El rojo es el color de la pasión. También, de la sangre. Y del renacer.
Tres meses después del escándalo, el mundo de la Fórmula 1 había cambiado para siempre.
Michael Roth permanecía en prisión preventiva, a la espera de un juicio que prometía ser el más mediático de la década. Red Bull había sido multada con una cifra astronómica y estaba en proceso de reestructuración total, con nuevos dueños y un equipo directivo completamente renovado. Marco Donati, el ejecutor, había aceptado un acuerdo de colaboración con la justicia a cambio de una reducción de condena, y sus declaraciones habían destapado una red de corrupción que abarcaba dos décadas.
Y en medio de todo, Nathalie DiMarco se había convertido en algo más que una piloto.
Era un símbolo.
—No puedo creerlo —dijo Nathan, señalando la televisión—. Otra vez tú.
En la pantalla, un programa de debate discutía si Nathalie merecía ser considerada la mejor piloto de la historia de Italia. Las opiniones estaban divididas, pero todas coincidían en algo: había cambiado el deporte para siempre.
—Apaga eso —dijo Nathalie, tapándose la cara con un cojín—. Me da vergüenza.
—No te da vergüenza. Te gusta.
—Quizá un poco.
Nathan se rió. Hacía semanas que había salido del hospital, y aunque la rehabilitación era lenta, cada día estaba más fuerte. Su relación con Nathalie se había fortalecido de una forma que ninguno de los dos esperaba. La mentira, paradójicamente, los había unido más que cualquier verdad.
—Hablando de cosas que te gustan —dijo Nathan con una sonrisa pícara—, ¿cuándo piensas presentarme oficialmente a tu novio?
Nathalie sonrojó.
—Ya os conocéis.
—En un hospital, conmigo recién salido de un coma. No cuenta.
—Pues...
—Nathalie. —La voz de Joshua sonó desde la puerta—. Siento llegar tarde. El tráfico...
Se detuvo al ver a Nathan.
—Hola —dijo—. Otra vez.
—Hola —respondió Nathan—. Otra vez.
Se miraron. Luego, Nathan sonrió.
—Ven aquí, cuñado.
Joshua se acercó, algo inseguro. Nathan le tendió la mano, pero cuando Joshua fue a estrecharla, Nathan tiró de él y lo abrazó.
—Cuídala —susurró—. O te mato.
—Lo sé.
—Bien.
Se separaron. Nathalie los observaba con los ojos brillantes.
—Sois ridículos —dijo.
—Somos famiglia —corrigió Nathan.
Y por primera vez, la palabra sonó cierta.
Al día siguiente, Nathalie tenía que volver a la fábrica.
Ferrari la había confirmado como piloto titular para la próxima temporada, con un contrato millonario y todos los recursos del equipo a su disposición. Era un sueño hecho realidad, pero también una responsabilidad enorme.
—¿Nerviosa? —preguntó Luca cuando llegó.
—Siempre.
—Bien. Los nervios te mantienen vivo.
Recorrieron juntos los pasillos de Maranello, flanqueados por las fotos de las leyendas. Schumacher. Lauda. Ascari. Y ahora, en un lugar de honor, Nathalie DiMarco.
—¿Has visto? —dijo Luca, señalando una foto nueva—. Ya estás ahí.
Nathalie se acercó. Era una imagen de ella en Monza, con el casco en la mano, el pelo revuelto, la sonrisa auténtica. La primera foto sin máscara.
—Es raro —dijo—. Verme ahí. Con ellos.
—Te lo has ganado.
—¿Tú crees?
Luca la miró fijamente.
—Has ganado carreras. Has destapado una trama de corrupción. Has salvado el honor de tu familia. ¿Qué más necesitas?
Nathalie guardó silencio.
—No lo sé —respondió al fin—. Supongo que... aceptarlo.
—Eso llegará. Con el tiempo.
Asintió. Y mientras seguían caminando, mientras los fantasmas del pasado la observaban desde las paredes, Nathalie sintió que, por primera vez, estaba exactamente donde debía estar.
Esa noche, cenaron los tres en el lago.
Nathan había cocinado —algo que nadie sabía que supiera hacer— y el resultado era un desastre absoluto. Pero nadie se quejó.
—Esto es horrible —dijo Joshua, masticando con dificultad.
—Lo sé —respondió Nathan, orgulloso—. Es mi especialidad.
—¿Y por qué lo celebras?
—Porque mi piccolina es famosa. Porque estoy vivo. Porque un galés idiota la cuida. ¿Necesito más razones?
Joshua sonrió, obviando el insulto. Nathan era un niño mimado atrapado en el cuerpo de un hombre.
—Supongo que no.
Nathalie los observaba. A los dos hombres de su vida, riendo, bromeando, compartiendo. Y sintió que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar.
—Os quiero —dijo de repente.
Se hizo un silencio.
—¿Qué? —preguntó Nathan.
—Que os quiero. A los dos. Y quería decirlo.
Nathan y Joshua se miraron. Luego, al unísono, sonrieron.
—Nosotros también —dijo Joshua.
—Lo que él dice, pero mejor —añadió Nathan.
Y siguieron cenando, entre risas y pasta quemada, bajo las estrellas del lago de Como.
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Editado: 20.03.2026