Llévame contigo

CAPITULO 3

Las cosas que no se dicen

Despierto con la sensación de haber olvidado algo importante.

No es un recuerdo claro, más bien una incomodidad persistente, como cuando sabes que dejaste una puerta mal cerrada pero no recuerdas cuál. Me quedo unos segundos mirando el techo, intentando ordenar mis pensamientos, pero todo sigue borroso.

Me levanto y voy directo al escritorio. La carpeta sigue ahí. Eso era. Me tranquiliza y me inquieta al mismo tiempo.

Paso los dedos por la tapa antes de abrirla. No tengo prisa. No quiero leer nada que no esté listo para entender. A veces pienso que la verdad se esconde porque sabe que todavía no puedo soportarla.

Hoy no tengo clases hasta más tarde, así que me quedo en casa. El silencio es menos agresivo por la mañana. Tal vez porque la luz entra de manera distinta. Tal vez porque todavía no he salido al mundo.

Preparo algo de comer sin ganas. Mastico despacio, mirando la pared, dejando que el tiempo pase. Mamá siempre decía que había que desayunar bien. Para tener fuerzas. Sonrío apenas al recordarlo. Ella siempre pensaba en fuerzas. Yo ahora solo pienso en resistir.

Decido salir a caminar.

No tengo un destino claro. Camino por las mismas calles de siempre, pero se sienten distintas. Todo se siente distinto desde que ella no está. Las personas me parecen ajenas, como si pertenecieran a otra historia.

Paso frente a la farmacia donde mamá solía detenerse de vez en cuando. Me quedo mirando el lugar más tiempo del necesario. Las puertas se abren y se cierran. Nadie repara en mí. Nadie imagina lo que significa ese sitio para mí ahora.

Sigo caminando.

En un banco del parque, me siento a observar a la gente. Una madre empuja un cochecito. Un niño corre detrás de una pelota. Me arde el pecho de una manera incómoda. Aparto la mirada. No quiero comparaciones. No quiero preguntas.

Saco el celular del bolsillo. Reviso otra vez sus mensajes. Lo hago casi todos los días, como un ritual absurdo. Me detengo en uno de los últimos audios que me envió. Dudo unos segundos, pero lo reproduzco.

Su voz suena normal. Tranquila. Demasiado.

—No llegues tarde —dice—. Te espero.

Ese te espero se me queda clavado.

Apago el audio de golpe. Guardo el celular. Respiro hondo varias veces. No quiero llorar aquí. No delante de nadie.

Regreso a casa cuando el cansancio se vuelve más pesado que la tristeza. Al entrar, noto algo que antes no había visto. O tal vez siempre estuvo ahí y yo no quise mirar.

En la repisa, junto a la foto de mamá, hay un sobre. Blanco. Sin nombre.

Lo tomo con cuidado. Está cerrado. Mi nombre no está escrito, pero siento que es para mí. Lo abro despacio, como si temiera que algo salte de adentro.

Dentro hay una hoja doblada.

La letra es de ella. La reconozco al instante. Redonda, ordenada, ligeramente inclinada hacia la derecha.

Mateo,

si estás leyendo esto, es porque no tuve tiempo de explicarte algunas cosas.

El corazón me late fuerte. Demasiado fuerte.

Me siento en el sofá antes de seguir leyendo. Las manos me tiemblan apenas. Respiro hondo. Una vez. Dos veces.

No te asustes. No hice nada malo.

Solo necesitaba estar preparada.

Trago saliva.

Preparada para qué.

Sigo leyendo.

Hay cosas que no se dicen para proteger a quienes amamos. Yo creí que estaba haciendo lo correcto.

El papel se me hace pesado en las manos. Cada palabra cae como una piedra.

No sigo.

No todavía.

Doblo la hoja con cuidado y la guardo otra vez en el sobre. No puedo con esto ahora. No todo de golpe. Siento que si sigo leyendo, algo dentro de mí se va a romper definitivamente.

Me quedo sentado, mirando el sobre, mientras la tarde avanza sin pedir permiso.

Las cosas que no se dicen pesan más que las que se explican.

Y lo sé.

Porque ahora soy yo el que está callando.

Aunque la verdad esté a centímetros de mis dedos.

El sobre se queda sobre la mesa durante horas.

No lo muevo. No lo escondo. Tampoco lo vuelvo a abrir. Es como si, mientras esté ahí, la verdad siga contenida, quieta, esperando. Si lo toco, algo va a cambiar. Y no estoy seguro de querer eso todavía.

La luz de la tarde se va apagando poco a poco. El cielo se vuelve más oscuro, más denso. Prendo una lámpara del salón y la luz amarilla me resulta extraña, artificial, como si no perteneciera a este lugar. Me siento de nuevo en el sofá, con la espalda encorvada, mirando un punto fijo en la pared.

Pienso en la palabra preparada.

Mamá nunca usaba palabras al azar. Siempre pensaba lo que decía. Si escribió eso, es porque sabía algo. Algo que yo no. Y eso me enfurece un poco. No con ella. Con la situación. Con el silencio. Con todo lo que me dejó sin explicaciones.

Me levanto y camino por la casa, inquieto. Abro cajones que ya revisé antes, como si de repente fueran a ofrecer respuestas nuevas. Encuentro cosas inútiles: papeles viejos, llaves que no abren nada, recuerdos que no ayudan.

En su cuarto, me siento otra vez en la cama. El sobre sigue en mi mano. No recuerdo haberlo agarrado, pero ahí está. Lo observo como si fuera un objeto extraño. No parece peligroso. No debería dar miedo. Y sin embargo, lo hace.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto en voz baja.

El silencio no responde.

Me acuesto un momento, con el sobre apoyado en el pecho. Siento el latido del corazón contra el papel. Rápido. Inestable. Pienso en ella escribiendo esa carta, en el momento exacto en que decidió dejarla ahí. ¿Estaba asustada? ¿Triste? ¿Resignada?

Me levanto antes de que los pensamientos me ahoguen.

En la cocina, preparo algo de comer sin pensar. El cuchillo golpea la tabla con un sonido seco, repetitivo. Me concentro en eso. En lo simple. En no pensar demasiado.

Como de pie, apoyado en la encimera. El sobre sigue ahí, ahora a un lado del plato. No importa a dónde vaya, me acompaña.



#538 en Thriller
#247 en Misterio
#203 en Suspenso

En el texto hay: misterio, suspenso

Editado: 10.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.