Manchester, cinco años después
La casa de los Summersen era una mansión de piedra gris al norte de la ciudad, rodeada de prados verdes y ovejas perezosas que miraban con desconfianza cualquier movimiento. Había pertenecido a la familia durante generaciones, y aunque Joshua había intentado modernizarla, conservaba ese aire antiguo, ese encanto brumoso que solo tienen las casas con historia.
El fuego crepitaba en la chimenea. La lluvia golpeaba suavemente los ventanales. Y el caos reinaba en la sala de estar.
—¡Nathan, devuélveme a mi hijo!
—¡Es mi sobrino! ¡Tengo derechos!
Joshua y Nathan correteaban por el salón como dos niños grandes, persiguiéndose entre sofás y mesas bajas. En brazos de Nathan, un bebé de pocos once meses reía a carcajadas, el pelo castaño claro asomando bajo un gorro de lana, los ojos avellana idénticos a los de su madre. En brazos de Joshua, otro bebé, también de esa edad, el cabello negro con puntas que ya empezaban a enroscarse, los ojos dorados brillando de pura felicidad.
—¡Son MELLIZOS! —gritó Nathan, esquivando un cojín que Joshua le lanzó—. ¡Tengo derecho a secuestrar al menos a uno!
—¡Secuestrar no es un derecho, es un delito!
—¡En Inglaterra no sé qué leyes tenéis, pero en Italia...!
—¡Estás en mi territorio, idiota! ¡Aquí mando yo!
—¡Pues vaya mierda de leyes tenéis!
—¡No son mierda de leyes, son leyes civilizadas!
—¡Civilizadas las llamas tú a estas!
Nathalie, sentada en el sofá con una taza de té humeante, observaba la escena con una sonrisa infinita. A su lado, Carlo DiMarco, ahora con el cabello completamente blanco pero los ojos tan vivos como siempre, negaba con la cabeza.
—Son peores que cuando pilotaban—murmuró.
—Mucho peores —confirmó ella—. Y mucho más felices.
—Eso también.
Los mellizos Summersen—Marco William y Elena Giulia, nombres que mezclaban dos mundos, dos historias, dos legados— gateaban felices por la alfombra, persiguiendo a un perro que había entrado de quién sabe dónde. Marco, con los ojos de Nathalie, tiraba del rabo del animal mientras Elena, con los ojos de Joshua, reía con esa carcajada contagiosa que le había robado el corazón a todo el que la conocía.
—¿Sabes qué me dijo Nathan el otro día? —comentó Joshua, apareciendo detrás del sofá y besando a Nathalie en la frente.
—Dime.
—Que Marco conduce mejor que yo.
Nathalie soltó una carcajada.
—Marco tiene once meses.
—Ya, pero en su tacatá... es impresionante.
—Estás loco.
—Loco por ti.
Ella le dio un codazo cariñoso.
—Carlo —dijo Joshua, sentándose en el brazo del sofá—. ¿Viste la última carrera de la temporada?
—La vi —respondió el anciano—. Nathalie voló.
—Voló porque tiene el mejor mentor del mundo.
—No —Carlo negó con la cabeza—. Voló porque es ella. Siempre fue ella.
El silencio se hizo tierno.
—Papá. ¿Estás bien?
—Estoy mejor que nunca. Tengo a mis hijos. Tengo a mis nietos. Tengo una yerno que... bueno, no es italiano, pero se le perdona.
—¡Oye! —protestó Joshua.
—Es broma, muchacho. Eres casi de la familia.
—¿Casi?
—Bueno, después de cinco años, supongo que ya eres de la familia del todo.
Nathalie rió. Joshua la miró con esos ojos dorados que todavía, después de media década, conseguían hacerle olvidar su propio nombre.
—Carlo. Tengo que decirte algo.
—Adelante.
—Gracias. Por confiar en mí. Por dejarme cuidar de tu hija. Por...
—Joshua —lo interrumpió el más viejo —. Tú salvaste a mi hija. Tú la quisiste cuando ella ni siquiera podía quererse a sí misma. Tú le diste una familia. Soy yo quien debería darte las gracias.
Joshua no supo qué responder. Solo asintió, con los ojos brillantes.
—Bueno —Nathan, apareció armado con sus sobrinos—. ¿Alguien va a ayudarme con estos diablillos o los suelto y que campen a sus anchas?
—¡No te atreverías! —gritó Joshua.
—¡Nathan Angelo DiMarco! —gritó Nathalie.
—¡Ya es demasiado tarde! —anunció Nathan, abriendo los brazos.
Los mellizos cayeron sobre una manta mullida y empezaron a gatear en direcciones opuestas, perseguidos por el perro, que había decidido unirse al caos.
Una carcajada colectiva no se hizo esperar. Nathalie apoyó la cabeza en el hombro de Joshua.
—¿Feliz? —preguntó él.
—Mucho.
—¿Más que cuando ganaste el mundial?
Ella sonrió.
—Diferente. Pero sí. Más.
Él la besó de vuelta.
—Te quiero, señora Summersen DiMarco—susurró.
—Yo también.
Afuera, el viento soplaba entre los brezos. Las ovejas se refugiaban bajo los robles centenarios. La casa de piedra resistía, como siempre, el paso del tiempo.
Y dentro, una familia rara, imperfecta, maravillosa, celebraba la vida.
LÍNEA DE META
19.03.2026
AWORLDIH X EVANESCENTWORLD
Muchas gracias a los que leen. Esta historia es una de las que más me ha gustado escribir.
Al.♡
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Editado: 20.03.2026