Llamadas

AL AIRE

Nuestro programa de radio tenía un solo oyente como público, hecho que poco a poco fuimos desgranando y confirmando, pues teníamos un segmento en el cual recibíamos llamadas telefónicas y siempre oíamos la misma voz surgir del otro lado de la línea. Cáceres, como se presentaba nuestro interlocutor, solía llamarnos durante el último cuarto de hora de transmisión para relatarnos anécdotas totalmente ajenas al tema que desarrollábamos.

Sus intervenciones ocupaban nuestros oídos durante dos minutos, nunca sobrepasaba ese límite estricto, y durante el tiempo que nos quedaba, los conductores nos poníamos a discutir sobre aquello que acabábamos de escuchar. En una ocasión nos contó que cerca de su hogar ─no quiso decir dónde ni con quién vivía, por supuesto─, una de las innumerables noches en las que la luna es ocultada por las nubes, escuchó aullidos provenientes del norte. Él, preocupado en seguir el rastro del ruido animal, optó por dirigir su atención hacia aquel fenómeno, pensando dos veces si debería ir tras la bestia. Nadie sabía para qué. Otro momento inverosímil fue la vez que supuso que su vecino, o el hijo de este o tal vez el mismo Cáceres, era un seguidor de Hitler y que iba por el distrito visitando todos los mercados en los que podía entrar y, mediante el conocido saludo que consiste en levantar el brazo hacia delante de forma diagonal, gritaba ─con acento militar─ que había llegado el futuro presidente del país, el Mesías de esta nación bombardeada por la corrupción y la pobreza. Los que deseaban ser salvados solo debían arrodillarse ante él. Esta historia, como las otras que nos detallaba durante las emisiones dominicales que lo tuvimos como participante, quedó truncada por el cronómetro. La consola marcaba ciento veinte segundos y la llamada se cortaba en el acto. El productor, al otro lado de la cabina, miraba hacia la pantalla y utilizaba sus dedos ─índice y medio─ para abrir y cerrar su tijera imaginaria.

Siempre creímos que todas las historias nos la contaba un personaje con un poder imaginativo de tal intensidad que no soportaba que sus trabajos se echaran a perder, razón por la cual se comunicaba con un programa sin beneficio que le dejaba la línea disponible a su único interesado. De alguna manera, ambos se necesitaban, Cáceres a la radio, la radio a Cáceres.

La edición siguiente a aquella historia llena de nazis y política ─sorprendidos de que los directivos siguieran apostando por darnos cabida en su radio─, comprendimos que nuestro programa solo era la excusa para oír dos minutos de fantasía a cargo de nuestro oyente creativo. Las ansias nos consumían ante la inminente llegada del último cuarto de hora de emisión, momento en el cual dábamos opción a que el público llamara. Nuestro público, sin lugar a dudas, era Cáceres.

El reloj marcaba las ocho con cuarenta y cuatro y solo era cuestión de segundos para oír aquella voz dotada, únicamente, de apellido. A las ocho y cuarenta y cinco no oímos sonar el teléfono. Dirigimos nuestra mirada hacia el otro lado de la cabina y nos mostraban un pulgar levantado, señal de que todo iba bien, pero ni rastro de alguna llamada. A las ocho y cuarenta y seis no sabíamos qué decir y solo atinábamos a proferir disculpas por las fallas técnicas. Obviamente nadie nos culpaba ni se quejaba, pues no el público era inexistente. Durante esos minutos no teníamos tema alguno. Nuestro bloque final se basaba en lo que pudiéramos comentar sobre la historia que siempre nos contaba Cáceres, de alguna manera él era el encargado de cerrar la transmisión. A las ocho con cincuenta minutos nos señalaron que alguien llamaba y la tranquilidad se apoderó del programa. Esa noche tendríamos una nueva historia, no había duda. Pero la voz que emergió era una completamente desconocida. En aquel tono no reconocimos el estilo ni la modulación del genio recurrente, por el contrario, una voz aguda y con evidentes signos de alarma se había comunicado con nosotros para preguntarnos si Cáceres llamaría al programa a contar su historia, pues hace cinco minutos ─¡Mequetrefes!, que solo llaman para oír a Cáceres─ que oía la radio y todo seguía igual. No supimos qué responder o si respondimos algo, y si respondimos algo habrá sido algún argumento sin sentido. Aquella noche todos esperábamos el llamado de Cáceres, como nos lo hicieron saber las más de diez llamadas que recibimos durante los últimos minutos del programa y las que siguieron sonando cuando ya nos habíamos ido.



#4209 en Novela contemporánea

En el texto hay: historias, radio, llamadas

Editado: 18.09.2018

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