Donde todavía duele
Entro al cuarto de mamá como si estuviera haciendo algo mal.
Cierro la puerta detrás de mí con cuidado, aunque no haya nadie a quien molestar. El silencio aquí es distinto al del resto de la casa. No es vacío. Está lleno de ella. De su ausencia. De todo lo que no dijo.
Me quedo de pie unos segundos, sin saber por dónde empezar. Mis ojos recorren el lugar lentamente, como si lo viera por primera vez. La colcha estirada, las almohadas acomodadas con demasiada perfección. Mamá siempre fue así. Ordenada. Cuidadosa. Como si el caos del mundo pudiera mantenerse lejos si todo estaba en su sitio.
Camino hasta la ventana y corro un poco la cortina. La luz entra suave, grisácea. No es un día bonito. Me alegra eso. No sabría qué hacer con un día soleado aquí dentro.
Sobre la cómoda están sus cosas: un frasco de perfume, un reloj, un par de aretes que nunca llegó a usar. Paso los dedos por la superficie, levantando una fina capa de polvo. Nadie ha tocado nada. Todo quedó congelado en el tiempo.
Me siento en la cama.
El colchón cede un poco bajo mi peso y ese detalle tan mínimo me rompe un poco más. Ella se sentaba aquí todas las noches antes de dormir. A veces me llamaba para contarme algo del día, algo pequeño, algo sin importancia. Ahora daría lo que fuera por escucharla hablar de cualquier tontería.
Me tumbo de espaldas y miro el techo. Es distinto al de mi cuarto. No tiene manchas. No tiene grietas. Mamá decía que su cuarto tenía que ser un lugar tranquilo. Aquí vengo a descansar, decía. Me pregunto si alguna vez realmente descansó.
Cierro los ojos.
No pasa ni un segundo cuando su voz aparece en mi cabeza. Clara. Demasiado clara.
—No te encierres tanto, Mateo.
Aprieto los párpados con fuerza.
No quiero recuerdos ahora.
O sí.
No lo sé.
Me incorporo otra vez. No vine aquí para llorar. O al menos eso intento decirme. Vine porque necesito entender. Porque algo no encaja. Porque la versión que todos repiten no me deja respirar.
Abro el clóset.
Su ropa sigue colgada, ordenada por colores. Paso una por una, tocando las telas, reconociendo cuáles usaba más, cuáles guardaba para ocasiones especiales. Me detengo frente a una chaqueta que casi nunca se ponía. La saco.
Pesa más de lo que debería.
Frunzo el ceño y reviso los bolsillos. En uno encuentro un papel doblado varias veces. El corazón me da un salto absurdo, como si acabara de descubrir algo enorme. Lo desdoblo con cuidado.
Es solo una lista.
Cosas por hacer.
Comprar pan.
Llamar a Marta.
Pagar la luz.
Nada importante.
Nada que explique por qué no está.
Me dejo caer sentado en el suelo, apoyando la espalda en la cama. El cansancio me cae encima de golpe. Me llevo las manos a la cara y me quedo así, respirando despacio.
—Esto no tiene sentido —susurro.
Me quedo ahí un buen rato. No sé cuánto. El tiempo se me escapa últimamente. Todo se mezcla. Todo pesa igual.
Cuando salgo del cuarto, me siento peor que antes. No encontré respuestas. Solo más preguntas. Y la certeza de que nadie se molestó en buscar de verdad.
Los días siguientes pasan lentos, idénticos. Escuela. Casa. Silencio. Nadie me pregunta cómo estoy. Nadie insiste. Es como si todos esperaran que, en algún punto, yo simplemente vuelva a ser el de antes.
Pero no hay un "antes" al que volver.
Una tarde, mientras reviso unos papeles viejos en la sala, encuentro una carpeta que no reconozco. No está guardada. Está ahí, a la vista. Como si alguien hubiera querido que la viera... o como si mamá no hubiera tenido tiempo de esconderla.
La abro.
Son documentos médicos. Fechas recientes. Muy recientes. Leo sin entender del todo, pero hay algo que me llama la atención: visitas repetidas, notas escritas a mano, observaciones incompletas.
—¿Por qué nunca me dijiste esto? —murmuro.
Siento un nudo en el estómago. Mamá no solía ocultarme cosas. No cosas importantes. Y esto... esto lo es.
Me quedo mirando los papeles, con la sensación de estar parado justo al borde de algo que no sé si quiero descubrir. Porque buscar la verdad significa aceptar que puede ser peor de lo que imagino.
Pero ya no puedo parar.
Esa noche vuelvo a pensar lo mismo antes de dormir.
No fue un accidente.
Nunca lo fue.
Y aunque la tristeza siga ahí, pesada, constante, empieza a mezclarse con otra cosa. Algo nuevo. Algo peligroso.
Determinación.
No sé a dónde me va a llevar esto.
Solo sé que no puedo quedarme quieto.
Porque quedarme quieto duele demasiado.
Cuando quieras, seguimos con Capítulo 3, donde la investigación empieza muy despacio, casi sin que él mismo se dé cuenta 🖤
Esa noche, después de guardar los documentos en la carpeta, no los devuelvo a su lugar. Los dejo sobre mi escritorio, visibles, como si temiera que desaparezcan si no los vigilo. Me siento en la cama y los observo desde lejos, incapaz de tocarlos otra vez.
Me pregunto cuántas cosas más no supe.
Cuántas veces mamá sonrió solo para que yo no preguntara nada.
Me acuesto sin apagar la luz. El techo blanco me resulta insoportable, así que giro de lado y miro la pared. Hay una marca pequeña cerca del enchufe. Mamá decía que algún día la pintaría. Cuando tenga tiempo, decía siempre.
Nunca tenía tiempo para ella.
Cierro los ojos y dejo que los pensamientos sigan su curso, sin orden, sin control. Aparecen recuerdos sueltos: ella saliendo temprano, llegando cansada, diciendo que estaba bien cuando claramente no lo estaba. Yo creyéndole porque era más fácil.
El sueño llega tarde y mal.
Me despierto varias veces durante la madrugada con la sensación de que alguien me observa. No hay nadie. Nunca hay nadie. Aun así, el corazón me late rápido cada vez que abro los ojos. Como si algo estuviera mal incluso cuando todo parece quieto.