LÍnea De Meta

CAPÍTULO 26 — DANZA DE TITANES

Cuando los dioses luchan, los mortales tiemblan.

La victoria en Bahréin supo a gloria, pero duró poco.

A la mañana siguiente, Nathalie despertó con el móvil ardiendo. Decenas de notificaciones, mensajes, llamadas perdidas. El corazón le dio un vuelco antes siquiera de leer el primero.

"ESCÁNDALO EN FERRARI: ¿NATHALIE DI MARCO HIZO TRAMPA EN BAHRÉIN?"

El titular ocupaba todas las portadas.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró, abriendo la noticia.

El artículo hablaba de "irregularidades técnicas" en su monoplaza. De "sospechas de combustible irregular". De "una investigación abierta por la FIA".

Todo era falso. Todo era una burda mentira.

Pero cuando llamó a Luca, la respuesta fue peor.

—Han filtrado documentos falsos a la prensa —afirmó él con voz cansada—. Documentos que parecen oficiales. La FIA tiene que investigar. Es el protocolo.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Días. Semanas. Depende.

—Y mientras tanto...

—Mientras tanto, tu reputación queda en el aire. Y la de Ferrari.

Nathalie cerró los ojos.

—Roth —susurró.

—Roth.

Colgó. Se quedó mirando el techo, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba otra vez.

Joshua llegó una hora después, con el rostro pálido y los ojos más dorados que nunca.

—Lo sé —dijo antes de que ella pudiera hablar—. Lo sé todo.

—¿Cómo ha podido hacer esto?

—Tiene gente en todas partes. Periodistas comprados, funcionarios corruptos, jueces a sueldo. El juicio nos demostró que su poder no tiene límites.

—¿Y qué hacemos? ¿Darle una palmada en la espalda mientras nos hace la vida un desastre?

Joshua negó con la cabeza.

—No. Luchamos. Pero con la cabeza.

Se sentó a su lado en la cama. Le rozó la mejilla con los dedos.

—Vamos a necesitar ayuda —dijo—. De gente en quien confiemos.

—¿Como quién?

—Como Luca. Como Nathan. Como Fontana. Y como alguien más.

—¿Quién?

—Mi padre.

Nathalie lo miró con sorpresa.

—¿Tu padre? Pero si...

—Sé lo que todo el mundo dice. Que está acabado, que vive de su pasado. Pero tiene contactos. Muchos contactos. Y sobre todo, sabe lo que es luchar contra Roth.

—¿Por qué?

Joshua dudó un instante.

—Porque Roth también destruyó su carrera.

El silencio se alargó.

—Cuéntame —dijo Nathalie.

Y Joshua habló.

La historia de William Summersen era una que Joshua nunca contaba.

Hijo de una familia humilde de Mánchester, había llegado a la Fórmula 1 gracias a su talento bruto, su determinación férrea y una pizca de suerte. En los años 90, fue uno de los pilotos más prometedores de McLaren. Rápido, agresivo, querido por la prensa y los fans.

Hasta que un día, en Monza, su coche falló.

—Fue muy parecido a lo de Nathan —recordó Joshua, con la mirada perdida—. Una vibración extraña en la trasera. Pérdida de control. Impacto contra el muro. Mi padre sobrevivió, pero nunca volvió a ser el mismo.

—¿Y Roth?

—Roth era entonces el jefe de motores de Red Bull. Nadie lo relacionó con el accidente. Pero años después, mi padre empezó a investigar. Encontró cosas. Documentos. Testimonios. Y entonces...

—¿Entonces?

—Entonces alguien intentó matarlo. En su propia casa. Un incendio provocado. Mi madre pereció en él.

Nathalie sintió que el corazón se le paraba.

—Joshua...

—Mi padre terminó de perder la razón después de eso. De alguna manera, Roth, me dejó huérfano por completo. De alguna manera mi padre se convirtió en un espectro paranoico que no soporta mi decisión de hacer camino en lo que solía encender su alma. Michael Roth... es la sombra en nuestra historia.

Nathalie no pudo evitarlo. Pocas veces su Joshua adoptaba esa pose. Pocas veces las chispas de emoción que habitaban en sus ojos dorados morían en la oscuridad. Sin pensarlo lo rodeó con los brazos. Dedos delgados llenos de pequeños arañazos por culpa de los entrenamientos se dedicaron a peinar el cabello que jamás lograba calmarse en las puntas.

—¿Y nunca denunció?—susurró ella. Joshua se acomodó más hasta devolverle el abrazo mientras apoyaba la cabeza contra el latido sincrónico de aquel corazón. Su propio corazón, cuando la Principesa DiMarco era su vida.

—Sin pruebas sólidas, sin testigos dispuestos a hablar... ¿quién iba a creerle? Roth ya era poderoso entonces. Ahora lo es más.

El silencio fue absoluto. Nathalie lo abrazó más fuerte.

—Tenemos que hablar con él. Tenemos que convencerle de que testifique. Es nuestra última oportunidad, Josh.

Aquellos ojos color avellana se fundieron en otros con el tono del atardecer. Joshua asintió.

—Lo intentaré. Pero no va a ser fácil.

—Nada lo es. Pero si él tiene pruebas... si puede ayudarnos...

Joshua asintió otra vez. Por ella, por el futuro que anhelaba proteger, no había espacio para las dudas.

—Mañana mismo vuelo a Manchester.

Al día siguiente, mientras Joshua viajaba a Inglaterra, Nathalie enfrentaba a la prensa.

La convocatoria había sido obligatoria. La FIA exigía declaraciones. Los periodistas olfateaban sangre. Y Roth, seguro, observaba desde alguna parte, disfrutando del espectáculo.

—Señorita DiMarco, ¿qué responde a las acusaciones?
—Señorita DiMarco, ¿piensa retirarse si la investigación confirma las irregularidades?
—Señorita DiMarco, ¿cómo afecta esto a su relación con el favorito de McLaren?

Ella levantó una mano. Poco a poco, el silencio se impuso.

—Respondo —dijo con voz firme— que las acusaciones son falsas. Que los documentos filtrados son una invención. Y que hay alguien muy poderoso detrás de todo esto. Alguien a quien ya hemos visto en un tribunal.

Las preguntas llovieron de nuevo.

—¿Se refiere a Michael Roth?
—¿Está acusándole de manipular la investigación?
—¿Tiene pruebas de lo que dice?

Nathalie sonrió. Una sonrisa fría, cortante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.