Amanezco, pero no despierto.
Eso es lo primero que pienso cuando abro los ojos y el techo sigue ahí, intacto, indiferente. El mismo techo manchado en una esquina, la misma grieta que mamá decía que algún día íbamos a arreglar. Algún día.
Ese día nunca llegó.
Respiro.
El aire entra, sale... pero no me llena. Es como si mis pulmones funcionaran por costumbre, no por ganas. Me quedo quieto unos segundos más, mirando nada, escuchando el ruido lejano de la calle que insiste en seguir viva aunque la mía se haya detenido.
La cama está fría.
Siempre lo está ahora.
Me giro hacia el lado donde ella solía asomarse por la puerta para decirme que ya era tarde, que me iba a quedar dormido otra vez, que me apurara. Nunca entraba del todo. Solo miraba, sonreía y se iba.
Ahora nadie mira.
Nadie entra.
Nadie dice mi nombre.
Me siento en la cama con esfuerzo, como si el cuerpo pesara el doble. El suelo está helado bajo mis pies y ese detalle tan simple me molesta más de lo normal. Todo molesta. El frío, la luz, el silencio.
La casa huele distinto desde que ella no está.
No sabría explicar a qué, pero ya no huele a hogar.
Camino despacio hacia el baño. El espejo me devuelve una versión de mí que no reconozco del todo. Ojeras marcadas, la mirada apagada, el rostro pálido. Parpadeo varias veces, esperando que algo cambie. No cambia nada.
—No estoy bien —murmuro, pero ni siquiera suena como una confesión. Es solo un dato.
Me lavo la cara. El agua está fría, demasiado. No bajo la temperatura. Quiero sentir algo aunque sea incómodo. Me quedo ahí unos segundos más, con las manos apoyadas en el lavabo, mirando cómo el agua corre y desaparece por el desagüe.
Pienso en mamá.
No quiero, pero igual aparece.
Siempre aparece.
La imagino en la cocina, tarareando bajito, moviéndose de un lado a otro como si el mundo no fuera tan pesado. Ella tenía esa habilidad: hacer que todo pareciera un poco menos terrible.
Yo no heredé eso.
Me visto sin pensar mucho. La ropa es la primera que encuentro. Da igual. Todo da igual últimamente. Agarro la mochila y salgo de la habitación, cerrando la puerta con cuidado, como si aún hubiera alguien durmiendo dentro.
La cocina está vacía.
La silla donde ella se sentaba sigue en su lugar. Nadie la ha movido. Nadie se atreve.
Paso de largo. No tengo hambre. Nunca tengo hambre.
Cuando salgo a la calle, el sol me golpea la cara y me incomoda. La gente camina rápido, habla por teléfono, ríe. Me resulta extraño cómo el mundo no se detuvo cuando ella murió.
Me da rabia.
Me da envidia.
Camino hacia la escuela con los auriculares puestos, pero sin música. Solo para no escuchar a nadie. Cada paso se siente mecánico, automático, como si alguien más estuviera controlando mi cuerpo.
En algún punto del camino, pienso en la versión oficial.
Accidente.
Esa palabra vuelve a mi cabeza como un eco molesto.
No encaja.
Nunca encajó.
Mi mamá era cuidadosa. Demasiado.
Y aun así, todos repiten la misma historia, con la misma voz ensayada, con la misma falsa compasión.
Aprieto los puños dentro de los bolsillos.
No confío en ellos.
No confío en nadie.
Llego a la escuela y el ruido me abruma. Me siento fuera de lugar, como si no perteneciera ahí, como si no perteneciera a ningún lado. Entro al salón y me siento en mi asiento de siempre, al fondo, cerca de la ventana.
Miro hacia afuera. El cielo está nublado.
Me gusta pensar que incluso el día está triste.
La profesora habla, pero no la escucho. Las palabras pasan de largo. Todo pasa de largo últimamente. Mis compañeros me miran de reojo, algunos con pena, otros con curiosidad. Nadie se acerca. Nadie sabe qué decir.
Yo tampoco sabría qué decir si estuviera en su lugar.
Apoyo la cabeza en la mano y cierro los ojos un segundo. El cansancio no es físico. Es algo más profundo, algo que no se quita durmiendo.
Llévame contigo, pienso, sin saber exactamente a quién se lo digo.
Tal vez a ella.
Tal vez a nadie.
Cuando abro los ojos, siento una certeza incómoda en el pecho:
No voy a descansar hasta saber la verdad.
Y aunque ahora mismo apenas tenga fuerzas para existir, sé que en algún punto voy a levantar la cabeza.
No porque quiera.
Sino porque necesito respuestas.
No sé cuándo empieza exactamente esa necesidad, pero la siento ahí, clavada en el pecho, como una espina que no deja respirar del todo. No es fuerza. No es valentía. Es algo más feo, más desesperado. Es no poder aceptar la versión que todos repiten como si fuera verdad solo porque suena cómoda.
La campana suena y el ruido me atraviesa la cabeza. Todos se levantan de golpe, arrastran sillas, hablan al mismo tiempo. Yo me quedo sentado un segundo más, mirando mis manos. Están quietas, pero por dentro siento un temblor leve, constante, que no se va nunca.
Camino por el pasillo sin rumbo claro. No tengo prisa por llegar a ningún lado. No tengo prisa por nada desde que ella murió. El mundo puede esperar. Yo ya he esperado demasiado.
En algún punto, alguien dice mi nombre. No volteo. A veces pienso que si no miro, si no respondo, quizá deje de existir por un momento. Pero la voz insiste.
—Mateo.
Me giro despacio. Es Laura, de mi clase. Tiene esa mirada incómoda, cargada de pena, como si no supiera si acercarse o no. Nadie sabe qué hacer conmigo ahora. Yo tampoco.
—¿Estás bien? —pregunta, aunque los dos sabemos la respuesta.
Asiento. Mentir se volvió fácil. Demasiado.
Ella parece querer decir algo más, pero se arrepiente. Siempre pasa lo mismo. Un silencio torpe se instala entre nosotros y al final se va, dejándome con esa sensación amarga de haber sido una molestia.
Sigo caminando. Paso frente a la oficina del director y, por reflejo, miro la puerta. Ahí fue donde me dijeron que mamá había muerto. El recuerdo aparece sin avisar: la voz seria, las palabras medidas, el esfuerzo por sonar humanos.