El día que el mundo se quedó en silencio
Nunca me gustó la escuela, pero ese día la odié más que nunca.
No porque hubiera pasado algo ahí dentro… sino porque todo pasó mientras yo no estaba.
Estaba sentado en el salón, mirando el reloj como siempre, esperando que sonara la campana. La profesora hablaba, mis compañeros reían bajito, y yo pensaba en si mamá habría comido algo o si otra vez se le había olvidado almorzar por cuidarme a mí.
Mi mamá siempre decía que no pasaba nada, que ella estaba bien.
Mentía.
Pero yo fingía creerle.
El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos. La orientadora entró, habló en voz baja con la profesora y, de repente, dijo mi nombre.
—Mateo.
No levanté la cabeza de inmediato. Algo en su tono… no sé, me apretó el pecho.
Cuando la miré, tenía los ojos raros. Como si estuviera triste, pero tratando de esconderlo.
—Ven conmigo.
No pregunté nada.
Nunca imaginé que ese silencio entre el salón y la oficina sería el último momento normal de mi vida.
Me sentaron en una silla. El director estaba ahí. También una mujer que no conocía. Nadie me miraba a los ojos.
—Mateo… —empezó el director—. Tenemos que decirte algo.
Ahí supe que algo estaba mal.
Muy mal.
—Tu mamá tuvo un accidente esta mañana.
Accidente.
Esa palabra se quedó flotando en el aire, como si no quisiera caer.
—Lo sentimos mucho… ella falleció.
No lloré.
No grité.
No hice nada.
Solo pensé: no puede ser.
Porque mamá me había escrito esa misma mañana.
Porque ella siempre llegaba tarde, pero nunca faltaba.
Porque no se muere así, sin avisar, sin despedirse.
Porque mi mamá no me habría dejado solo.
Desde ese día, dejé de confiar en todo el mundo.
En la policía.
En los médicos.
En los adultos que repetían la misma historia como si fuera un guion.
Decían que fue rápido.
Que no sufrió.
Que fue un accidente.
Pero nadie me explicó por qué su teléfono nunca apareció.
Ni por qué su mirada, la última vez que la vi, parecía estar pidiendo ayuda.
Y desde entonces, todas las noches, mientras la casa se siente demasiado grande y demasiado vacía, solo puedo pensar una cosa:
Si te fuiste… llévame contigo.