Todo secreto tiene un costo. Y el de Nathalie acababa de vencer.
La primavera en el lago de Como era un espectáculo que ningún dinero podía comprar.
Los cerezos florecían en las laderas, tiñendo el paisaje de tonos rosas y blancos. El agua del lago, quieta como un espejo, reflejaba las montañas nevadas en la distancia. Y en el embarcadero de madera, Nathalie y Nathan compartían el silencio que solo los mellizos conocen.
—¿Te arrepientes? —preguntó Nathan de repente.
—¿De qué?
—De todo. De haber ocupado mi lugar. De haberte convertido en piloto. De haberme mantenido vivo cuando yo no podía.
Nathalie guardó silencio un momento. Las palabras de su hermano resonaban en su cabeza como ecos en una catedral vacía.
—No —respondió al fin—. No me arrepiento. Fue duro, muy duro. Pero también fue... liberador.
—¿Liberador?
—Por primera vez en mi vida, Nate, dejé de ser la hermana de un ídolo. Dejé de ser la sombra. Fui yo. O Nathan, que para el caso era lo mismo. Pero sentí lo que era tener un propósito. Un lugar en el mundo. Pertenecer...
Nathan asintió lentamente.
—¿Y Summersen?
Ella sonrió por la arrogancia de su hermano.
—¿Qué pasa con Joshua?
—¿Es parte de ese propósito?
Nathalie sonrió mucho más. Una sonrisa suave, íntima, que solo su hermano podía ver.
—Joshua es... no sé. Es como si hubiera estado esperándole toda mi vida sin saberlo.
Silencio. Silencio cómodo mientras una piedra era creaba ondas doradas en el espejo del lago.
— Chico afortunado, el galés... Cuida de él. Y de ti.
—Lo sé.
Otro silencio cómplice. Luego, Nathan habló de nuevo.
—Hay algo que tengo que decirte.
—Dime.
—Cuando estaba en coma, soñaba. Sueños raros, inconexos. Pero en todos ellos aparecías tú. Y una voz. Una voz que decía: "No es tu culpa. Tú no sabías nada."
Nathalie frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé. Pero creo que mi subconsciente intentaba decirme algo. Algo sobre el accidente. Algo que quizá supe en el último momento y mi cerebro grabó a fuego.
—¿Como qué?
—Como que el coche fue manipulado. Pero también... que quien lo hizo no actuaba solo.
Nathalie sintió un escalofrío.
—Eso ya lo sabemos. Donati tenía un cómplice.
—No un cómplice, Nathalie. Un jefe. Alguien con poder. Alguien que sigue libre.
Se miraron. Y en esa mirada, los mellizos supieron que la investigación no había terminado. Apenas empezaba.
Esa misma noche, Joshua llamó con noticias.
—Mi contacto en Suiza ha localizado la cuenta —dijo sin preámbulos—. La de Donati.
—¿Y?
—Y los ingresos no venían de una fuente anónima. Venían de una empresa fantasma. Pero he conseguido rastrearla.
—¿Hasta dónde?
Hubo una pausa. Larga. Demasiado larga.
—Josh —insistió Nathalie—. ¿Hasta dónde?
El mote cariñoso le calentó el pecho. Joshua continuó.
—Hasta un holding. Propiedad de...
Otra pausa.
—¿De quién?
—De la familia Roth. Los dueños de Red Bull.
El mundo se detuvo.
—¿Estás seguro? —susurró ella.
—Completamente. Los Roth controlan Red Bull desde hace décadas. Y alguien de la familia ha estado pagando a Donati durante años.
—¿Pero por qué? ¿Qué ganan con eso?
—Debilitar a Ferrari. Eliminar a sus pilotos. Controlar el campeonato. No lo sé. Pero es la única explicación.
Nathalie se dejó caer en una silla. La cabeza le daba vueltas.
—Esto es enorme —dijo—. Esto es... una bomba.
—Lo sé. Y si la soltamos, el mundo de la F1 explotará.
—¿Y qué hacemos?
—Todavía no lo sé. Pero tenemos que pensar bien el siguiente paso. Un error y no solo nos hundirán a nosotros. Hundirán a todo el que se nos acerque.
Nathalie asintió, aunque Joshua no pudiera verla.
—Nos vemos mañana —dijo—. En Monza.
—En Monza.
Colgaron.
Nathalie se quedó mirando el lago, las montañas, los cerezos en flor. Todo parecía tan tranquilo, tan ajeno al torbellino que se avecinaba.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó en voz alta.
Nadie respondió.
Solo el viento, moviendo las ramas de los árboles.
Solo el agua, besando la orilla.
Solo el silencio.
A la mañana siguiente, Monza los esperaba.
El Templo de la Velocidad estaba más engalanado que nunca. Era la carrera de casa para Ferrari, la última antes del final de la temporada, y los tifosi habían tomado las gradas con una pasión desbordante. Banderas rojas por todas partes. Cánticos. Lágrimas. Amor.
Nathalie recorrió el paddock con el mono de Ferrari puesto, pero ya sin máscara. Era ella misma, Nathalie, la piloto titular. La primera mujer en la historia de la escudería en competir en un Gran Premio.
Los periodistas la acosaban, las cámaras la seguían, los fans la aclamaban. Era una locura. Pero en medio de todo, ella solo buscaba una cosa: los ojos dorados de Joshua.
Los encontró en el garaje de McLaren. Él la miraba desde la distancia, con esa sonrisa suya que incluía un hoyuelo. Y por un instante, el ruido desapareció.
—Señorita DiMarco —la voz de Luca la devolvió a la realidad—. Tenemos que hablar de la estrategia.
—Dime.
—Vas a salir segunda. Summersen, primero. ¿Problemas?
Nathalie sonrió.
—Ninguno. Así lo quiero.
Luca arqueó una ceja, pero no preguntó. Sabía más de lo que decía.
—Buena suerte —dijo simplemente.
—Gracias.
Y mientras los motores rugían en la distancia, Nathalie supo que aquella carrera sería diferente a todas las anteriores.
Aquella carrera lo cambiaría todo.
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Editado: 20.03.2026