ¿Qué has hecho, piccolina?

Ella sintió que las piernas se le doblaban. Joshua la sujetó por el codo, impidiendo que cayera.

—Nathan... —tartamudeó—. Yo...

—Lo sé todo. Me lo han contado.

El silencio se alargó. Los médicos, las enfermeras, todos parecían haberse evaporado. Solo quedaban ellos dos. Los mellizos. Las dos mitades de una misma alma, separadas por el destino y reunidas en aquella habitación blanca.

—¿Estás enfadado? —preguntó Nathalie con voz rota.

Nathan la miró por un largo tiempo. Luego, lentamente, esbozó algo que podría ser una sonrisa.

—¿Enfadado? Estoy... no sé lo que estoy. Sorprendido. Asustado. Orgulloso.

—¿Orgulloso?

—Mi hermana pequeña ha ganado carreras de Fórmula 1. Ha engañado al mundo entero. Ha descubierto al hijo de puta que intentó matarme. ¿Cómo no voy a estar orgulloso?

Las lágrimas brotaron de los ojos de Nathalie.

—Nate...

—Ven aquí, piccolina.

Ella cruzó la habitación en dos zancadas y se fundió en un abrazo con su hermano. Lloraron juntos, abrazados, como no lo hacían desde niños. El mundo desapareció a su alrededor. Solo existían ellos.

Cuando por fin se separaron, Nathan miró por encima del hombro de Nathalie.

—¿Y ese quién es?

Joshua dio un paso al frente. Estaba pálido, más de lo habitual, pero mantuvo la compostura.

—Joshua Summersen. Piloto de McLaren.

—Claro... el novato de Gales.

—Supongo que es un cumplido. Gracias.

Nathan torció el gesto, ignorando el titubeo de su ex rival.

—Pero eso no responde a mi pregunta. ¿Qué haces aquí? Con mi hermana.

El silencio se hizo incómodo.

—Nate —intervino Nathalie—. Joshua me ha ayudado. Mucho. Sin él, no habría descubierto lo de Donati.

—Ya. Pero eso no es todo, ¿verdad?

Nathalie tragó saliva.

—Antes de inventarte otra excusa recuerda que soy tu mellizo. Hasta para eso nos parecemos.

La castaña suspiró.

—No.

—Mírame a los ojos y dime la verdad, Nat.

Ella lo miró. Los ojos avellana, los mismos suyos, la observaban con una mezcla de protección y exigencia.

—Le quiero —dijo simplemente—. Le quiero y va en serio, Nate.

El silencio se alargó hasta volverse insoportable.

Nathan desvió la mirada hacia Joshua. Lo evaluó en silencio durante un largo minuto. Luego, lentamente, asintió.

—Si le haces daño —dijo—, te mato. Y no es una metáfora, chico McLaren.

Joshua sonrió. La verdad es que comenzaba a entender la dinámica entre los mellizos DiMarco y una inusitada calidez le recorrió el pecho.

—No pienso hacerlo, cuñado.

Nathalie abrió los ojos espantada. Su novio se estaba esforzando por provocar la fibra italiana que más caracterizaba a su hermano. Antes que pudiera mediar entre ellos, Nathan contraatacó.

—Tampoco te pases. Aún no doy el visto bueno. Estás a prueba, a Nat solo la molesto yo.

Par de cejas castañas se arquearon con arrogancia. Joshua iba a replicar con algo más infantil cuando un chillido casi femenino salió de Nathan. El de ojos dorados lo comprendió entonces. Incluso antes que el tono de la heredera de los DiMarco se convirtiera en veneno envuelto en terciopelo.

—Nathan Angelo DiMarco, a menos que quieras pasarte otra estancia atado a esa cama, vas a respetar todas mis decisiones...

—Ya... pero... joder, deja de pellizcarme la pierna...

—Agradece la rehabilitación gratis. Al menos sabemos que estás en condiciones...

—El problema no es que corras mi monoplaza, digo, nuestro monoplaza. Siempre la has colado, pero por favor no te vayas con la competencia. Algo llamado ego me duele...

Joshua no pudo evitarlo. Estalló en carcajadas ante la escena casi cómica. Luego comprendió algo que años después le valdría oro. Las mujeres DiMarco siempre tenían la razón sin importar qué. Después de aquella cariñosa pelea, Nathalie les dejó espacio. Sabía que el plan de su mellizo para aterrorizar a su novio solo acababa de empezar.

—Voy a buscar a papá.

Anunció y solo para fastidiar un poco le obsequió un beso en los labios al sonrojado chico de ojos dorados que ahora Nathan incinerada con la mirada. Cuando la puerta de la habitación que había sido su casa por meses enteros se cerró con un clic, el italiano sonrió. Luego, con un esfuerzo casi teatral, extendió una mano hacia Joshua.

—Gracias —dijo—. Por cuidarla.

Joshua se acercó y estrechó su mano.

—Es un honor.

Y en ese gesto, en ese apretón de manos sobre la cama de un hospital, se selló algo más que una tregua. Se selló una alianza.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de rehabilitación, declaraciones públicas y ajustes legales.

Nathan mejoraba día a día. Primero fueron unos pasos con ayuda, luego sin ella. Pronto pudo abandonar el hospital y trasladarse a la casa familiar del lago de Como, donde Nathalie lo visitaba a diario.




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