Cuando miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada.
El domingo amaneció cubierto sobre Monza.
Nubes grises amenazaban lluvia, ese tipo de lluvia fina que empapa la pista sin llegar a mojarla del todo, creando las condiciones más traicioneras para un piloto. Nathalie lo vio desde la ventana de su habitación en el hotel y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Eau Rouge, pensó. Otra vez lluvia. Otra vez peligro.
Pero se obligó a apartar ese pensamiento. Hoy no podía permitirse el miedo. Hoy tenía que ser más fuerte que nunca.
—¿Lista? —la voz de Joshua sonó en el móvil.
—No. Pero vamos igual.
—Esa es mi chica.
Colgó. Nathalie sonrió a pesar de todo.
El paddock de Monza era un hervidero de actividad cuando llegó.
Los tifosi la aclamaron nada más verla. "NATHALIE! NATHALIE! NATHALIE!" El nombre coreado por ochenta mil almas era una sensación tan abrumadora que casi la tumbó. Levantó la mano, saludó, sonrió. Pero por dentro, el corazón le latía con la fuerza de un motor desbocado.
En el hospitality de Ferrari, Luca la esperaba con los brazos cruzados.
—Tenemos un problema —dijo sin preámbulos.
—¿Qué pasa?
—Han intentado entrar en el garaje esta noche. Las cámaras captaron a alguien forzando la cerradura, pero no llegó a entrar. Seguridad lo espantó.
Nathalie sintió que la sangre se le helaba.
—¿Saben quién era?
—No. Iba encapuchado. Pero...
—¿Pero?
—Pero llevaba un mono de Red Bull.
El silencio se alargó.
—Los Roth —susurró Nathalie.
—¿Qué?
—Nada. No es nada.
Luca la miró fijamente.
—Mientes muy mal, Nathalie. Igual que tu hermano.
—Lo sé. Pero confía en mí.
Él dudó un momento. Luego asintió.
—Siempre.
La clasificación fue un infierno.
Nathalie salió a pista sabiendo que alguien la observaba desde las sombras. Sabiendo que los Roth, los dueños de Red Bull, los hombres más poderosos de la Fórmula 1, querían destruirla. Sabiendo que cada curva podía ser la última.
Pero también sabía que Joshua estaba ahí.
En cada vuelta rápida, en cada frenada, en cada adelantamiento, sentía su presencia. No físicamente, sino como una energía, un empujón invisible que la mantenía viva.
Cuando los cronómetros se detuvieron, Nathalie había conseguido la pole position.
Joshua, segundo, a apenas 23 milésimas.
Los tifosi enloquecieron.
Y desde el palco de honor, desde las alturas reservadas a los poderosos, alguien observaba con ojos de hielo.
Esa noche, en el apartamento de Joshua, recibieron la visita que no esperaban.
Llamaron a la puerta tres veces. Secas. Autoritarias.
Joshua abrió.
Dos hombres trajeados estaban en el umbral. Detrás de ellos, una figura mayor, elegante, con el cabello plateado perfectamente peinado y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Señor Summersen —dijo el hombre—. Señorita DiMarco. ¿Podemos pasar?
Nathalie reconoció esa voz. La había oído en entrevistas, en celebraciones, en los momentos más importantes de la Fórmula 1.
Michael Roth. El patriarca. El dueño de Red Bull.
—Pase —dijo Joshua, apartándose.
Roth entró en el apartamento como si fuera suyo. Sus hombres se quedaron en la puerta, centinelas silenciosos.
—Sé lo que han descubierto —dijo sin rodeos—. La cuenta suiza. Donati. Todo.
Nathalie sintió que el suelo desaparecía.
—¿Y qué quiere? —preguntó Joshua, manteniendo la calma.
—Quiero llegar a un acuerdo.
—¿Qué tipo de acuerdo?
Roth sonrió. Esa sonrisa de tiburón que tantas portadas había ocupado.
—Ustedes guardan silencio. No hablan de lo que han encontrado. No mencionan mi nombre. Y a cambio, yo les garantizo una carrera limpia. Sin sabotajes. Sin accidentes. Sin miedo.
—¿Y si no aceptamos?
La sonrisa desapareció.
—Si no aceptan, la próxima vez que alguien entre en un garaje de Ferrari no será para asustar. Será para terminar el trabajo.
El silencio fue absoluto.
Nathalie apretó los puños. La rabia le quemaba por dentro.
—Usted intentó matar a mi hermano —dijo con voz temblorosa—. Usted destrozó su vida. Y quiere que nos callemos.
—Yo no intenté tal cosa, señorita DiMarco. Yo simplemente... facilité las condiciones para que otros lo hicieran. Hay una diferencia.
—La diferencia es que usted es un cobarde.
Roth arqueó una ceja.
—Puede llamarme como quiera. Pero la realidad es esta: tengo poder. Mucho poder. Más del que ustedes pueden imaginar. Si hablan, los aplastaré. Si se callan, vivirán. Es así de simple.
Joshua dio un paso al frente.
—¿Y qué garantías tenemos de que cumplirá su palabra?
—Mi palabra es lo único que tengo que ofrecer. Pero si quieren una garantía... piensen en esto: si yo quisiera matarlos, ya lo habría hecho. No estaría aquí, negociando.
Nathalie y Joshua se miraron.
—Necesitamos tiempo —dijo ella.
—No tienen tiempo. La carrera es mañana. Mi oferta caduca cuando se apaguen los semáforos.
Roth se giró hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Buena suerte mañana, señorita DiMarco. La va a necesitar.
Salió. La puerta se cerró.
El silencio volvió.
—Hijo de puta —susurró Joshua.
—¿Qué hacemos? —preguntó Nathalie.
—No lo sé. Pero sea lo que sea, tenemos que decidirlo rápido.
Se miraron. Y en esa mirada, en medio del abismo, encontraron la respuesta.
A la mañana siguiente, en la parrilla de salida, Nathalie respiró hondo.
Ochenta mil almas rugían en las gradas. Los motores calentaban a 10.000 revoluciones. El olor a goma y gasolina lo impregnaba todo.
Joshua estaba a su izquierda, en la segunda posición. Se miraron un instante.
—¿Lista? —preguntó él por la radio privada que habían instalado.
—No —respondió ella—. Pero vamos igual.
—Esa es mi chica.
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Editado: 20.03.2026