LÍnea De Meta

CAPÍTULO 27 — ADRENALINA Y VELOCIDAD

El pasado nunca muere. Solo espera.

El norte de Inglaterra en invierno es un lugar desolado.

Joshua lo comprobó mientras el coche de alquiler avanzaba por carreteras secundarias flanqueadas por campos grises y cielos plomizos. Llevaba horas conduciendo, alejándose de las autopistas, adentrándose en una Inglaterra que no aparecía en las guías turísticas. La Inglaterra de la clase trabajadora, de los pueblos olvidados, de la gente que sobrevive más que vive.

El GPS indicaba que faltaban cinco kilómetros.

Cinco kilómetros para reencontrarse con un fantasma.

La casa era pequeña, casi una cabaña, escondida entre colinas que parecían tragarse cualquier señal de civilización. Joshua detuvo el coche en el camino de tierra y se quedó un momento mirando, procesando.

Su padre había elegido bien el lugar. Nadie encontraría a William Summersen aquí. Nadie lo buscaría.

Salió del coche. El aire frío le mordió las mejillas. Caminó hacia la puerta, sintiendo cada paso como una losa.

Llamó.

Silencio.

Volvió a llamar.

La puerta se abrió unos centímetros. Un ojo lo observó a través de la rendija.

—Joshua —dijo una voz áspera, envejecida—. Sabía que vendrías.

La puerta se abrió del todo.

William Summersen tenía sesenta y cinco años, pero aparentaba ochenta. El cabello, antes negro como el de su hijo, era ahora una mata gris y desordenada. La piel, surcada de arrugas profundas, colgaba floja sobre unos huesos que habían sido fuertes. Pero los ojos... los ojos seguían siendo los mismos. Dorados. Brillantes. Vivos.

—Pasa —dijo—. Hace frío fuera.

El interior de la cabaña era tan austero como el exterior.

Una cama, una mesa, dos sillas, una estufa de leña. Libros apilados en las esquinas, papeles desordenados sobre la mesa, una vieja fotografía enmarcada en la repisa de la chimenea. Joshua la reconoció al instante: su madre, joven, sonriente, con él en brazos.

—Siéntate —dijo su padre, señalando una silla—. Te haré un té. Aquí solo hay té.

—No hace falta, papá.

—Sí hace falta. El té siempre hace falta.

Joshua obedeció. Observó a su padre moverse por la pequeña cocina, con esa mezcla de torpeza y dignidad que tienen los que han vivido demasiado. Cuando el té estuvo listo, William se sentó frente a él.

—Cuéntame —dijo.

—Tú sabes por qué he venido.

—Roth.

—Sí.

William asintió lentamente. Bebió un sorbo de té.

—He seguido las noticias —dijo—. He visto lo que ha hecho. Lo que intenta hacerle a esa chica. Tu chica.

—Es mi chica, sí.

—¿La quieres?

—Más que a nada.

William lo miró largamente. Luego, una sonrisa triste se dibujó en sus labios.

—Eso decía yo de tu madre.

El silencio se alargó.

—Papá —dijo Joshua—. Necesito tu ayuda. Necesito lo que tengas. Pruebas, documentos, testimonios. Todo.

—¿Para qué?

—Para hundirlo. Para que pague por lo que hizo. A ti, a mamá, a Nathan, a todos.

William bebió otro sorbo.

—No es tan fácil.

—Lo sé. Pero lo intentaremos.

—¿Y si fracasáis?

—Entonces lo habremos intentado. Y eso ya es más de lo que hizo nadie.

Su padre lo miró fijamente. Luego, lentamente, se levantó y caminó hacia un rincón de la cabaña. Movió unos tablones del suelo y sacó una caja metálica, oxidada, cubierta de polvo.

—Treinta años —murmuró, volviendo a la mesa—. Treinta años guardando esto.

Abrió la caja.

Dentro, había documentos. Decenas de documentos. Contratos, transferencias bancarias, fotografías, grabaciones. La vida de Michael Roth, desnuda sobre la mesa.

—Todo lo que necesitas —dijo William—. Nombres, fechas, cuentas. Hasta una grabación donde habla de "eliminar obstáculos". Es suficiente para hundirlo cien veces.

Joshua sintió que el corazón se le aceleraba.

—Papá... ¿por qué no usaste esto antes?

William sonrió con amargura.

—Porque tenía miedo. Porque después de lo de tu madre, supe que si lo intentaba, me mataría. Y si me mataba, estas pruebas desaparecían conmigo. Así que esperé. Esperé a que alguien viniera. Alguien en quien confiar.

—¿Y confías en mí?

—Eres mi hijo. Eres lo único que me queda.

Joshua se levantó y abrazó a su padre. Largo, fuerte, como no lo hacía desde niño.

—Vamos a ganar —susurró—. Te lo prometo.

—Ya veremos —respondió William—. Pero al menos, lo intentaremos. Esta vez un Summersen lo intentará hasta el final.

Días después, en Maranello, Nathalie recibió la caja con manos temblorosas.

—Dios mío —susurró mientras hojeaba los documentos—. Esto es... enorme.

—Lo sé —confirmó Joshua—. Con esto, Roth no tiene escapatoria.

—¿Y tu padre?

—Quiere testificar. Dice que ya no tiene miedo. Que prefiere morir luchando que vivir escondido.

Nathalie lo miró. Los ojos dorados brillaban con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Es muy valiente.

—O muy terco. Como su hijo.

Ella sonrió.

—Como su hijo, sí.

Se besaron. Lento, suave, eterno.

Y cuando se separaron, supieron que la batalla final estaba a punto de comenzar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.