LÍnea De Meta

CAPÍTULO 29 — LÍNEA DE META

Todo camino tiene un final. Pero algunos finales son solo el principio.

El juicio de Michael Roth duró tres meses.

Tres meses de declaraciones, pruebas, testimonios y giros inesperados. Tres meses en los que el mundo de la Fórmula 1 vivió pegado a las pantallas, esperando el veredicto. Tres meses en los que Nathalie, Joshua y Nathan se turnaron para asistir a cada sesión, sosteniéndose mutuamente, negándose a rendirse.

William Summersen ya no estaba para testificar, pero sus pruebas hablaban por él. La caja metálica, con sus documentos y grabaciones, se convirtió en la pieza central de la acusación. Los abogados de Roth intentaron desacreditarla, cuestionar su autenticidad, sembrar dudas. Pero no pudieron.

—Señorías —comunicó el fiscal en su informe final—, estamos ante el mayor caso de corrupción en la historia del deporte. Michael Roth no solo arruinó carreras. Arruinó vidas. Destrozó familias. Y lo hizo durante treinta años, con la impunidad que le daba su poder.

Roth, en el banquillo, mantenía esa sonrisa de hielo que tan bien conocían.

Pero cuando el jurado entró a deliberar, Nathalie vio algo en sus ojos que nunca había visto.

Incertidumbre.

Siete días después, el veredicto.

La sala estaba abarrotada. Periodistas, pilotos, familias, curiosos. Todos conteniendo el aliento.

—Señorías —llamó el juez—, el jurado ha llegado a un veredicto.

Roth se levantó. Aún sonreía.

—En el caso contra Michael Roth, por los delitos de conspiración, sabotaje, corrupción y asesinato en primer grado, el jurado declara al acusado...

El silencio era absoluto.

—... culpable de todos los cargos.

La sala estalló.

Nathalie sintió que las piernas se le doblaban. Joshua la sujetó. Nathan soltó un grito de alegría. Los periodistas corrían hacia las puertas. Los flashes cegaban. El caos.

Pero ella solo miraba a Roth.

Su sonrisa de hielo se había desvanecido. Por primera vez, su rostro mostraba algo humano.

Miedo. Rabia. Derrota.

—Te jodimos —proclamó Nathan haciéndose eco de lo que otros también deseaban decir—. Hijo de puta, te jodimos.

Roth lo miró fijamente, luego a la mujer que era su copia exacta. Por último el chico McLaren.

—Esto no ha terminado.

Una última amenaza. Un último disparo al silencio. Mientras las autoridades se lo llevaban.

—Ya no tienes que luchar contra el fantasma que lastimó a tu familia. Tus padres... Nate... y todos lo que fueron sus víctimas... tendrán algo más que redención.

Murmuró ella. Las palabras se quedaron atrapadas entre ellos mientras los DiMarco y Summersen presenciaban el ocaso de aquella pesadilla.

Todo había terminado.

Once meses después y con Roth en prisión, el mundo de la Fórmula 1 empezó a sanar.

La temporada siguiente fue una de las más emocionantes de la historia. Nathalie y Joshua, liberados del peso de la persecución, volaron en la pista como nunca antes. Se turnaron en el podio, se presionaron, se superaron. La rivalidad se había transformado en algo más hermoso: una alianza, un desafío mutuo, un amor.

Llegaron a la última carrera igualados a puntos.

Abu Dhabi. Circuito de Yas Marina. Luces, lujo, adrenalina.

—¿Nerviosa? —preguntó Joshua en la parrilla.

—Siempre.

—Yo también.

—Pero vamos igual.

—Siempre.

Se miraron a través de las viseras. Y en esa mirada, nuevamente prometieron todo.

La carrera fue perfecta.

Nathalie lideró desde la salida. Joshua la siguió de cerca, protegiéndola, presionándola justo lo necesario para que no se relajara. Red Bull, sin Roth, volvía a renacer. McLaren, con Joshua, volaban. Ferrari, con Nathalie y Nathan en boxes, eran imbatibles.

En la última vuelta, cuando cruzó la meta en primera posición, el mundo estalló.

Campeona del mundo.

Nathalie DiMarco, la impostora, la mentirosa, la superviviente, era campeona del mundo.

Se bajó del coche temblando. Las lágrimas corrían por su rostro. Los mecánicos la abrazaban, Luca lloraba, los tifosi enloquecían.

Joshua había quedado segundo. Pero no estaba en su coche. Estaba al lado del muro, con el casco ya quitado, mirándola con esa sonrisa, la auténtica, la que solo ella conocía, la que tenía un hoyuelo.

No se acercó. Sabía que este momento era de ella.

Pero Nathalie no quería que fuera solo de ella.

Caminó hacia las cámaras. Hacia los micrófonos. Hacia el mundo entero que la observaba.

—Tengo algo que decir. Algo que... que no he preparado, o quizás sí—Se mordió el labio inferior como la chica insegura que no era realmente—Que no sé si voy a decir bien. Pero... pero tengo que decirlo.

El silencio se construyó. Ochenta mil almas contuvieron el aliento con ella. Nathalie miró a Joshua y supo que aunque sus palabras tropezaran, llegarían justo a él.

—Cuando todo esto empezó —continuó—, yo era una mentira. Una impostora. Una mujer escondida detrás del casco de su hermano. Y él... él me vio. Me vio a mí. No a Nathan. A mí.

Las lágrimas ya corrían por sus mejillas. Su voz se quebraba. Pero aún así, siguió.

—Me ayudó cuando podía haberme destruido. Me quiso cuando yo ni siquiera sabía quién era. Me sostuvo cuando todo se derrumbaba. Y nunca... nunca pidió nada a cambio.

Él seguía junto al muro, inmóvil, los ojos dorados brillando como dos soles.

—Joshua Summersen —su nombre resonó en cada rincón del circuito—. Mi mejor amigo, mi confidente, mi chico de la mirada de sol... No tengo anillo. No tengo mucho que ofrecerte, pero... te amo.... Te amo más que a ninguna victoria. Más que a ningún título. Más que a mi propia vida. Te he amado desde el minuto cero de esta carrera del corazón.

Hizo una pausa. Tragó saliva. Las palabras se atropellaban.

—Y por eso... quería preguntarte... delante de todo el mundo... sin nada más que esto...

Se le rompió la voz.

—¿Te casarías conmigo?




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